Get Adobe Flash player

TEXTOS DE GUILLERMO SAMPERIO

 

 Guillermo Samperio 2

 

La cola

 Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas y periódicos extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme que mueve su cuerpo ansioso azotando la banqueta, invadiendo la calle, enrollada a los automóviles, interrumpiendo el tráfico, trepando por el muro, sobre las cornisas, adelgazándose en el aire, su cola de cascabel introduciéndose por una ventana del segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante una mesa redonda, mujer que escucha solitaria el rumor del gentío en la calle y percibe un fino cascabeleo que rompe de pronto su aire de pesadumbre, lo abrillanta y le ayuda a cobrar una débil luz de alegría, recuerda entonces aquellos días de felicidad y de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo firme y bien formado, abre paulatinamente las piernas, se acaricia el pubis que ya está húmedo, se quita lentamente las pantimedias, la pantaleta, y permite que la punta de la cola, enredada en una pata de la silla y erecta bajo la mesa, la posea.

Sólo sentía ruidos

Janet trajo el ruido intenso en la cabeza durante 4 años. Esto le vino 2 años antes de que rompiera con Robert, con quien duró 8, luego de que salieron de la universidad. Visitó médicos diversos pero ninguno le quitó el ruido. Salió con varios prospectos, simpáticos e inteligentes, además de guapos. Y supo que no eran los hombres, sino la familia, esta maldita Nueva York, los comercios y el país completo. Odiaba Kansas City, de donde provenían los abuelos. El ruido se le fue al cuello, a brazos y cuerpo. Veía pero no miraba. Oía pero sólo ruido. Sentía, en rigor, sólo ruidos. Ya no escuchaba el exterior. Alguien era capaz de tocarle el cuerpo, pero era como medir la ausencia. Sentía sólo ruidos. Las máquinas estaban ya dentro de Janet. Trabajaba en el piso 36 del Empire Estate. En ocasiones había tenido frente a sí algunas nubes pequeñas y le gustaban. Abrió la ventana, se asomó y se aventó con calma. Nunca había sentido el viento tan grato. Su cara, bocarriba, se veía serena y el auto negro 1950 destrozado. Hasta la falda le llegaba un poco arriba de las rodillas, como si hubiera salido de paseo.

Fumar o no fumar

estoy desesperanzado como la tubería de agua seca y como el clavo oxidado en mi clavícula y como el racimo de uvas sin uvas y como la loca que recuperó la cordura después de 40 años y murió sin subirse al metrobús y como la llanta nueva que nadie compró y como mi abuela que murió de enfisema pulmonar sin haber fumado y como mi tío que siempre fumó y nunca murió y como mi abuelo que nunca fumó y siempre fumó y como yo que fumo de más de cinco marcas y mi cabellera blancuzca esté pintada entre rojiza y oro y ya me he gastado siete vidas de las nueve que me tocan pero supongo que soy tan afortunado como mi tío que siempre fumó y nunca se murió y esto me indica que los caminos de las herencias son tan intricados como la ciencia de la genética misma la cual a veces le atina y luego no.

El pitcher

El pitcher se acuesta temprano en su cama y duerme. Al día siguiente tiene que lanzar un partido decisivo para su equipo; el descanso le viene bien. Le surge un sueño en el que vuela, muy parecido a los que tienen la mayoría de las personas: pasa entre las nubes, ve pequeña la ciudad, de pronto baja planeando y aterriza en una azotea. La única diferencia es que la azotea tiene un helipuerto. De súbito, baja un helicóptero que lleva unas cruces rojas a los lados. Hombres de blanco trasladan en una camilla el cuerpo de una mujer. El lanzador se da cuenta de que es un cuerpo femenino por la cabellera roja y un pie blanco, casi perfecto, como de ángel femenino, al que se le notan las uñas nacaradas.

En la mañana, despierta con la sensación de un estupendo descanso. Escucha un ave desde el jardincito. Se lleva los brazos hacia la nuca y se da cuenta de que el derecho, el de los célebres straiks, ha desaparecido: alguien se lo tronchó durante la noche. La manga de la pijama café claro cae flácida sobre la almohada. Con la mano izquierda se toca un muñón que, al tacto, lo siente redondo y plenamente cicatrizado. Incluso tiene la sensación de que el brazo derecho ahí está pero no hay nada. En tanto se soba la redondez del muñón, recuerda el sueño y supone que está internado en el hospital, pero no hay duda de que es su casa de divorciado. Ahí está la foto del pitcher más famoso en el mundo, a un lado del espejo.

No sabe qué hacer y se levanta de cualquier manera. Ni siquiera se lo ocurre bañarse. Sale hacia la ciudad a recorrerla en su vehículo automático, lo hace con dificultad porque maneja con el brazo izquierdo; por el retrovisor descubre que no se puso la gorra de su equipo. No hubiera estado mal: a lo mejor me hubiera reaparecido el brazo. Sale hacia la carretera, las casas van desapareciendo hasta que los árboles dominan el panorama. Se detiene en el terraplén: mira hacia unos montes de un verde limón intenso. Detrás de las lomas navegan nubes semejantes a las de su sueño: moradas con bordes violetas, seguidas de dos gordas nubes grises. Del vientre de las primeras sale una parvada de halcones y ya no le sorprende la semejanza. De un momento a otro despertaré e iré a lanzar las mejores pelotas, las que le darán el campeonato a mi equipo.

Regresa a la ciudad, entra en su casa y ve la cama deshecha. Llama por teléfono a su hijo y su exmujer le dice, en tono grosero como de costumbre, que el muchacho ya salió hacia el estadio; que lo estuvo llamando. El jugador se siente asustado, destruido, impávido, desértico. Sin claridad alguna de lo que sucedió en la noche anterior, o en la que todavía está dormido, va hacia el ropero. Al fin toma su gorra y se la pone, carga su mochila que trae sus spikes y su traje de beisbolista. El día anterior dejó dentro el ojo de venado que le da suerte y lo encuentra con todo y su cadena de plata; lo sopesa con la mano izquierda y se lo cuelga en el cuello. Sale de nuevo, el auto va con lentitud y las lágrimas en el borde del párpado inferior se insinúan en los ojos del pitcher. Anhela que alguna forma de sortilegio le regrese el brazo.

Mientras tanto, la gente del equipo lo busca por cielo, tierra y mar, sin resultados. La hora del partido se acerca inexorablemente y el jugador enfila hacia el estadio. Dirige su carro hacia la entrada de los jugadores, pero se sigue de frente, pues su brazo sigue extraviado. Estaciona el auto y compra un boleto de reventa. Entra por la puerta E14 y se sienta en una butaca de las más distantes al dogout.

Mientras ve el partido y va presenciando la paulatina paliza que le van dando a su equipo y que el couch mete y saca pitcheres suplentes, al fin comienza a llorar desordenadamente. Se sacude los mocos con la manga de la camisa vacía, manipulándola con la única mano. Antes de terminar el juego, los partidarios de su equipo se van yendo. La gritería y la burla de la porra de del otro equipo lo hunde todavía más en su ya solitaria butaca. El juego termina y jugadores y gente lo abandonan. El pitcher sin brazo derecho se queda solo en el gran estadio. Fallece la tarde hacia un negro poroso, robusto, atribulado. Se apagan las luces. Voltea hacia el cielo donde no se distingue nada. De pronto, escucha un distante chillido como el de los halcones. La oscuridad más prieta cobija al pitcher.

Nota: Los textos fueron seleccionados por Verónica Sotelo quien los rescató de diversas páginas web.

La imagen que ilustra la presente nota fue tomada del sitio Web http://www.sexenio.com.mx/hidalgo/articulo.php?id=10000