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El ombligo de piedra

 

 

     

ELOMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 Érase una vez

 

Pocas veces llegamos a plantearnos el porqué de algunos giros idiomáticos, pero éstos sobreviven gracias a la costumbre (aunque también gracias a nuestro propio desinterés). Cómodamente instalados en un lejano e incorpóreo anaquel, perduran, reducidos a un uso que, de tan específico, nadie osaría disputarles. Tal vez éste sea el caso de la expresión «érase» en la lectura, sustituido por «había una vez» en el lenguaje hablado; formas típicas del cuento para niños o del relato folclórico. Prácticamente ya no se lee este tipo de cosas, y el relato de sobremesa ha caído en desuso. Sin embargo, aunque sólo sea como curiosidad antropológica, de vez en cuando solemos sobrevolar algunas de esas antiguallas; esas alegorías morales que siguen haciendo «un zorro» del hombre astuto, «una víbora» de la mujer pérfida, «un gusano» de un ser pusilánime.

Charles Perrault (siglo XVII, francés) comenzaba sus relatos diciendo «érase una vez», y a partir de allí desarrollaba toda la historia; simples pretextos para desnudar el complejo comportamiento humano, disfrazándolo con situaciones simples: «érase una vez un hombre de barba azul», «érase una bella princesa que dormía en un bosque», «érase una niña cubierta por una roja caperuza», «érase un gato con botas», «érase una viuda que tenía dos hijas», «érase una niña muy hermosa llamada Cenicienta», «érase una vez una reina que dio a luz a un hijo feo y contrahecho», «érase una vez un niño pequeñito, no más grande que un dedo pulgar»; y hacia el final del relato venía la moraleja, precedida de palabras como «nadie en el mundo...» o «todo lo que nos agrada...» o «siempre que la codicia...» o «nunca quieras saber...» o por preguntas como «¿quién ignora el valor...?»; y a veces también una moraleja de las moralejas, sentenciando que «puede más un hombre pequeño...» o «por muy grande que sea tu corazón...» o «ya no queda en esta vida...». En fin.
Los hermanos Jakob y Wilhelm Grimm (siglos XVIII y XIX, alemanes) toman el «érase una vez» de Perrault sólo como punto de partida; y si bien comienzan sus cuentos de manera diferente: «al borde de un frondoso bosque vivía un pobre leñador con su mujer y sus dos hijos: Hansel, el niño; y Gretel, su hermanita»; o «un día de invierno una reina tuvo una niña tan blanca como la nieve y su cabello tan negro como el ébano»; muy pronto sucumben ante los encantos del «érase», a saber: «érase una vez un hombre que tenía tres hijos; el más pequeño se llamaba Tontito»; «érase una vez una gallina y un gallito que decidieron hacer un viaje juntos»; «érase una vez un pobre campesino llamado Cangrejo»; «érase un erizo parado a la puerta de su casa, y érase una liebre que por allí pasaba»; «érase una muchacha muy haragana que no quería hilar»; «érase una vieja cabra que tenía siete cabritos»; «érase una vez un alegre molinero»; «érase una vez una viejita que vivía con sus gansos en un claro entre las montañas»; «érase un hombre versado en muchos oficios»; «érase una vez un hombre rico cuya esposa cayó enferma»; «érase un niño que jugaba con su hermana al lado de un profundo pozo». ¿Y la moraleja? Pues bien; hombres modernos como eran, los hermanos Grimm prescindieron de ella como remate para las anécdotas, pero supieron incluirla de manera tal que nadie se diera cuenta (es decir: pontificaron a escondidas) para que cada lector, o escucha, sacara sus propias conclusiones. Pero, hombres románticos como también eran, los hermanos Grimm solían cerrar sus historias con exaltaciones de imaginación y locura, muy caras a su sentir germánico: «y de este modo, como castigo por su maldad y falsedad, quedaron ciegas para siempre», o clausurándoles los caminos a la esperanza: «hoy en día esto ya no ocurre porque, de lo contrario, los pobres pronto se harían ricos», o castigando sin piedad a los pecadores (pecadoras, a la postre): «y ya estaban preparados sobre el fuego los zapatos de hierro, que fueron traídos con tenazas y calzados en sus pies; y con ellos puestos tuvo que bailar y bailar hasta caer muerta al suelo». Extrañas venganzas matizadas de vez en cuando con algún «y vivieron felices toda la vida» o «se abrazaron y se besaron», y si fueron felices o no, si comieron perdices o no, es algo que nadie necesitará preguntar.
Los cuentos del «érase una vez» (de alguna manera hay que llamarlos) suelen ser una mezcla de relatos, leyendas, sucedidos, casos, tradiciones y mitos. Es su carácter etiológico el motor que los lleva a buscar las causas de todo lo narrado, convirtiéndolos en materia explicativa, rastreando casi siempre en los diferentes fenómenos del reino animal o vegetal.
El cuento viene de muchos milenios, rodando y enriqueciéndose en ese largo camino de la tradición oral; hundiéndose en los orígenes de cada pueblo. Se supone que nuestra conocida Cenicienta (la del cuento de Perrault), sería la versión occidental de la Yeh-hsien de la China del siglo IX; la misma que inspiró las óperas de Massenet y de Rossini, el cuadro de La Touche y la película de Disney.
Popular por naturaleza, el verdadero autor de estos cuentos es (¡qué cosa tan simple!) el pueblo mismo. Diferentes estudiosos (los hermanos Grimm en Alemania, Samaniego en España, Gray en Inglaterra, La Fontaine y Perrault en Francia, sin perder el modelo de Esopo y de Fedro, los fabulistas clásicos) decidieron recogerlos y ponerlos por escrito, hasta que con el tiempo se convirtieron en literatura.
Muchos cuentos populares españoles (ahora recuerdo «Nola y Marta», de la región de Asturias) comienzan respetando esta fórmula: «érase que se era una mujer que tenía una hija y una hijastra...». Y si bien el «érase que se era», como literatura escrita, ya no se usa, aún sobrevive su modo alternativo, es decir: «había una vez». Por supuesto que esos cuentos también pueden comenzarse diciendo «en una pequeña aldea vivía una muchacha, huérfana de padre y madre...», o bien «acontece muchas veces, viajando por...» (usted elige el punto geográfico), o «hace muchos siglos había en una ciudad un poderoso rey, bueno y justo...» (o «un rey holgazán y despiadado», usted vuelve a elegir), o «cuentan las viejas, sentadas al sol en una plaza...», o «cuenta la leyenda que el hijo menor de una aldeana muy laboriosa...». Y así es como el cuento vuela de boca en boca, sin hacer caso de los siglos y de las distancias, formando parte, con pequeñas variantes, del folclore de cada región. Si no ¿cómo se explica que en los cuentos anónimos de nuestro país haya reyes y princesas y castillos, y hasta de vez en cuanto algún dragón sobreviviente de los relatos religiosos? Es que hay cosas que no eran malas y que se niegan a morir.
La televisión seguirá compitiendo con la literatura; la computadora lo hará con los viejos juegos infantiles; pero la promesa de una buena historia a partir de las palabras mágicas «érase una vez» continuará venciendo al tiempo, y a su guardaespaldas: la moda.

 

 

ROGELIO RAMOS SIGNES Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.