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     El ombligo de piedra

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

El nudo y el (des)nudo

 

Según el diccionario, nudo es un «lazo que se estrecha y cierra de modo que con dificultad se pueda soltar por sí solo». Pero nudo, también, es una unidad de velocidad de los buques; y es la unión de dos huesos en cualquier animal (incluyéndonos); y es el lugar donde se cruzan dos sistemas montañosos, o varias vías de comunicación; y es el enlace de hechos que desencadenan una situación; y es la trabazón de situaciones que conducen a una catástrofe; y es el conflicto de un relato, y la motivación de un poema; y es la dificultad mayor de cualquier materia; y es el vínculo, la unión de las partes; y es también el engrosamiento donde se insertan las hojas y yemas en un tallo.

 Pero la idea de nudo, que simboliza la conexión o atadura de cualquier tipo, ha hecho su incursión en lo metafórico; y así es como ante una gran pena se nos hace un nudo en la garganta, y frente a la posibilidad de gastar innecesariamente nuestro dinero echamos otro nudo a la bolsa. O sea que el nudo (el "lazo que se estrecha y cierra de modo que con dificultad se pueda soltar por si solo" que recién definíamos) es el nudo de los nudos, el nudo original, el que lleva sobre sí todo el peso de la imagen inmediata.
De entre la gran variedad de nudos que existen, el ciego tal vez sea el más extendido, ya que cualquier nudo muy apretado y difícil de desatar puede ingresar en esa categoría, sea cual fuere su complejidad. Otro nudo muy conocido es el corredizo, aunque su historia, relacionada principalmente con la horca, es harto triste. Hecho de tal manera que el peso o la resistencia puesta en alguno de los extremos del cordel haga que se apriete cada vez más, el nudo corredizo ha logrado tener múltiples aplicaciones. Paralelamente figura en los jeroglíficos egipcios bajo el significado de «calumnia o maldición».
El nudo marinero, muy seguro y a la vez muy fácil de deshacer, es quizá el más usado. El nudo de tejedor, que se hace uniendo dos cabos y formando con ellos dos lazos encontrados, también es de uso corriente. El nudo gordiano, en cambio, es sólo un nombre y está unido a la leyenda del carro de Gordión y a la espada de Alejandro Magno. Hoy se lo usa como sinónimo de «cosa insoluble»; y decir que «hemos cortado el nudo gordiano» significa que, expeditivamente, hemos logrado dar fin a una situación engorrosa. (Se dice que Gordión, antigua ciudad de Frigia, en el Asia Menor, era un importante «nudo de comunicaciones» en la vía de Sardes a Susa. O sea que todo tiene sentido.)
Por sobre estos «nudos varios» hay uno que vale la pena tener en cuenta, ya que simboliza la suerte: es el nudo sinfín. Este nudo, no físico sino filosófico en última instancia, es un emblema del budismo chino y representa la longevidad.
Pero son los nudos usados en las embarcaciones los que presentan una mayor variedad; así al nudo simple y al nudo en obenque, que une los dos cabos rotos tras un accidente, se le agregan los nudos de barquero, de pescador, de bosas, de gola de raya, de flechaste, de galera y de amarre, cada uno con sus particularidades; además de otros nudos menos usados, como el pata de gato, el media llave, el cola de perro, el ayuste o el vuelta muerta. Ni hablar de los complicadísimos nudos de grupo doble de calabrote, de rizo o de escota.
Claro que «nudo» también es una palabra, y creo que no es un secrto mi fascinación por las palabras. Su etimología es muy simple e inequívoca, ya que proviene del sustantivo latino nodus. Del latín también (pero de nudus) proviene el adjetivo desnudo. «No vestido, falto o despojado de lo que cubre, adorna o complementa» según el diccionario. Pero, extrañamente, también se usa la palabra nudo como sinónimo de desnudo, aunque su aplicación es literaria y apunta a lo abstracto: cosas como «la nuda verdad» y otras formas igualmente algo envejecidas.
En arquitectura se habla de «desnudo» cuando se hace referencia a un muro liso donde luego se aplicarán ornatos salientes. Pero «desnudo» en el arte es cosa muy diferente, deja de tener la calificadora función de un adjetivo para ser un sustantivo con peso propio.
Desde el desnudo egipcio, concebido como una idealización abstracta del cuerpo, hasta el desnudo exasperantemente morboso y no exento de belleza de la historieta actual, mucha agua (que es un decir) ha corrido bajo el puente. El mundo tuvo su erotismo refinado, en relieves y pinturas egipcias de la dinastía XVIII, un erotismo notablemente realista en la India y Japón, y también el desnudo helenístico (con sus venus y sus faunos y sus hermafroditas) sensual pero desabrido. Luego la historia de la pintura, en la Alta Edad Media y Cristianismo mediante, se olvidó que bajo las ropas había un cuerpo y sólo Adán y Eva (con sus hojas de parra a modo de lencería fina) pudieron andar desnudos en los cuadros, además de una que otra alma condenada a los círculos de fuego del infierno en el Juicio Final y ya en viaje de castigo. Fueron los pintores flamencos del Gótico quienes vinieron a poner las cosas en su lugar y nos recordaron las anchas caderas femeninas y los pechitos altos. Después se impuso la serena plenitud de los desnudos renacentistas, el intelectualizado erotismo francés, la depuración cubista y (hoy) toda la voluptuosa sensualidad de los diferentes realismos.
Los estudiosos del arte del Renacimiento distinguen en esa época cuatro tipos de desnudo: el desnudo natural del nacimiento (nuditas naturalis), el desnudo simbólico de lo carente de bienes (nuditas temporalis), el desnudo que simboliza la pureza y la inocencia (nuditas virtualis), y el desnudo que representa la vanidad y la lujuria (nuditas criminalis). Como supongo que el desnudo del que venía hablando corresponde casi exclusivamente a esta última y «criminal» categoría, creo que ya es hora de ir dando por terminado este texto que comenzó con nudos y que, por esa cuestión de la libre asociación de ideas, devino en esto.
Supongo que habrán escuchado hablar de las ideas fijas y de todas esas cuestiones.

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.