Microrrelatos de Patricia Nasello

 

Patricia Nasello

 

Puerto

 Para su sorpresa, la cama donde está acostado se transforma en balsa. Y el piso, en mar. El techo, en cielo abierto. Sólo el frío y la oscuridad permanecen sin cambio.
Con cuidado para no voltearla, se arrodilla sobre esos troncos —tan precariamente unidos— donde ahora habita. De algún modo le recuerdan a Los Duraznos, la quinta de sus abuelos, los veranos de la niñez y aquel sol hecho jugo de fruta escurriéndose por los dedos. En esta noche de hoy se inclina y cava en el agua. Busca angustiosamente. Desconoce qué: sólo intuye que lo perdido era imprescindible. Fuera de ese gran hoyo que su frenesí va formando, no aparece nada. Una aguda sensación de extrañeza lo embarga, según parece, ese hoyo es su lugar de arribo.
Tampoco comprende dónde se acumula el mar que quita. De pronto sus manos
se iluminan, están azules, por momentos también grises, o tan negras que sólo algún reflejo plateado permite verlas, están doradas, o violentamente verdes. Si no fuera por este mal presentimiento, lloraría de emoción ante tanta belleza.

 

 Uno sobre dos

Camina por las calles de Baltimore, busca una mujer joven que se le ha perdido. Y un escarabajo de oro. Si pudiera recordar quién es sabría dónde buscar, por eso camina sin rumbo.

—Todo lo que necesito es un mapa— dice con voz aguardentosa.
Hurga dentro de sus bolsillos. No los reconoce, como si las ropas que usa fueran ajenas. Introduce las manos temblorosas dentro de la camisa, palpa su cuerpo magro, frío como el de un muerto.
Ha bebido demasiado, ha bebido porque le gusta aunque también es posible que lo hayan obligado. Eso le pasa, si es que le pasó, por ser un pobre diablo. En Baltimore se sabe cómo los políticos sacan partido de pobres diablos como ése.
Las rodillas se doblan contra el empedrado pero logra apoyar las manos a tiempo para no golpearse el rostro. En esta noche oscura podría confundirse con un perro. Cuidadosamente, despacio, se recuesta. Siente que todo es una herida. Algo punza su mejilla derecha, una espina, un clavo, una piedra. Vomita cierto líquido amarillo.
—Encontré al escarabajo. Falta ella. 

 

Observando la trama

Por orden del rey se ha construido un laberinto para encerrar al Minotauro.

—Tenemos bajo control al enemigo —anuncia el pregón.
Me pregunto cómo surgió una bestia semejante.
A qué clase de individuo le convendría su desarrollo, alguna vez fue cachorro, alguien tuvo que alimentarlo.
Qué pasa si su majestad es un imbécil que trata con constructores mediocres, y el enemigo se descontrola, se escapa.
Y qué si el minotauro no existe. Si el monarca lo inventó para distraer la atención de la plebe, encubriendo un peligro mayor. Del que debería estar cuidándome. 


Enemigos

Atraviesan una espada en su vientre, el herido se arrastra, lo miran reptar.

Uno de ellos se impacienta, alza el arma.
—Todavía no —protestan los otros—, que sufra un rato más. Nos debe demasiadas.
El tiro es certero y la muerte, instantánea.
Quien disparó hace bromas procaces y ríe histéricamente. Sus carcajadas se pierden bajo el ruido escandaloso que provocan los otros victimarios, que ahora luchan entre sí; todos creen tener preeminencia para hurgar dentro del cadáver.
Muerto el hombre lobo, no es de extrañar que se maten entre ellos por una bala de plata. 

 

Perder un combate

Su cuerpo lo ha decidido, la mente, atontada por años de malos tratos, jamás se hubiese rebelado.

La capa de tierra e inmundicia de cerdo que lo cubre confunde el rastro, los perros que han puesto tras su huella no logran darle alcance. Desfalleciendo y volviéndose a levantar, tras huir toda la jornada, el fugitivo llega al bosque. Sabe que sólo cambia de enemigos, que en lugar de perseguirlo los esbirros del caballero que es su señor, lo harán los guardias reales. Sabe que tanto unos como otros podrían matarlo sin rendir cuentas. Un labriego atado de por vida a la servidumbre del vasallaje en una tierra yerma, no necesita la mente para saber ciertas cosas.

Tirado sobre la broza tiembla de cansancio, frío, hambre y miedo, cuando, apoyada contra el roble que está frente a él, de pronto ve una espada. Pese a que la oscuridad de la noche es casi perfecta, el hierro de la hoja, impecable, desprende un fulgor extraño. Como extraño es el ánimo que, no más verla, ha regresado a su cuerpo.

Se pone de pie y, este siervo cuyas manos sólo han conocido instrumentos de labranza, toma el arma con una gracia, con una elegancia en el gesto, que cualquier guerrero envidiaría. Ya no tiembla, la espada lo alimenta y conforta.

Oscuramente intuye que con ella nunca perderá un combate.

Piensa. Su estrategia inmediata es asesinar al primero que pase a caballo.

—Con poder, todo infeliz es el otro que llevaba guardado —comenta el demonio para sí mismo, entre risas, desde las entrañas del hombre.

 


descargaPatricia Nasello, narradora, nació el 28 de septiembre de l959 en Córdoba, Argentina. Obtuvo el título de Contadora Pública en la Universidad Nacional de Córdoba, profesión que nunca ejerció.
Tiene publicado el libro de cuentos breves "El manuscrito" edición de autor, 2001. Coordina talleres literarios desde 2002 (a partir del 2005, en el Centro de Jubilados de SADOP, Sindicato Argentino de Docentes Privados). Algunos de sus cuentos han sido premiados tanto a nivel provincial como nacional. Posee trabajos publicados en periódicos, revistas culturales y antologías de cuentos, soporte papel y digital. En el corriente año su cuento breve "Fuego" ha sido publicado en el manual escolar "Lengua, Prácticas del Lenguaje 6" Editorial Kapelusz Norma. Y su nanorrelato, "Reanimación", en el libro "Teatro X la Identidad" editado por el Ministerio de Educación de la Nación Argentina. Edita los blogs "Patricia Nasello microrrelatos" (textos propios) y "Narrar en Córdoba" (cuentos y microcuentos de escritores cordobeses).