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El ombligo de piedra 

 

El ombligo de piedra       

La columna de Rogelio Ramos Signes

El jaspe de la cistitis. La obsidiana del amor

 

Un hombre, que escala una montaña en busca de un récord imposible, se sienta a descansar sobre una roca ligeramente transparente (es un feldespato; para ser más exacto, un feldespato hialino). Tras unos pocos segundos, y para su sorpresa, comprueba que no sólo ha aliviado rápidamente su cansancio sino que también ha dejado de sentir calor. «Es una adularia», le informa un baqueano señalándole la roca que ayudó a su descanso. La historia es mucho más larga; pero lo cierto es que el hombre, maravillado por aquel prodigio de la naturaleza, bautiza con el nombre de Adularia a su hija y preconiza las bondades de la piedra. Paralelamente (dice la leyenda) pierde su fobia al número 13, vuelve a contraer matrimonio, detiene la avanzada carrera de su cáncer y contrarresta los efectos de gota que lo aquejan. Como aseguran que la adularia también evita el embarazo, debo aclarar que esa propiedad de la piedra no pudo ser comprobada (en su propio cuerpo) por el padre de Adularia, el montañista. Salvo que esa cualidad sea mucho más extensa de lo que suponemos, y la adularia también produzca esterilidad e impotencia. 

Atribuirles poderes y bondades a las piedras (preciosas o no) es una de las tantas modas de este mundo moderno, que se dice incrédulo pero que cada día se ve empujado a creer en mayor cantidad de cosas increíbles. ¿Será que los dioses tradicionales no están cumpliendo con las expectativas y las necesidades del hombre de hoy?
Un diamante, por ejemplo (y a tenerse de las creencias populares), puede unir o separar a los amantes, a la vez que elimina los efectos tóxicos de algunos alimentos. El jade no se queda atrás en sus servicios al consumidor ya que protege de injurias y accidentes (tal vez hasta de accidentes injuriosos), además de diluir los cálculos renales. El lapislázuli, piedra verdaderamente llamativa y muy popularizada, promueve la virilidad «en los hombres» (lo que ya es harto tranquilizador), amplía la memoria y procura «fortuna financiera». Lo que no dice jamás la literatura especializada es si hay que consumirlo en polvo antes de las comidas, o si basta con ponerse un arito de esa piedra para gozar de sus efectos. Porque si el ónix, como dicen, tiene poderes contra la epilepsia, los llaveros de ónix deberían venderse en las farmacias; los camafeos de berilo (piedra que calma el miedo) deberían ser comercializados en la sala de espera de los psicoanalistas; los prendedores de cuarzo azul (que acelera la curación de cortes y heridas) deberían solicitarse por correo a los herederos del general con cara de morsa que se adueñó del poder en el 66; los de cuarzo rosa, a la comunidad gay; y los de cuarzo morado, al centro de maridos golpeadores.
Esto es muy sencillo. Si el ámbar fortalece la tiroides, todo lo que necesitamos es un collar de ámbar colgado al cuello. Si el granate evita los accidentes de viaje, un granate dentro de la valija, o en su defecto una camiseta del club Lanús, es lo que cuadra. Si la hematites cura las hemorroides, pues es muy simple: una canica de hematites puesta allí, y a otra cosa. Si el jade ayuda a una mejor expresión de los sentimientos: a jadear con él. Si la malaquita aumenta las riquezas: un cascote de malaquita en la billetera. Si el jaspe ayuda a los trastornos menstruales, evita el aborto y calma la cistitis: bien, bien, por allí va la cosa. Si el rubí es eficaz contra la fiebre, basta de aspirinas (infalible en casos de poliomelitis ¿el rubí no habría hecho inútiles los esfuerzos del doctor Sabin en los años 50?). Si la obsidiana es propicia para el amor: pues, corazoncitos de obsidiana junto a una medallita de San Antonio en colgantes y pulseras. Si el topacio ayuda a olvidar el pasado, deberá prohibírselo en Argentina, donde siempre olvidamos el pasado sin la ayuda de piedra alguna. Si la turmalina alivia la dislexia: un morral, por favor. Si la turquesa es útil para los problemas nasales: pues a darse de nariz con ella. Si el zafiro es un gran afrodisíaco, que alguien que disponga de tiempo vaya levantando los pedidos. Y si la rodocrosita, como aseguran, fortalece el subconsciente, solidifica el sentido del ser, refuerza la personalidad, previene ataques mentales y neutraliza traumas emocionales extremos; debe ser piedra muy importante, y quienes se animen a contradecirlo (yo, por ejemplo) quedarán (quedaremos) al margen de esta historia.
Mientras tanto la piedra, descomunal y silenciosa; la piedra que riegan con leche y cerveza los campesinos de Noruega; la misma piedra de Stonehenge, de Carnac, de Tiwanaku, de Zimbabwe, de Machu Picchu, de Petra, de Pamukkale; la piedra que impone su condición de «otro mundo», sigue siendo parte de esa masa que hoy rapiñamos en pos de un amuleto, de un llavero, de un caprichoso prendedor, de una baratija de feria persa. Simples contradicciones de un planeta que, al tiempo que se desmorona, intenta encontrarse algún significado.
Depredación y devoción, destrucción y fundación, conviven en un constante juego de opuestos donde la aparente inexpresividad de la piedra no parece justificar tanta interpretación, tanto capricho y tanto énfasis; tanta palabra. La piedra es piedra. Su gesto es inapreciable para la milenariamente corta vida del hombre sobre la Tierra. Todas son hipótesis y deseos. Porque asegurar que el diamante ayuda a domesticar animales, que atempera los celos o que eleva la autoestima, suena a cháchara adivinatoria, a alquimia de entrecasa, a revista astral. Interesante en cambio (como siempre sucede cuando la información, y no otra cosa, es el objetivo) es recordar que el diamante es un carbón, el carbón en su estado más puro; que es el material natural más duro que existe, y que sólo puede ser cortado y trabajado con herramientas munidas de puntas del mismo diamante.
Pero, esta piedra preciosa que necesita miles y miles de años para formarse, hoy en día puede fabricarse artificialmente y en poquísimo tiempo sometiendo el carbón a fuertes presiones. Ahora bien, ¿cuáles serán las propiedades de este diamante producido en laboratorio? ¿serán la contracara de las del diamante verdadero? ¿harán que los animales, antes domesticables, ahora se vuelvan salvajes y ataquen a sus dueños? ¿lograrán que las personas que antes hacían grandes esfuerzos para dominar sus celos, ahora enloquezcan definitivamente, conviertan su vida en un bolero e ingresen en las páginas policiales? ¿conseguirán que la trabajosamente lograda autoestima ahora ruede por el suelo, enredada en la trama de algún trapo de piso?

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.