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2006-04-A

Cuando la obra tiende a cero

Guillermo Bustamante Zamudio

 

Hoy aliamos un nominalismo ("todo nombre es artificioso") con un pragmatismo ("lo importante es la eficacia práctica"). Esta perspectiva supone que las clasificaciones ya no funcionan (opera como aquel que nos disuade de vivir, en tanto algún día vamos a morir) y que la teoría nos aleja de lo concreto (confunde la teoría con la exhibición que, en ámbitos académicos, lustra vanidades). Y, de esta manera, tal perspectiva pulveriza nuestro mundo en un historicismo relativista y cínico. Pero, si bien falta la garantía, eso no iguala todos los enunciados. Así, la idea según la cual ya no estaríamos para clasificaciones, sino para dar paso a la espontaneidad de las cosas es concomitante con una época donde no está de moda pensar: el que piensa pierde (Les Luthiers).

Desde finales del siglo XX, la cultura retrocede ante la imagen, la banalidad y la superficialidad: se suben a YouTube 100 horas de vídeo por minuto y 350 millones de fotos diarias.
De acuerdo con el escritor, traductor y comentador de arte César Aira, La realidad concreta de la obra estaría conformada por la obra misma y [por] el tiempo que envolvió su concepción y ejecución... o sea: el historicismo del que hablábamos. Propone pensar en un concepto ampliado del "aura", que incluyera el relato del que surge la obra. Según él, es banal apreciar los valores plásticos de la obra, y no las asociaciones que la envuelven. O sea: no importa la obra misma. Este es el discurso que le da entrada al "curador" y sentencia la obra.
Esta manera de ver el arte ha girado el timón, de la producción artística hacia el terreno de la interpretación. De acuerdo con Aira, mientras la artesanía se hace bien, con arreglo a un canon que incluye el margen de variación, el arte no es arte si se lo hace bien. ¡Y aceptamos la cosa mal hecha, pues viene acompañada de un discurso sobre propósitos "políticamente correctos"!
Y nos quedamos con las buenas intenciones. Cada vez se necesita menos esfuerzo y menos material para hacer arte, si damos crédito a que debe quedar mal hecho, y ser acompañado de una retórica. Pero, ¿tenemos obligación de pasarnos al otro extremo para relativizar el concepto de belleza? Para Aira, tratar de hacer algo bien es tiempo perdido, pues el arte crea valores nuevos, crea parámetros de gusto. Y ¿acaso esto es menos moralista y conservador que lo anterior a destruir? No obstante poner en entredicho el canon de Alberti y los criterios clásicos de belleza, se da por entendido que los nuevos valores están bien, sin criterios.
Bueno, y antes de esos nuevos parámetros, ¿no había gusto? Sí, pero ya establecido y la consigna sería ir contra lo establecido. No en vano, para Lyotard la invención siempre se hace en el disentimiento. Así, nada hay que saber, basta con disentir. Lo mismo dice Aira: no es necesario hacer algo bien, sino crear algo nuevo. Pero, una vez creado ese nuevo valor, ese nuevo parámetro del gusto, ¿no se convierte en algo hecho y, por lo tanto, despreciable? La serpiente se muerde la cola; el criterio se elimina a sí mismo.
Por otro lado, de acuerdo con Aira, crear valores es intervenir en la historia personal del espectador: crearle un gusto, darle una nueva mirada. En lugar de hacer objetos bellos, el artista pasa a la dimensión de lo no hecho. Pues bien, esto no es diferente de la pedagogía, que apunta a lo no hecho: los nuevos valores del estudiante. Y, si no hay diferencia, pues no hay obra, sino discurso. Efectivamente, esto dice: En tanto se haga inteligible la idea original, puede prescindir de los objetos, y de hecho prescinde las más de las veces, o los degrada o rescata de la basura. El objeto se vuelve secundario respecto del relato del que emerge. Y si ahora el asunto es pedagógico —aunque se siga llamando artístico—, se trata de mala pedagogía, pues, según Aira, crear valores es contar historias. ¡No es cierto!: los valores son efectos posibles de contar historias... pero bajo ciertas condiciones, no en todas; por parte de personas con cierta postura, no por parte de cualquiera; y dirigidas a alguien cuya disposición es necesario producir, no a todos. De hecho, los movimientos que empezaron a exigir espacio para mostrar sus obras a finales del siglo XX no eran artísticos sino políticos.
Se justifica pobremente una broma. Se trata al arte y a la pedagogía sin fundamentos, sin relación con el pensamiento estético y ético. ¿Y por qué una broma? El mismo Aira cuenta lo siguiente: en 1948, invitado a exponer en París, Magritte quiso burlarse de los críticos galos, quienes lo juzgarían desde el prejuicio francés sobre los belgas; entonces, hizo rápidamente una serie de obras que no se ajustaran a la imagen que había empezado a reconocerse como suya. Después de la exposición, volvió a Bélgica y dejó los cuadros abandonados en el desván de una casa en París. Habían servido para llevar a cabo la broma, y cumplida su función ya no le interesaban.
Y la broma se extiende a otros campos: 4.33', de John Cage, es una "pieza musical" donde nada suena, durante cuatro minutos y treinta y tres segundos. Fuente, de Duchamp, es un orinal introducido por el autor en un museo. Las Pinturas blancas de Armando Reverón son lienzos de un solo color homogéneo. De las siete palabras del Dinosaurio de Monterroso, hemos pasado a las cero palabras, como el texto de Guillermo Samperio llamado Fantasma, en el que tenemos el título y la página en blanco. En fin, el llamado "arte contemporáneo" está lleno de ejemplos donde la obra tiende a cero.
Ahora bien, así como ironizan o critican los límites de su acción, el objeto sobre el que operan, el juicio posible a su obra, o las condiciones de su mostración... Cage, Duchamp, Magritte y Samperio también hacen obras en sus campos respectivos y son reconocidos. Pero si damos a la broma el estatuto de obra, entonces cualquiera puede hacerla. De hecho, Alphonse Allais, escritor, humorista y periodista, del siglo XIX, dibujó un marco y lo tituló Primera comunión de niñas cloróticas con tiempo de nieve. No sabía pintar, pero señaló con humor el grado cero de la pintura. No se necesita ser pintor para hacerlo. Así mismo, hizo una partitura con pentagramas vacíos: Marcha fúnebre silenciosa; de nuevo, sin ser músico, se le ocurrió la idea y así como con este gesto también toca los límites de la música, no se necesita ser músico para llevarla a cabo. Como tampoco se necesita ser escritor para continuar con la serie de "textos" en blanco, con títulos ad hoc.

 

Guillermo Bustamante*Guillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Roles ganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander. Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; Escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.