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El otro habitante de la casa de Asterión

 
José Manuel Ortiz Soto*

Especial para Tardes Amarillas

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil.

(Jorge Luis Borges, Pierre Menard, autor del Quijote).

 

Foto de Borges para art. Soto

 


Asomar a la obra de Jorge Luis Borges sin la sola intención de gozar de su lectura, es una labor para la que, reconozco, no estoy capacitado; para afrontar otras encomiendas están los académicos y estudiosos, esos seres dispuestos a abrir con mano firme nuevas puertas y ventanas por donde asomarse o, cual arqueólogos literarios, descubrir otras cámaras y pasajes secretos que conduzcan al simple o al docto lector a través de laberintos fantásticos, enigmáticos, interminables. 


Hace poco más de treinta años -antes de que Borges conmutara su esencia terrenal por el mito trascendental que es hoy-, la curiosa necedad de nuevas lecturas me llevó a hurtar de casa de una tía un libro de pastas rojizas y acojinadas y hojas amarillentas de buen gramaje; era El Aleph, aderezado con una selección de poemas -si la desmemoria y la fantasía no me engañan, aclaro.
Al evocar aquella escena, viene a mi mente "La casa de Asterión". Quizá porque la brevedad del texto en cuestión y su aparente simpleza no necesitaban echar grandes raíces en mi memoria juvenil; quizá por la familiaridad que tenía desde entonces con el mito griego de Minotauro (Para ser reconocido como rey de Creta, Minos pide la ayuda a Poseidón, quien le envía un magnífico toro que sale del mar; pero con la consigna de que le será devuelto a través del sacrificio. En respuesta, el rey Minos sacrifica un toro de sus corrales. Pasífae, esposa del rey, sufre la ira del dios; y de su unión con el toro divino, nace Minotauro, condenado por su padrastro a ser recluido en el laberinto que construye para él Dédalo...). En lo personal, me es muy grato volver de vez en vez a un libro entrañable como El Aleph, en especial al cuento "La casa de Asterión", y mirarlo desde la relectura de los años.
El cerebro humano es intrincado, un laberinto, el mejor que haya podido construir "arquitecto" alguno; aunque las neurociencias han podido adentrarse en él, ninguna ha conseguido recorrerlo en toda su extensión. Nunca cobra más sentido el dicho popular que asegura que "cada cabeza es un mundo". ¿Se imaginan el laberinto inexpugnable del cerebro de Borges? ¿Semejaría, al menos en una mínima parte, la descripción que el mismo escritor hace de la casa de Asterión?: "Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. (...) Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo: mejor dicho, es el mundo". Si el cerebro per se es complicado, mayor complejidad debe tener el de un genio literario, cuya obra colinda con la erudición y, a pesar del paso del tiempo, sigue vigente y es motivo de nuevos y acuciosos estudios. De la casa de Asterión -como del laberinto de Borges- lo más visible y asequible son las puertas (los ojos son la puerta del alma), y no son pocas: "sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera". E insiste, para que no haya duda ("¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?"), y aclara que allí no es prisionero, puede salir cuando le dé la gana ("Por lo demás, algunas tardes he pisado la calle"). El monstruo de la "La casa de Asterión", contrario a la costumbre, no es prisionero de nadie, ni siquiera de sí mismo, puede entrar y salir de aquel lugar en cuanto le dé la gana, y dispone para ello no de una sino de muchas puertas. ¿En qué momento el laberinto, antes físico, palpable, objetivo deja de serlo? Quizá la transición ocurra al mismo tiempo que avanza la enfermedad de Borges, la ceguera. Por lo que, de ser así, no asistimos solamente a la recreación del mito griego, sino a la metamorfosis del propio autor, pero no necesariamente al cambio (enfermedad) que convierte al humano en bestia (ciego), sino a la preparación necesaria para que, llegado el fatal momento, cuando las puertas del laberinto (ceguera) se cierren definitivamente, a él importe poco, pues por cada una de las puertas que son los ojos, por años, el autor fue introduciendo al mundo tal y como lo ha conocido; sí, ha tenido tiempo suficiente llenarse de él y no sufrir su ausencia. Pero ¿cuáles son esas infinitas puertas a las que Borges hace referencia en el texto? ¿Sólo el par de ojos? Desde una perspectiva médica, profesión que ejerzo, podríamos aventurar que se refiere a los cinco sentidos: vista, olfato, gusto, tacto y audición, pero sobre todo sus interacciones y percepciones -sin necesidad de caer en la esfera de lo paranormal-: "los seres humanos también tienen un sentido de equilibrio, de la presión, de la temperatura, del dolor, y del movimiento que hacen uso coordinado de múltiples órganos sensoriales." [http://www.scientificpsychic.com/workbook/sentidos-humanos.html] Y la sinestesia, condición en la que un sentido evoca la sensación de otro, un as bajo la manga: "Por ejemplo, un sonido puede resultar en la visualización de un color, o la percepción de un diseño se puede detectar como un olor. Las formas más comunes de sinestesia asocian los números o las letras con los colores". [Ibídem]

"La casa de Asterión" se publicó por primera vez en un diario en 1947; es posible que entonces la enfermedad (¿glaucoma, retinitis pigmentosa?) ya aquejara a Borges; también estaba el antecedente de su abuela y su padre. Borges sabía que era cuestión de tiempo para que quedara completamente ciego. Por eso -consciente o inconscientemente, pero con gran maestría- va tomando control de la situación, anticipándose al recuento de daños: "sé que uno de ellos [uno de los nueve hombres que cada año entran a la casa] profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo." Borges vio cuanto tenía que ver, fue poblando su laberinto para que, una vez ciego, los ojos dejaran de ser indispensables, el instrumento que son; todo lo él que necesitaba ver estaba dentro del laberinto, de su casa, de su ceguera, de él: "Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos." Y urge a la ceguera, pues no hay nada tan desesperante como la espera: "Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas". De ahí el sutil remanso con que Borges baja el telón: "El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El Minotauro apenas se defendió." Quizá porque Borges siempre estuvo dentro de la casa de Asterión.

 

Fotografía: Diana Hernández Meza

 

Manolo Pensativo *José Manuel Ortiz Soto (Jerécuaro, Guanajuato, 1965) Médico y escritor. Especializado en Pediatría, en el terreno literario ha incursionado en los principales géneros literarios. Ha publicado entre otros Réplica de viaje, poemario, 2006, Ángeles de barro, 2010. En el género narrativo ha escrito textos sobre todo relacionados con el mcrorrelato. Forma parte de varias antologías; Antología de cuento fantástico Penumbria, Año I (2013), Breve antología de microrrelatos navideños (2010), Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (2012), I Antología Triple C (2012) y Deantología. La logia del microrrelato (2013). Es antólogo de El libro de los seres no imaginarios. Minibichario (Ficticia Editorial, 2012) y, con Fernando Sánchez Clelo, de Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve (BUAP, 2013). Escritor e investigador autodidacta ha tomado talleres de narrativa con Agustín Cadena y Alberto Chimal, de poesía con Marco Fonz y de minificción en la Marina de Ficticia. Algunos de sus textos han sido premiados en convocatorias del género. Otros textos suyos pueden ser leídos en Arca Ficticia, Círculo de Poesía, en la revista A contrapalabra (septiembre y diciembre 2010), La Jornada Semanal y Extra de La Laguna. También es autor de letra y música de canciones y administra los blogs Ángeles de barro (poesía), Antología virtual de minificción mexicana, Cuervos para tus ojos (minificción), Un pingüino rojo (narrativa y poesía para niños) y Médicos mexicanos por la cultura y el arte.