El ombligo de piedra

  

     En campo de sinople una rosa de gules 

Rogelio Ramos Signes

 

La heráldica (o blasón o ciencia heroica) es un arte, tal vez agresivo, pero para nada caprichoso, que enseña a componer e interpretar los escudos de linaje, ya sean éstos de ciudades o de personas.
Valiéndose de siete colores y de infinidad de particiones diferentes sobre la superficie de un escudo, la heráldica sintetiza en una serie de símbolos (que van desde coronas, lambrequines y yelmos, hasta hojas, bastos, animales de todo tipo, escaleras y corazoncitos en forma de panelas) el orgullo por una divisa «casi» personal, forjada a fuerza de campañas bélicas y aristocráticos contactos con divinidades oficiales.
Es moneda corriente, cuando nos adentramos en algún texto específico sobre la heráldica y su genealogía, encontrarnos con frases como «no existe título que no haya ostentado la casa de (Tal y Tal), desde duques hasta príncipes, pasando por grandes capitanes, obispos, cardenales y papas. Todos los honores han resplandecido en este linaje»; pero ni una sola palabra hay allí para el aprendiz de bruñidor, gracias a quien el escudo destelló bajo el sol en aquella salida donde el señorito fue a cazar unos patos. 

El escudo, ligeramente rectangular, vertical, recto en la parte superior y curvo en la inferior, consta de once divisiones virtuales, que sirven para ubicar los diferentes elementos de acuerdo con su importancia. Desde el centro, o corazón, hasta el flanco siniestro, pasando por el punto de honor y el ombligo, todo es posible en estas divisiones.
A su vez, cada escudo puede ser cuartelado en cuantas partes sean necesarias (sé de escudos ajedrezados en más de sesenta cuarteles) o bien emanchados, semitronchados y hasta flameados; todas palabras específicas para nombrar diseños varios. Los colores también tienen su propia denominación: oro, para el amarillo; plata, para el gris o para el metal del escudo; natural, para el blanco; gules, para el rojo; azur, para el azul; sinople, para un verde de fuerte tono; y sable, para el negro. La posición de los animales heráldicos (leones, águilas, lobos, carneros, tapires y hasta ratas) también tiene su significado emblemático: el que está echado simboliza la soberbia; la prudencia el que vigila; la satisfacción el que reposa; la resolución el que pasea; la elevación el que vuela; y todo así, sin demasiadas complicaciones pero con mucha variedad.
A eso van sumándosele, según los casos, las diferentes figuras: astros y derivados (el Sol, humanizado y en cinco expresiones; la Luna, en plenitud o en cualquiera de sus cuartos; estrellas; planetas; rayos; cometas y arcoiris), coronas (de barón; de señor; de duque; hasta de vizconde, aunque parezca un chiste), cruces (radiantes, espinosas, anilladas, svásticas, trenzadas, fileteadas, de cuatro y más brazos, con sus numerosos etcéteras), fantasías y arbitrariedades (borduras, enrejados, losanges, grillas y líneas transversales o gemelas).
Para decirlo rápidamente: no hay límites en lo que a las particiones del escudo se refiere (cruces, franjas, redondeles, cuadros, óvalos, bifurcaciones, ángulos, jirones, barras y contrabarras) ni censura para los elementos que allí aparezcan (árboles, escaleras, piedras, flores, conchas marinas, brazos en armas, castillitos, embarcaciones, cabezas de moros atravesadas por una espada, baldes, elefantes, peces, San Jorge punzando al dragón, panes, llaves, calaveras, dados, ganchos, tridentes, pájaros, zapatos, estacas, montañas, santos, un pendón con el grito de guerra «Ave Maria Gratia Plena», una bandera, seis toros, una cebra, un sauce, racimos de uva, un jabalí, una espiga, cinco hojas de lechuga, una campana y una antorcha; elementos a los que podríamos agregarles ¿por qué no? aquel perro que alguna vez mordió al tatarabuelo y que fue uno de los puntos clave en la historia de nuestra familia).
La heráldica, en el fondo, es algo privado y, si bien responde a algunos símbolos convencionales para designar situaciones y momentos, no existe alguien que pueda «autorizarnos» o «impedirnos» que pongamos en juego nuestros deseos y nuestro orgullo. La historia de los tiempos por venir es algo impredecible. Tal vez el logotipo de una bebida gaseosa alguna vez flamee junto a un brazo armado o sobre un árido desierto de oro simbolizando la sed, y será un emblema. No así las aguas de azur, donde flotarán peces de plata muertos por la contaminación.
Entonces, a la luz de los nuevos acontecimientos ¿por qué un supuesto señor Blasco, al que todos podrían sindicar como un verdadero toro en lo que a sus apetitos sexuales se refiere, deberá aceptar que en su escudo se pasee, como único elemento, un castradísimo buey que en verdad no lo representa? ¿por qué tiene que sonreir un sol en el escudo del hosco señor Soria? ¿por qué la virtuosa y eterna señorita Narvarte debe soportar que en su escudo familiar una impúdica sirena muestre los senos? ¿por qué un perro azul, y no un corcel negro, cruza el escudo de los Meca, que fortificaron la ciudad de Balaguer y conquistaron el reino de Valencia?
Que haya un naranjo de sinople en el escudo de los Naranjo, tiene sentido; como tiene sentido un zapato de sable en el escudo de los Talón, o un nogal en el de los gallegos Noguerol, o dos ovejas al natural en el de los aragoneses Pastor, o dos cabras de gules en el de los portugueses Cabral, o cinco escobas puestas en sotuer en el escudo de los Escobar; pero jamás cinco filosísimas hachas de oro en el escudo de los Bueno, ni una encina y un jabalí en el de los Paniagua, ni águilas y ciervos en el de los Chinchilla.
Por eso es que, tanto como para actualizar algunas tradiciones que por su misma antigüedad hoy ya pecan de injustas, sugiero sustituir uno de los cinco arbolitos del escudo de los Jiménez por un libro en honor a don Juan Ramón (autor de «Espacio», tal vez uno de los poemas más bellos jamás escritos). Y ya que estamos, también podríamos agregar una pluma y un tintero a las tres flores de los Quevedo, y una máquina de escribir entre la fajas de azur y oro de los Vallejo. No estaría nada mal. Sería un acto de amor en pro de la poesía, entre tantas espadas y yelmos y fortalezas inexpugnables y cabezas de moros ensangrentadas y garrotes y lobos y coronas, entre tanto alarde de fuerza y poderío. Porque, después de todo ¿no es la poesía (esa descocada con los ojitos en blanco) el único recurso que seguirá haciendo trastabillar el discurso y los emblemas del poder?

Para decirlo rápidamente: no hay límites en lo que a las particiones del escudo se refiere (cruces, franjas, redondeles, cuadros, óvalos, bifurcaciones, ángulos, jirones, barras y contrabarras) ni censura para los elementos que allí aparezcan (árboles, escaleras, piedras, flores, conchas marinas, brazos en armas, castillitos, embarcaciones, cabezas de moros atravesadas por una espada, baldes, elefantes, peces, San Jorge punzando al dragón, panes, llaves, calaveras, dados, ganchos, tridentes, pájaros, zapatos, estacas, montañas, santos, un pendón con el grito de guerra «Ave Maria Gratia Plena», una bandera, seis toros, una cebra, un sauce, racimos de uva, un jabalí, una espiga, cinco hojas de lechuga, una campana y una antorcha; elementos a los que podríamos agregarles ¿por qué no? aquel perro que alguna vez mordió al tatarabuelo y que fue uno de los puntos clave en la historia de nuestra familia).
La heráldica, en el fondo, es algo privado y, si bien responde a algunos símbolos convencionales para designar situaciones y momentos, no existe alguien que pueda «autorizarnos» o «impedirnos» que pongamos en juego nuestros deseos y nuestro orgullo. La historia de los tiempos por venir es algo impredecible. Tal vez el logotipo de una bebida gaseosa alguna vez flamee junto a un brazo armado o sobre un árido desierto de oro simbolizando la sed, y será un emblema. No así las aguas de azur, donde flotarán peces de plata muertos por la contaminación.
Entonces, a la luz de los nuevos acontecimientos ¿por qué un supuesto señor Blasco, al que todos podrían sindicar como un verdadero toro en lo que a sus apetitos sexuales se refiere, deberá aceptar que en su escudo se pasee, como único elemento, un castradísimo buey que en verdad no lo representa? ¿por qué tiene que sonreir un sol en el escudo del hosco señor Soria? ¿por qué la virtuosa y eterna señorita Narvarte debe soportar que en su escudo familiar una impúdica sirena muestre los senos? ¿por qué un perro azul, y no un corcel negro, cruza el escudo de los Meca, que fortificaron la ciudad de Balaguer y conquistaron el reino de Valencia?
Que haya un naranjo de sinople en el escudo de los Naranjo, tiene sentido; como tiene sentido un zapato de sable en el escudo de los Talón, o un nogal en el de los gallegos Noguerol, o dos ovejas al natural en el de los aragoneses Pastor, o dos cabras de gules en el de los portugueses Cabral, o cinco escobas puestas en sotuer en el escudo de los Escobar; pero jamás cinco filosísimas hachas de oro en el escudo de los Bueno, ni una encina y un jabalí en el de los Paniagua, ni águilas y ciervos en el de los Chinchilla.
Por eso es que, tanto como para actualizar algunas tradiciones que por su misma antigüedad hoy ya pecan de injustas, sugiero sustituir uno de los cinco arbolitos del escudo de los Jiménez por un libro en honor a don Juan Ramón (autor de «Espacio», tal vez uno de los poemas más bellos jamás escritos). Y ya que estamos, también podríamos agregar una pluma y un tintero a las tres flores de los Quevedo, y una máquina de escribir entre la fajas de azur y oro de los Vallejo. No estaría nada mal. Sería un acto de amor en pro de la poesía, entre tantas espadas y yelmos y fortalezas inexpugnables y cabezas de moros ensangrentadas y garrotes y lobos y coronas, entre tanto alarde de fuerza y poderío. Porque, después de todo ¿no es la poesía (esa descocada con los ojitos en blanco) el único recurso que seguirá haciendo trastabillar el discurso y los emblemas del poder?

 

Rogelio

Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.