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BORGES Y SU KARMA: SU IDEOLOGÍA Y SU LITERATURA

Por Antonio Cruz 

 

Borges para Cruz

 

 
Si alguien espera leer un artículo académico o una crítica, una reseña o un mini ensayo acerca de Borges, creo que este es el momento justo para que abandone la lectura. Contrario sensu, si alguien quiere enterarse de mi postura respecto a la desideologización de la literatura, los invito a leer lo que opino. En este sentido, siempre he sido coherente acerca de lo que representa el escritor "comprometido" y el aséptico encerrado en la "torre de marfil" (que no es otra cosa que la eterna disputa acerca de la acción o la contemplación o, lo que es más o menos lo mismo, la existencia o la esencia). Cualquier extremo es malo. No obstante, esta es solamente uno de los picantes debates de los argentinos. Ya veremos que hay más. 


Los argentinos somos desmesurados y, aunque mis palabras suenen casi insolentes, estamos muy acostumbrados a la controversia. Nuestra sociedad arrastra desde sus primeros albores, la porfiada rivalidad entre grupos antagónicos (digo esto haciéndome cargo de su sentido y repercusión) salvo en algunas cosas de mayor o menor importancia que han ocurrido a lo largo de nuestra historia como nación. Fuimos, somos y, probablemente seremos amantes del antagonismo: Realistas vs. Patriotas; unitarios contra federales; rosistas o antirrosistas, conservadores o radicales, peronismo vs. antiperonismo, de Boca o de River (bueno... en el fútbol nos hemos esmerado en crear tantos desencuentros que no hay localidad, por pequeña que sea, que no tenga una vieja [o nueva] rivalidad entre clubes que practican ese deporte).

Lo que podemos decir a nuestro favor es que no es simplemente una característica de los argentinos, pero es este el país en que vivimos; es este el corpus social al que pertenecemos y es en él en el que este tipo de disenso suele llegar a entorpecer la concepción de la realidad, el estudio del pasado y la imaginación del porvenir,. Cuando la polémica excede los cánones normales del disenso y llega a la descalificación lisa y llana del oponente, no nos sirve para crecer como nación ni como sociedad.
Este pequeño introito (con el que muchos, probablemente puedan no estar de acuerdo y los asiste el legítimo derecho de no adherir a mi postura) es simplemente para meterme de lleno en uno de los casos más paradigmáticos de los enfrentamientos entre argentinos: La figura de Jorge Luis Borges.
Hace no más de una semana, fui testigo de un ida y vuelta en una red social muy exitosa, en la que se discutía si el carácter gorila y antipopular de Borges era un motivo válido para denostarlo. Hubo opiniones para todos los gustos. De esa lectura, surgió la idea de escribir esta nota ya que la característica de notable, no resulta un impedimento para que la figura (y la memoria de Borges) sean controvertidas. Ya resulta un clásico de la intelectualidad argentina (y no solamente de ella) la discusión sobre las ideas del genial ciego (a favor y en contra) lo que, de manera inevitable, nos obliga a discutir no solamente sobre ellas sino también acerca de la calidad de sus textos y su importancia como escritor. Parece ser que, debatir sobre Borges es algo esencial para la cultura de nuestro país. No es casual que el mismo Borges haya amado la controversia y la polémica y la haya ejercido desde sus primeros pasos pero lo que llama la atención es esa argumentación ramplona de que no se puede separar al Borges "gorila" y "antipueblo" del Borges que dejó textos para la grandeza literaria y que nos producen un placer estético que no tiene parangón.
Como para muestra basta un botón, traigo a colación las palabras del periodista Osvaldo Aguirre en una reciente nota sobre este tema. «Autor de una literatura parasitaria, lúdica, deshumanizada; escritor antiargentino, profeta del odio, vocero de la oligarquía; farsante, libresco, falso erudito. Jorge Luis Borges habría podido escribir una segunda versión de El arte de injuriar con las descalificaciones que recibió. La consagración que sancionó la crítica literaria y los reconocimientos internacionales tuvieron su contracara en una tradición de textos escritos contra Borges, en los que convergieron el nacionalismo católico, la crítica sociológica, el populismo, la izquierda e incluso astillas del mismo palo, como algunos colaboradores de la revista Sur.»
No es el único ejemplo. Otro periodista, de otro diario que en general me resulta agradable, salvo cuando su postura sectaria y excluyente se radicaliza hasta sorprenderme, en el año 2007, hizo un despiadado análisis del antiperonismo de Borges y Bioy Casares como si eso fuese la solución a los grandes problemas de Argentina. Es el mismo periodista que posteriormente fue acusado de haber escrito discursos para la dictadura, cosa que, sospecho no es otra cosa que una chicana propia en los enfrentamientos que abundan en el periodismo vernáculo según su inclinación ideológica.
Pero el cuestionamiento a Borges no fue solamente patrimonio de otros sectores sociales, sino que tuvo enemigos hasta entre sus propios colegas; la lista es larga e incluye nombres como el de Anderson Imbert, Roberto Giusti Witold Gombrowicz, Noé Jitrik y Beatriz Sarlo, entre muchos otros.
Recuerdo que, durante mi primera juventud, cuando militaba activamente en el peronismo, en nuestro grupo (Guardia de Hierro), para más de uno, la poesía borgeana y algunos otros de sus textos más celebrados, eran de lectura casi tan necesaria como la obra de Plutarco (el de las "Vidas Paralelas"), El "Alejandro" de Harold Lamb o la "Historia de las cruzadas" del mismo autor, la obra de Marechal, Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, los escritos de von Clausewitz o de Nguyen Von Giap, las "Cinco Tesis Filosóficas" de Mao o su propio Libro Rojo, los clásicos griegos (y otros que olvido ahora mismo) para sumar a la siempre indispensable lectura de la palabra de Perón desde cualquiera de los textos que nos legara el general (Desde su Doctrina Peronista, pasando por la Comunidad Organizada, texto filosófico al que muchos critican pero pocos han leído a conciencia, El Proyecto Argentino para el Modelo Nacional, hasta su Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del mundo del año 1974, texto profético que, "curiosamente", en mucho se asemeja a la encíclica Laudato si', del Papa Francisco).
Discutir en profundo sobre la significancia y el significado de la obra de Borges me parece atinado; supongo que habrá muchos que encontrarán diferencias entre la escritura de su juventud con la de sus últimos años y, teniendo en cuenta que críticos y académicos ven "por debajo de la ola" seguramente, podremos estudiar desde diferentes ángulos y coincidir o disentir sin entrar en el juego absurdo de la negación y el cuestionamiento.
Lo que no me parece adecuado es que, a esta altura de nuestra historia, sigamos cuestionando la magnitud del Borges hombre ya que en este país, en alguna medida, todos hemos sido ángeles y demonios según la época que nos tocó transitar. En una figura de su dimensión y su trascendencia me parece que ya no sirve la discusión acerca de su apoyo al golpe militar de 1976 que impondría una de las dictaduras más violentas y asesinas de la historia latinoamericana (Por las dudas, recordemos el Partido Comunista Argentino apoyó el golpe de Videla y su Secretario General asistió a la ceremonia de asunción del genocida), su abrazo con Pinochet (utilizada de manera maliciosa como estrategia para boicotear su candidatura a premio Nobel, premio que dieron, en otro momento, al peruano Vargas Llosa por las mismas razones que nunca se lo concedieron a Borges) o los cuestionamientos a su ideología antiperonista. Es tan desproporcionado como que por mi formación ideológica cuestione el valor de la poesía de Gelman, que no se acepte la calidad de los textos de Galeano porque era de izquierda o que objete a Cortázar porque era antiperonista. Tengo la convicción de que eso no nos sirve para el modelo social tolerante y solidario que aspiramos a construir los argentinos.
En este punto, quiero recordar un hecho anecdótico. Un Amigo (así con mayúsculas) sostiene en un artículo de su autoría que la «enfermedad Borges» ataca en algún momento a los lectores y que es incurable... sospecho que tiene razón porque, a menos que me equivoque mucho, su concepción política es lo más alejado a la que profesaba Borges en vida.
La literatura argentina tiene una larga lista de nombres que podrían ser una alternativa válida para dejar de lado los desvelos por Borges (muchos de ellos ya mencionados en esta nota) pero cuidado; estos nombres me pueden ayudar en mi formación como lector ideologizado pero no superan el valor estético de la obra de Borges y, en contrapartida, reconocer las virtudes del escritor, no me alejarán un centímetro de mi concepción de Patria.

 

Antonio Cruz

Director de tardes Amarillas

12 de junio de 2016