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El ombligo de piedra 

 

   EL OBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

PATRIA

 

Cuando Carlos Guido y Spano escribió aquello de «argentino hasta la muerte», él no sabía que tanto estaba cruzando una banda patriotera sobre el pecho de cada uno de nosotros, como apretando el botón que dispararía una profunda reflexión acerca de qué somos, quiénes somos y por qué somos así. El poeta simplemente desnudó la parte más meridional de su corazón, ya no tan aborigen, y clavó el asta de su enorme escarapela en el pecho todavía algo incierto del país. Esto, con el tiempo, devino a veces en un nacionalismo de rango extendido, en el mejor de los casos; en un fascismo de inquietantes aristas, en aras de una pureza linfática que no nos cabe; y en un jingoísmo trágico que nos llevó, por ejemplo, al borde de una guerra con Chile a fines de los '70. 
Repetir eso de «argentino hasta la muerte» asumiendo con humildad y hasta con resignación (no exenta de orgullo) nuestra marca de origen, nuestras mejores costumbres, nuestras virtudes y también nuestras limitaciones, es un paso importante hacia la sanidad del espíritu colectivo de la patria. Al mismo tiempo, es difícil describir todo lo negativo que se encierra en el hecho de enarbolar las discutibles banderas del país más grande (y más completo) del mundo, porque no corresponde y porque sabemos que es una loca fantasía. «Delatemos un onanismo más: el de izar la bandera cada cinco minutos» dice Oliverio Girondo ¡para qué más palabras! 


El lugar de privilegio que creíamos tener en el planeta fue ocupado por otros países de menores recursos económicos, pero económicamente más sanos, y las bondades de nuestra geografía se perdieron en la ignorancia de una sociedad globalizada que no necesita saber de nosotros. ¿Qué nos queda entonces? ¿Qué le queda a nuestro maltrecho orgullo en un mundo mercantilizado e indiferente? Creo que nos queda asumir nuestras peculiaridades, no perder las tradiciones, elegir mejor en el momento de votar y, por supuesto, no olvidar aquello de pintar la aldea. Por lo demás ¿qué es la patria?
Según el diccionario, que no se permite deslices poéticos, patria es la «tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos». Pero también es patria la canción que dice por nosotros lo que nosotros quisiéramos decir y no podemos (más que el himno de tinte mitológico escrito por el poeta Vicente López y Planes, musicalizado por el pianista español Blas Parera y aproximadamente recordado por Pedro Esnaola); patria es el específico plato de comida que no podemos conseguir en otras tierras; patria es el juego de palabras que pierde sentido apenas se trasponen las fronteras; patria es un libro desconocido por todos menos por quienes vivimos aquí; es una esquina individual, es un café compartido, es el abrigo de los espacios conocidos de memoria, es (en definitiva) la referencia inmediata, sin mayores explicaciones. «Patria, son ¡tantas cosas bellas!» dice Rubén Blades (panameño) en una canción. «La patria no es un solo lugar» asegura Daniel Viglietti (uruguayo). «Patria es la casa donde arde el fuego nuestro» cantan Los Olimareños (también uruguayos). "No me pidas olvidar –dice Víctor Heredia- Patria es memoria y sueño bajo la piel". Y una vez más son los músicos y los poetas populares quienes ponen el acento en esa cosa mínima que desborda todos los diques.
Si decimos «el Santo de la Espada», todos sabemos a quién estamos refiriéndonos; fuera del país tendríamos que explicar hasta quién fue San Martín. La patria también es eso, la sana confabulación de quienes habitamos el mismo suelo, la aclaración que no es explicación sino familiar sinónimo. Patria es decir «el Mejor Alumno» o «el Primer Trabajador» o «el Pibe 10» o «la Negra» o «el Gitano» o «el Morocho del Abasto» o «los Diablos Rojos», sin tener que mencionar por su nombre institucional a quienes estamos refiriéndonos. Por eso es que decimos «todo está como era entonces» o «hacete amigo del juez» o «no nos une el amor sino el espanto», sin irnos en larguísimas disquisiciones literarias; o mencionamos aquello de «las nieves del tiempo» o «para vivir como vives mejor no morir de viejo» o «un fantasma errante le toca la piel» o «el carnaval del mundo», sin que tengamos que hacer referencias al resto de la canción, al título del tema, al nombre del autor; sin que debamos tararear la música. Por eso la patria también es la mentira de nuestros políticos, metida como una cuña dolorosa en la materia de nuestros chistes; el sabor inconfundible del dulce de leche (¡sí! ¿por qué no?), la preparación del locro, la estampita de la Difunta Correa o de Ceferino Namuncurá (aunque no seamos devotos de ellos), las historietas de Inodoro Pereyra, los consejos del Viejo Vizcacha, la humita, la sopaipilla cuyana, los tamales del Noroeste, el chipá mesopotámico, las capias santamarianas o el chocolate de Bariloche. No creo que sea más representativa de la patria la escarapela con los colores celeste y blanco de los Borbones que el mate y los alfajores.
Hoy, desgraciadamente, pocos niños saben «de verdad» quién fue Belgrano (ese nombre de plazas, clubes y avenidas), un ícono del país con su enorme pañuelo al cuello y su triste final; aunque todos saben cuáles son los colores del club Boca Juniors, otro ícono del país (enarbolado por «la mitad más uno»). Pero tanto una como otra, nos guste o no, son imágenes indelebles de la patria.
«Cada pueblo tiene su tartufería propia y la denomina sus virtudes. Lo mejor que somos, eso no lo conocemos. No podemos conocerlo» sentencia Friedrich Nietzsche y se aproxima notablemente a lo cierto. Levantar un mástil con ello, y hacer que allí flamee por siempre nuestra enseña nacional, en el mejor de los casos es un preocupante indicio de insanía.
«Argentino hasta la muerte» dice Carlos Guido y Spano henchido de orgullo. «Argentino hasta la muerte» repite César Fernández Moreno, satírico, descreído, crítico y contundente como siempre. Entre la frase de uno y la frase de otro (que son la misma pero que a la vez son muy diferentes entre sí, por individualidad, por historia y por actitud del hablante) navegamos los millones de argentinos hasta la muerte que tenemos mucho para decir al respecto, pero también mucho para callar. Atamos con alambre todo elemento pasible de ser mecanizado, nos quedamos con el vuelto redondeando siempre hacia arriba, adherimos al consejo «no te metás», tapamos con propaganda política las señales de tránsito, tomamos créditos que no pensamos pagar, arrojamos basura en la calle y a sabiendas, pensamos que robarle al Estado no es robar (¿será porque el Estado nos roba sin pensarlo demasiado?), nuestro ánimo depende más de un resultado de fútbol que de la crisis económica, convertimos en «santos» a todos los muertos, nos reímos de nuestros vecinos (bolitas, chilotes, paraguas y yoruguas), hablamos a los gritos, escuchamos mala música, hemos dejado de leer ¡y bueno... somos argentinos! Claro que también cultivamos la amistad contra viento y marea; todavía recordamos que a las mujeres les gusta que les regalen flores, que les abran la puerta del automóvil y que les retiren la silla al levantarse; visitamos los cementerios; seguimos creyendo en nuestros gobernantes, a pesar de todo; y hasta llegamos a convencernos de que el color de nuestras tripas es celeste (en un 66 por ciento) y blanco (en un 33). ¡Qué pasa con el 1 por ciento restante, sólo Dios lo sabe! Pero eso sí, como en aquella rumba caribeña, ante el menor apuro contestaremos «yes».

 

Rogelio

Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.