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Guillermo Bustamante 

 

  

Nomos y Temis

 

Guillermo Bustamante Zamudio*

Especial para Tardes Amarillas

 

En su libro Butes, Pascal Quignard tematiza los destinos posibles frente al canto de las sirenas: evitar (tapándose los oídos con cera, por ejemplo); escuchar, pero amarrado a un mástil; o —como Butes— lanzarse hacia tales seres inciertos. En medio de esa apasionante reflexión, en la que uno no sabe si lee ensayo, aforismos, o una obra literaria, se cuenta «El viajero y la hospitalidad»: 

        

         La escena pasa en medio de la noche. Un  viajero golpea  bruscamente la puerta de un pajarero que vive

        aislado en el carrascal.  El pajarero  deja su lecho, se levanta,  abre  la puerta,  se aparata y deja entrar

        a su huésped. Éste  está agotado y se  muere de hambre.  La  hora es tan  tardía  que  el anfitrión ya no

        encuentra nada que ofrecer a su huésped. Se queda parado. Reflexiona.  Irresistiblemente gira su mirada

        en dirección a su perdiz domesticada. La perdiz comprende enseguida la mirada que su amo le ha dirigido

        y le implora:

        —A aquella que tan bien te servía atrayendo con sus  gritos a sus congéneres  con el fin de entregártelos,

        he aquí que ahora quieres matarla para llenar el vientre de uno de tus congéneres.

        El reproche melancólico que le hacía el pájaro dejó mudo al pajarero.

        Entonces se giró hacia su huésped. Le dijo:

        —Compréndame. No voy a dar de comer a uno de mis congéneres la que atrae a los suyos.

        Pero el huésped respondió:

       —Es un  huésped  quien  está  ante ti. Tengo hambre. Existen leyes que definen la hospitalidad.  Existen

       dioses encargados de hacer  respetar estas leyes a los mortales.  ¿Qué voy a comer si no matas a tu pájaro?

       ¿Me quieres como enemigo?

       El pajarero, como no podía cometer una ingratitud a la vez respecto de las leyes y respecto de los divinos, se

       cortó una buena parte de la nalga y la puso a azar. El huésped comió, durmió, se fue cuando cantó el gallo. 

       La cicatrización evolucionó mal. La nalga se infectó. El pajarero murió.

       Inquieta  por la inmovilidad y el silencio de su amo, la perdiz voló sobre él. El pájaro se demoró todavía

       un día en la casa del muerto.  

       Luego el pájaro levantó el vuelo.

 Aficionado, como soy, al minicuento, lo busqué entre mis recuerdos. Pero había tal desorden allí que no lo encontré. Y, en lugar de ponerme a ordenar, decidí que no lo había leído en ninguna antología de relatos breves, pero que merecía estar en una.

¿Qué me gustó? Las implicaciones de llevar una idea hasta un extremo impensado. De saberla llevar, pues no cualquiera vislumbra esos extremos, extasiados como nos ponemos frente a la historia, sin detenernos en la dimensión del relato. Parece ser una clave de ciertos textos de Bioy Casares o de Ende.
La hospitalidad es una de las grandes instituciones griegas, junto a las honras fúnebres, el reparto del botín de guerra, la participación en el ágora, el simposio, etc. El huésped lo tiene muy claro: no es una cuestión personal, hay un nomos y hay dioses que vigilan su cumplimiento. No están en juego un pajarero y un viajero, meras anécdotas, sino las condiciones que hacen posible la polis. Pesar las condiciones dadas no da las mismas cuentas si se las considera asuntos personales o sociales. Empero, se vislumbra una salida: la perdiz domesticada. Hasta ahí, posiblemente el pajarero se entristezca por deshacerse de su animal, tal vez se lamente por el tiempo que ahora requerirá amaestrar otra o por el lucro cesante... todos problemas de él. Al viajero, en cambio, nada de eso le inmuta, serían cuestiones de mero trámite para que su necesidad se satisfaga, con la mediación de las instituciones y la garantía de los dioses.
Pero, del lado de lo que parecía contingente, surge necesidad: la perdiz juega a los símiles: «A aquella que tan bien te servía atrayendo con sus gritos a sus congéneres con el fin de entregártelos, he aquí que ahora quieres matarla para llenar el vientre de uno de tus congéneres». Es una perdiz que habla, es decir, no simplemente un cebo para la cacería de pájaros, sino un ser hablante que, en consecuencia, está en capacidad de esgrimir, él también, las leyes que definen, no ya la hospitalidad, pero sí otro nomos de aquellos que trascienden a los individuos y los definen en relación con un referente común, digno de ser respetado. Seguramente, sólo en ese momento el pajarero descubre que su perdiz habla; de lo contrario, no habría vuelto la mirada en su dirección. No sabemos si el proceso de amaestrarla logró, también, otorgarle la palabra. En cuyo caso, no la amaestró, sino que la educó, lo cual incluye dar la palabra y dar las habilidades sociales del momento que, en su caso, son —según las propias palabras del animal— atraer a sus congéneres para entregarlos al pajarero. Pero, en realidad, ya no son congéneres, pues aquellas que atrae no hablan y, por eso, la perdiz no tiene requiebros morales para con las que caen en la trampa de su amo.
El pajarero se parece a los lectores: cree lo que dicen las perdices de fábula, no enjuicia el símil del pájaro-retórico. Acepta que se trata de la ley. Así, habría en juego dos leyes: la de la hospitalidad y la del respeto de la vida de los otros seres hablantes. Según el huésped, no matar la perdiz para darle de comer sería faltar a una norma; pero satisfacer al huésped con la perdiz, también sería faltar a una norma (lo cual parece quedar implicado en el discurso de la perdiz que, si bien no argumenta explícitamente el nomos, sí dibuja una escena en la que se establece una condición que trasciende lo "personal").
Tenemos, entonces, una tragedia. Es un relato para una antología de micro-tragedias.
Hasta ahí todo iba bien, pero mi amigo Germán Vargas, a quien había mostrado el texto, me señaló que la perdiz parecía haber tramado todo para vengar a los suyos. Volví a leer. Ahí estaba: el huésped y la perdiz son los ganadores, dejando tras de sí un rastro de sangre. El viajero parece ser casual, pero es el cómplice de la perdiz. Aunque no lo sepa. La perdiz que sabe hablar, es decir, que sabe de la muerte, está «Inquieta por la inmovilidad y el silencio de su amo». Entonces, tarda todavía un día en la casa del muerto, vuela sobre él y levanta el vuelo: todo un ritual. ¿Y qué tal ese huésped?: llega golpeando «bruscamente»; oye también el argumento de la perdiz (¿o éste es sólo un delirio del pajarero, así como Gertrudis no ve el fantasma del padre de Hamlet?) y no cede ante otro principio igualmente válido sino que, de manera, canalla, pone al pajarero a prueba; y luego se va, como si nada. Tal vez a encontrarse con la perdiz.
Fueron felices, porque no comieron perdices.

 

 

*Guillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Roles ganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander.Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.