El ombligo de piedra

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA 

La columna de Rogelio Ramos Signes

 El mundo a cuadritos

 

Unos dicen que exaltan el «american way of life», otros dicen que esconden cierto racismo; algunos hablan de penetración ideológica; y tal vez todos tengan razón. Pero sólo quien asegure, y sin mentir, que alguna vez en su vida no leyó con placer una historieta de Walt Disney, puede arrojar la primera piedra. Nos guste o no nos guste, debemos reconocer que esas historietas, desplegadas en páginas hipnotizadoras a todo color, están abrochadas para siempre a nuestros viejos y buenos recuerdos de la infancia. Después crecimos, después analizamos y después atacamos, munidos de nuestra capacidad crítica. Así es la vida. Hoy los niños pasan horas frente al televisor viendo cosas infinitamente peores, y es muy poco lo que hacemos para evitarlo. Los años lo harán por ellos. 

El tiempo ha pasado y las historietas de Disney se siguen publicando y leyendo en todo el mundo. Claro que, como todo cambia, también han cambiado algunas cosas en ese terreno; los nombres de los personajes, por ejemplo. Pero, seamos sinceros, el cambio no se produjo en origen, sino en las múltiples «sucursales del Imperio Disney». Así es como el tacaño Uncle Scrooge, en la Argentina de los años 50 se llamó Tío Patilludo, en España Tío Gilito, en Chile Tío Rico y en Colombia Rico McPato. Uno de los personajes más simpáticos, el desgarbado y algo tonto Goofy, para nosotros fue Dippy, y hoy es Tribilín. Con el correr del tiempo el perezoso Gansópolis, pasó a ser Gus (era lógico: estamos hablando de un ganso, y ésa es su fonética). El alocado inventor Pardal (cuyo nombre sirvió de apodo a mucha gente con esas características) fue Giro Sintornillos en las revistas de los 70, luego Giro, y ahora es (desabridamente) Ciro. Los Hermanos Ganzúa (The Beagle Boys), malvados y simpatiquísimos delincuentes, siempre con antifaces y trajes de presidiarios, pasaron a ser los Chicos Malos, lo que simplificó las cosas. El engreído pato Gastón fue definido como Glad Consuerte (quienes conocen el personaje, saben que esto tiene sentido), y en los 90, versión colombiana mediante, se convirtió en Pánfilo.
Pero hubo otros personajes cuyo nombre se mantuvo inalterable, aunque no la línea del lápiz que los dibujó. Ése es el caso del ratón Mickey, el más viejo y conocido de los personajes de Disney (su enemigo acérrimo Peg Leg Pete, fue Pete Pata de Palo en nuestra infancia, Pete el Negro en nuestra adolescencia, y me dicen que ahora es sencillamente Pedro). Otro que no cambió de nombre es el irascible y envidioso pato Donald, ni sus sobrinos Huey, Louie y Dewey (Huguito, Luisito y Dieguito por siempre, aunque circulen en algunas versiones como Hugo, Paco y Luis), ni el simpático e intuitivo perro Pluto, ni Minnie (novia de Mickey), ni Daisy (novia de Donald), aunque ocasionalmente se la tradujo como Margarita.
Por supuesto que no sólo del clan Disney se poblaron las historietas de nuestra infancia. La exuberante selva de Tarzán también prendió en mi desierto sanjuanino. Por allí cabalgó inclusive ese «desfacedor de entuertos» conocido como Cisco Kid (dibujado por José Luis Salinas). Por allí también rondó el enigmático Fantasma (la Sombra, en aquellos días), secundado por su novia Diana Palmer y rodeado de pigmeos, marcando a sus enemigos con la calavera de su anillo. Aunque si era por marcas, también estaba la Z del Zorro.
¿Y los amigos siempre fieles? Capítulo aparte para ellos: el pequeño Castorcito junto a Red Ryder; el silencioso indio Toro (sólo decía «Ugh») preparando todo para que el Llanero Solitario se luciese; y nuestro querido Calunga, siempre al servicio de Poncho Negro (hoy más conocido como una marca de dulce leche y no como la historieta que satisfacía nuestros delirios de justicia).
¿Recuerdan las chaquetas llenas de flores y de flecos que llevaba Roy Rogers? ¿quién más se hubiese animado a usarlas? ¿Y Superman, haciéndose el bobo? ¿Y el minuciosamente dibujado Príncipe Valiente? ¿Y las trompadas de Ben Bolt? ¿Y la exagerada generosidad de Patoruzú? (la selección nacional de fútbol para la que a veces jugaba el legendario tehuelche siempre ganaba, y en el último minuto). ¿Y Batman, que no gustaba demasiado de las chicas? («La computadora indica que sólo un hombre puede penetrar en ese refugio –reconoce el jefe de Los Temerarios–. Ese hombre posee astucia y habilidad. Ese hombre es Batman». Y Batman, encapuchado de cuerpo entero con una suerte de bolsita negra, entra a lo bestia. La habilidad y la astucia habían quedado en el cuadrito anterior). ¿Y se acuerdan de ese muchacho de barrio llamado Buck Rogers, lanzado a las estrellas en el año 2430?
Después vinieron El Eternauta, luchando en una ciudad de Buenos Aires a veces irreconocible; un prodigio llamado Mafalda (con todos sus amiguitos); Asterix, con el descomunal Obelix transportando menhires y comiendo jabalíes; Los Náufragos del Tiempo en una dimensión totalmente nueva para la historieta; la deliciosa Valentina; y el incomparable Corto Maltés, desgranando su extraña moral en los suburbios del mundo. Pero para entonces ya éramos casi adultos; la literatura y la música y el cine se habían metido en nuestra vida para siempre; y las historietas habían pasado a ser un lejano y bello recuerdo de siestas calurosas a la sombra de la higuera, esperando que Jeff Hawke lograra localizar las naves guerreras.
Recuerdo, y lo aseguro sin la más mínima vergüenza, que gracias a César el capitán sin miedo (Captain Easy) fue que me animé a dormir solo; que en mi adolescencia, por sentirme parecido a Rip Kirby, abordé a algunas niñas; y que pasados los 30 años, cuando ya me sentía a salvo de algunos peligros, me enamoré de Miel y de Claudia Cristiani y de todas las sensualísimas víctimas de Milo Manara. Y de la Little Ego de Vittorio Giardino también.
Yo era (no lo duden) el que le conseguía a Popeye sus latas de espinaca; el que abogaba por los derechos de la Pequeña Lulú en las reuniones machistas de Tobi; el que se encargaba de las comidas de Snoopy (la filosofía hecha perro); el que le sugería a Warren Tufts que dibujase a Casey Ruggles; el que le ponía las botas a la Mujer Maravilla; el que le hablaba bien de los indios a Davy Crockett y bien de Davy Crockett a los indios; el que le cargaba el rifle a Ticonderoga; el que acompañaba a Langostino, mar adentro, a bordo del Corina; el que todos los días (de pantalones cortos y entusiasmo largo, como se usaba entonces) caminaba cinco cuadras hasta el quiosco de Estado de Israel esquina Mendoza para buscar el último ejemplar de «Rayo Rojo», y a veces volvía contento.

 


ROGELIO RAMOS SIGNES
Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.