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2006-04-A

 

 

 

    LA EDUCACIÓN EN LIQUIDACIÓN

Guillermo Bustamante Zamudio*

Especial para Tardes Amarillas

 

La educación ya estaba en liquidación antes de que Sygmunt Bauman —según acostumbra— le aplicara el adjetivo líquida. Efectivamente: no sólo está a la venta, a la orden para que el capital privado se la apropie (y no tenga que ocuparse más de ella todo gobierno que se preste de ser neoliberal)... sino que parece ir camino a la cancelación. 

La época, con el imperativo del goce como estandarte, ▪ acelera el consumo (comidas rápidas), ▪ busca el atajo (VIP), ▪ rompe la medida ('maxilitro', 'litrón' y 'megalitro' son [des]medidas de sendas marcas de leche en bolsa), ▪ evita el esfuerzo (página web "rincón del vago"), ▪ niega el trabajo como condición de la gratificación (el bluejean ya se vende como si se hubiera trabajado con él puesto), ▪ no identifica al tiempo con el oro (sino con el desperdicio de oportunidades), ▪ divide a los seres humanos en vendedores y clientes... Pues bien, todo ello va contra la educación que conocíamos hasta hace poco y que todavía figura en los objetivos de las instituciones, aunque poco a poco esté dejando de existir en sus prácticas:

  • Al acelerarse el consumo y al identificarse sujeto y consumidor, parecen inalcanzables las satisfacciones de largo plazo, como la que nos espera cuando, en el marco de la escuela, escojamos lo que va a ser el tema en el cual vamos a trabajar quizá el resto de nuestra vida. Tal vez por eso se promueve la idea —pero, ¿qué tan cierta es?— de que hoy los jóvenes no aspiran a la estabilidad laboral (¿no será, más bien, que reducir la estabilidad del trabajo permite redefinir las relaciones contractuales?).
  • Al buscarse los atajos, la escuela pierde su horizonte, que está justamente en la búsqueda de una satisfacción cuyo requisito es precisamente tomar caminos largos. La respuesta al problema —en las últimas páginas del libro— no es el asunto mismo de la educación; sino, más bien, el camino que es necesario recorrer para estar en capacidad de resolverlo por sí solo. Hoy en día se prefiere que a Caperucita la instruya el lobo a que aprenda que, aunque se puede llegar más rápido, a veces es preferible llegar bien.
  • Al romperse las medidas, la educación pierde un aliado. La medida precisa, en función del campo de aplicación (basta una mirada para saber que la tortuga ganó, pero hace falta un cronómetro que mida milésimas de segundo para saber cuánto tiempo después llegó Aquiles) y con la relatividad que implica su permanente corrección, en la escuela funcionan como una modalidad del pensar, no meramente como cuantificación del mundo.
  • Al evitarse el esfuerzo, la educación pasa de ser una oferta con condiciones, a ser una mandadera de la demanda del consumidor. Según la primera modalidad, a través de uno de sus aparatos (que producen más efectos de los que figuran en sus objetivos), la sociedad ofrece algo que está parcialmente escondido; para poderse hacer a esa oferta, es preciso cumplir ciertas condiciones. Como en la estructura de los cuentos populares. Una trampa bienintencionada. En cambio, bajo la segunda modalidad, la escuela nada tendría que ofrecer, depone su oferta, ya no tiene un secreto... ahora va detrás de lo que el otro supuestamente quiere, que nunca podrá ser lo que ella tenía para ofrecer.
  • Cuando se niega el trabajo como condición de la gratificación, hablamos de una gratificación fácil que, así como se obtiene, se desprecia fácilmente. No estamos dispuestos a botar lo que hemos conseguido con dificultad. Tal vez haya algo de autoengaño en esto, pero el hecho es que una satisfacción inmediata implica necesariamente un objeto sensible y una modalidad de búsqueda elemental. El acumulado cultural resulta inaccesible a dicha modalidad y, por lo tanto, cuando se lo topa, lo considera una reliquia con la que ya no se tiene vínculo, un estorbo. Y todo porque el acervo cultural requirió mucho trabajo para su producción. Y ese trabajo insufla intelección aun en los objetos materiales. Pero como la gratificación actual pide objetos sensibles, su escenario natural es el centro comercial, mientras más grande, mejor. Por eso, ahora los sacerdotes van hasta allá a encontrar a sus feligreses y les hacen misa durante la pausa entre una vitrina y otra. ¿Tendremos que ir los maestros también a buscar a los estudiantes a la sección de juegos electrónicos de los centros comerciales?
  • Al considerarse que el tiempo ya no es un valor sino un desperdicio de oportunidades, la escuela tiene un público reclamando resultados ya, pidiendo el acortamiento de las carreras, la disminución del tiempo de los postgrados, la reducción de exigencia en los trabajos asignados (para que no se emplee tanto tiempo en hacerlos). Ya no es posible erodar (verbo de donde saldría la nominalización "erosión") la satisfacción inmediata con objetos sensibles mediante la inyección de tiempo propia del trabajo, del proyecto, de la construcción a largo plazo del objeto inteligible, con el cual obtener un nuevo tipo de satisfacción. Hoy, casi nadie puede creer que haya satisfacción al final del trabajo. La escuela era una máquina de montar esa posibilidad.
  • Si un humano sólo puede ser vendedor o cliente, el estudiante pasa a considerarse cliente (en algunos casos, se lo nombra de tal manera) y el profesor pasan a ser vendedor. Y, como el cliente siempre tiene la razón, las instituciones educativas se llenaron de proyectores, de video beam, de presentaciones de PowerPoint, muchas películas... una sucursal de youtube. Los buenos vendedores no obligan al cliente, no lo ponen a trabajar, no le cobran para que se esfuerce... más bien, lo sientan cómodamente, le ofrecen una silla, un café; y le venden lo que él cree que quiere; ambos se engañan al creer que el anhelo tiene que ver con el objeto de la transacción, pero, en el fondo, el cliente quiere ser engañado. Ahora bien: bajo el modelo de la compraventa no puede pretenderse cambiarle una cultura, que era lo que antes pretendía la escuela, razón por la cual diferenciaba entre el saber extraescolar y el saber escolar. Hoy, en cambio, suena bien hablar del diálogo de saberes. Y, en un diálogo, uno se va cuando se aburre.

Me queda la pregunta de cómo se las arreglan hoy los muchachos para hacer sus elecciones, cómo tramitan los maestros en su quehacer esta liquidación de la educación. Tal vez algunos de los hechos que hoy suenan alrededor de la escuela (indiferencia, violencia, agresión, drogadicción...) sean efectos colaterales por los que nadie está obligado a responder.

 

*Guillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Roles ganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander.Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.