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El ombligo de piedra

 

  

    EL OMBLIGO DE PIEDRA


La columna de Rogelio ramos Signes


Torciendo la naturaleza

 

 

Esta historia es sencilla y contundente, sucedió a fines de los años '40 (tal vez ya en los '50) y me la refirió Daniel Ferjancic.
Vista superficialmente estaría relacionada con la leche; aunque, escarbando un poco más, posiblemente el tema tenga que ver con la sangre, con las trampas del mensaje genético, pero mucho más con la crianza o con la materia sin forma que abona los recuerdos; ese espejo esmerilado de la tradición.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, provinientes de la castigada Eslovenia, llegaron a la Argentina el cura Juan Urbanc, su hermano Luis y su cuñada Ana. Establecido en un primer momento en Buenos Aires, Juan se trasladó posteriormente a Tucumán; luego se radicó en la Banda del Río Salí, hasta que, ya como párroco, se instaló definitivamente en Trancas, en una vieja casona sobre la Ruta 9 a la entrada del pueblo. 

Por su personalidad desbordante y además por su imponente figura (se lo conocía también como el cura gordo, y hoy una calle de Trancas lleva su nombre) el sacerdote se convirtió en un verdadero personaje del lugar. En el todavía no muy seguro español de sus encendidos sermones, intercalaba algún latinismo forzado, alguna palabra de su querida tierra para la que no encontraba la traducción adecuada; aunque, como casi todo extranjero aquerenciado en estas tierras, muy pronto se habituó al mate, al asado, al locro, a las humitas en chala. Tal vez por eso sus cartas hablaban con cariño del verde de los cañaverales (que no era el verde de los bosques de Liubliana, pero que se le parecía), del penetrante aroma de los azahares, de la eterna primavera de un clima que desconoce el frío, de la silueta maciza del Aconquija (que no es la silueta de los Alpes Julianos, pero que igual favorece los recuerdos). Así fue como en poco tiempo su hermano y su cuñada viajaron desde Buenos Aires para conocer y luego para radicarse con él en Trancas. Luis instaló una carpintería y allí se afincaron. Acá comienza la breve historia.
Una noche, luego de una jornada de cacería, vuelven Juan y Luis a su casa con las presas conseguidas; entre ellas, una vizcacha. Grande es la sorpresa de ambos cuando descubren que ésta estaba preñada y, a pesar de que ya hacía algunas horas que estaba muerta, logran rescatar dos crías vivas. Ana es la encargada de cuidar a los dos cachorritos, improvisando una mamadera con un guante y alimentándolos con leche de vaca.
Las vizcachitas, que sólo han conocido ese trato, que no han sabido de persecuciones ni de tener que salir a proveerse de su propio alimento, crecen en la casa como si fuesen gatitos falderos, como perritos regalones, como tranquilísimos conejos. Algunas veces acompañan al cura gordo a la capilla y deambulan por el altar mientras él celebra la misa; otras veces le hacen compañía a Luis cuando marcha al taller. Nada en ellas hace recordar a lo que se conoce de las vizcachas, ya que no cavan pozos ni depredan ni roen las patas de los muebles ni echan a perder el delicado cultivo del maíz. Con el paso del tiempo ambas mueren por diferentes motivos; un vehículo en la ruta, quizá; la bala de algún desconocido, tal vez. Lo cierto es que su pérdida llena de congoja al cura Juan, y también a su hermano Luis y a su cuñada Ana, que por entonces ya tenían tres hijos.
Cada vez que los bolseros (esos personajes que van de cacería para luego vender lo capturado) partían al monte, los Urbanc les hacían siempre el mismo pedido: un cachorrito de vizcacha recién nacido, para poderlo criar como a un animalito casero (como a aquellos, en definitiva). Muchos fueron los cachorros que les acercan los bolseros a lo largo del tiempo y muchas también fueron las desilusiones que sufrieron quienes quisieron domesticarlos. A veces eran pequeñísimos roedores de apenas dos o tres días de vida; a veces eran diminutos animalitos que sólo habían mamado de su madre una sola vez, a veces ni eso. Lo cierto es que la grata experiencia de aquellas vizcachitas querendonas no volvió a repetirse. Y aquí, en este punto, concluye la breve historia.
¿Qué sucedió entonces y qué aconteció después? ¿La herencia estaba en la leche? ¿La naturaleza se despierta en el instante maravilloso y traumático del alumbramiento? ¿Qué cosa activa o aletarga la información de los genes? ¿Cómo se transmiten los caracteres de un individuo? ¿Por qué la sangre unas veces impone el trazo de su rúbrica y otras veces no? ¿Qué peso tiene la enseñanza? Recuerdo ahora una sugestiva frase de Lichtenberg que no sé si tiene relación con todo esto, pero que porfiadamente me persigue «Si educáramos a las madres; esto es, si educáramos a los hijos en el cuerpo de la madre...».
Se sabe que el hombre con su esfuerzo, con su voluntad, tiene la posibilidad de cambiar o de enderezar su destino. El hijo de una persona violenta, a pesar de tener a su alcance el peor de sus modelos, puede escapar a ese designio. Paralelamente, el hijo de un santo tal vez resulte ser un malviviente. La famosa identificación por un lado, pero también la no menos famosa necesidad de romper los moldes, son posibles gracias a las complejas necesidades del ser humano. Todo puede suceder en el hombre a expensas de su raciocinio y en abierto uso de su libre albedrío. Pero ¿qué sucede con algunos animales?
Imagino ahora a las vizcachitas de esta historia, domesticadas, con sus necesidades resueltas, alejadas de la violencia de un macho que las ronda y obliga a salir de sus madrigueras, ocupando espacios que no fueron pensados para ellas, jugando con huesos y tronquitos (elementos que para sus congéneres son medios de sustento y de supervivencia), atrofiando inclusive sus poderosísimas armas defensivas por falta de uso. Imagino todo eso y mucho más, pero no logro sacar conclusiones. Inclusive imagino que si digo «vizcacha» en voz alta (que al fin de cuentas es una palabra) no faltará quien automáticamente piense en el ingrediente principal de un plato de escabeche, u otro (más memorioso) que recuerde que llegó a ser plaga en nuestro país, y hasta alguno (preocupado por la economía) que asegure que la exportamos a Europa en grandes cantidades. Pero en lo que hace a la esencia del comportamiento, al porqué de los hábitos: nada de nada.
¿En qué momento se escucha «el llamado de la sangre»? ¿En qué instante crucial el refrán termina teniendo razón y «la cabra al monte tira»? ¿Ante qué golpe sin retorno Tarzán vuelve a ser un individuo civilizado? ¿Qué marca un antes y un después en la vida de Kaspar Hauser? ¿Por qué el perro que muerde por primera vez la mano que le da de comer, jamás vuelve al lugar del hecho? ¿Por qué no podemos asegurar si era una fábula o una historia real la de la india inglesa que Borges narra en su Historia del guerrero y la cautiva?
Los hombres no somos totalmente culpables de nuestra ignorancia. Es tanto lo que no sabemos que tal vez este desconocimiento resulte ser nuestro rasgo más característico, nuestra leche, nuestra sangre, nuestro mensaje genético (por así decirlo), nuestra crianza, nuestra tradición, nuestra herencia.

 


ROGELIO RAMOS SIGNES  Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.