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JORGE-MONTELEONE 

 

 

   ESPERA DE LA IMAGEN1

 Sobre la poesía de Samuel Bossini


Jorge Monteleone*

 

En el comienzo de la Parte1I de Mundo Natural, de Samuel Bossini, se hallan atribuciones para definir el mundo natural. La primera es una comparación: «Mundo Natural como fantasma del hombre cuando transcurre su otra vida fuera de momentos, partidas, regresos; climas, fronteras, espacios y tiempos». Comprendemos que el primer rasgo del mundo natural es a la vez una separación y una unión de lo humano. En primer lugar, el mundo natural une: no es lo irreductiblemente natural del hombre lo que se une al mundo natural, sino «su fantasma cuando transcurre su otra vida».

Ese carácter doble —espectral y que abre la otra escena de la vida, «su otra vida»— es, sin embargo, íntimo: ¿y no es acaso el fantasma de sí un modo irreal de la más profunda intimidad,tal como en nuestros sueños somos y no somos nuestro yo? En segundo lugar, el mundo natural separa: porque esa otra vida transcurre en una exterioridad, un afuera: «Fuera de momentos, partidas, regresos; climas, fronteras, espacios y tiempos». El poeta Samuel Bossini plantea desde el comienzo de su libro un antiguo problema que siempre es acuciante y sobre el cual la filosofía más contemporánea aún se pregunta: para dar un solo ejemplo, en Lo abierto. El hombre y el animal, de Giorgio Agamben (Valencia, Pre-Textos, 2005): ¿cuál es el vínculo del hombre con la vida? ¿En qué medida puede el hombre vincularse con la naturaleza cuando el lugar propio de esta relación es la técnica, la dominación de la naturaleza sometida a la razón instrumental? ¿Hasta qué punto la relación con la naturaleza es, como afirma Agamben, «insalvable » y, en consecuencia, naturaleza y conciencia son dos ámbitos separados cuando el ser humano es también «por ciertos grados» naturaleza? Bossini comienza aventurando, en la poesía, una de las respuestas posibles que, no obstante, planteará una serie de paradojas. Escribe que el Mundo Natural «solo puede ser traspasado desde un lenguaje poético». Creo que una de las primeras paradojas reside en el hecho de que apresar el juego del Mundo Natural por vía del poema supone, como dice el texto, construir un «Alma» a través de la cual se «indaga en la otra normalidad de los cuerpos». ¿Cómo, entonces, ser todavía «naturales» cuando la lengua es el elemento que nos separa de la naturaleza? ¿No es acaso este movimiento algo que se aleja de nosotros ya, precisamente porque abandonamos el mito por la razón instrumental, que aspira a dominar esa misma naturaleza? «Mundo Natural que colmará su cielo en esta tierra, llenando su vientre con aquel presagio de los Dioses: El pasajero tocará las aguas», escribe Bossini. Y aquí hay una respuesta a esas preguntas: solo en la poesía es posible restituir el presagio de los Dioses, solo en la poesía el mundo retornará a su origen mítico. Pero el acceso a ese entresijo del mundo, a esa grieta por la que se filtran «los relámpagos de lo invisible» para decirlo con Olga Orozco —poeta hechicera, maestra y amiga de Bossini— se produce apenas como un atisbo para el Ojo. Porque solo en la Videncia puede verse en la naturaleza el antiguo bosque oscuro de las ceremonias. Por cierto, el carácter del poeta vidente atraviesa el romanticismo y la célebre poética de Rimbaud («hay que hacerse vidente»), poeta muy presente en Samuel Bossini.

 

aérea hoy

PORTADA DEL NÚMERO 10 - AÑO X


Pero aquí se produce una nueva paradoja: si el hombre se instala en el bosque sagrado del mundo natural o asimismo en el bosque sagrado en tanto mundo natural, puede sostenerse como especie, pero a la vez ser transformado en tanto humanidad. Porque lo que distingue a la conciencia es la palabra y la palabra es el primer indicio de esa separación, ya que no hay lengua en el lugar donde lo natural permanece mudo y cerrado sobre sí. Eso parece afirmar el segundo poema de Mundo Natural. El vidente —y sabemos que el vidente siempre es sinónimo del poeta— vive un día «de extrema oscuridad», aunque «algo de Amor capturó su Ojo». Sin embargo, allí mismo, en ese atisbo de la visión, comienza el desierto: «Un día, con la obsesión de huir, lo nuevo, lo desaparecido y el desierto nos convertirán en hábito y nadie sabrá más de nosotros». Aquí aparece otra vez la amenaza de la separación. El poeta nombra la promesa y al mismo tiempo protesta por la pérdida, por las numerosas pistas falsas que distraen del camino verdadero. El poema de la página 16 es clave en esto: el día es miserable, y en las calles —porque la urbe aparece como la máxima realización del extravío o la distancia del mundo natural— solo asoma «el capote de un simio». El Ojo sabe las exactas palabras que en el pasado del Mito abrió el mundo natural pero es hacia el futuro que se lanza, para luego retornar. El Ojo espera un nuevo diluvio (otra vez Rimbaud: «Después del diluvio»), la transparencia de aguas nuevas que laven lo visto y presenten el espacio virginal: «El Ojo espera que la lluvia lave el salón abandonado en que se ha convertido lo visto». Y en la frase final aparece la condición misa en la cual el mundo natural vuelve sobre sí: su carácter cerrado. Esa oclusión asusta: «Ahora el Ojo descansa esperando no sentir que la tierra asusta, como él, con solo cerrarse». Todos los textos que aparecen a partir de esta autoconciencia del poema manifiestan la inercia de las cosas inertes y el deseo del retorno al mundo natural, en el borde, a la orilla, en el límite infranqueable: «Ojos, manos, fábulas, párrafos a la orilla de un muelle o en el borde de una calle. Retornando, si bien escarchada, con una imagen algo cierta y justa de nosotros». Y aquí aparece en esta sección la otra gran separación: la condición mortal. Los muertos nos dicen que nuestra propia contingencia mortal también nos separa del mundo natural, que persiste en el ser, indiferente a nuestra conciencia y, en consecuencia, a nuestra palabra. Y así en el último poema la muerte se confunde con una imagen femenina que espera, no obstante, ser nombrada con un verbo que la restituya a una nueva comprensión, a un nuevo comienzo en que se halle integrada: «Imaginaba ser una luna nadando como un tiburón blanco bajo el hielo, hasta que él la bese y la rescate. Le reintegre el comienzo del ovillo».

 

Samuel Bossini y Jorge Monteleone

                                                        Monteleone y Bossini en Santiago del Estero

                                                                  Fotografía gentileza de Samuel Bossini 

La segunda parte del volumen asume esa historia del verbo y a la vez, con credulidad e ironía, admite el recetario del poema, como si pudiera con sus precarios instrumentos regresar al nombre de las cosas del paraíso inicial. Pero el primer poema de esta sección termina: «Dicen que los Dioses ríen cuando las criaturas piden o hablan demasiado». El poema declara su condena y su suerte, dentro y fuera, en círculo o en línea, en la Gracia o en la ausencia de la Gracia: la contingencia de lo humano afirma, en el plano inmediato, la presencia del azar o aquello que Baudelaire llamaba «Le Guignon», es decir, la mala suerte: «La Palabra es dominada por la mala suerte», escribe Bossini. Para una conciencia extraviada en la temporalidad, todo hallazgo puede ser obra del azar, aunque en el plano de los Dioses forme parte de la necesidad. Pero, una y otra vez, lo que esa conciencia poética busca es nombrar aquello del mundo natural que se ha cerrado y que ahora se llama «lo salvado». Bossini lo nombra como «Alma»; Benjamin, que había pensado esta dimensión, también habla de lo salvado: la «noche salvada» es el nombre de la naturaleza restituida a sí misma y, como apuntaba Agamben, consiste en lo perdido y lo olvidado (Lo abierto, p. 104). Lo salvado de la naturaleza consistiría entonces en ese lugar donde el mundo natural se articula en nombre y por lo tanto se restituye a su propio ser, toda vez que no hay olvido de su origen sagrado. De nuevo se abren aquí todas las paradojas señaladas al comienzo respecto de lo humano, pero el Alma del mundo natural trasciende, en su epifanía, esas limitaciones. Así el poeta sabe al menos que hay un solo lugar en el cual la naturaleza podría manifestarse como Alma: en el poema. «Lo salvado, el Alma lo vuelca en una tinaja y construye diez o quince poetas por siglo». Pero esos poetas nunca saben cuándo ocurre la revelación y deben limitarse a esperar. Hay un ansia de futuridad, porque la espera abre otro tiempo donde el Alma del mundo natural se manifiesta: «Fijan sus ojos en una página en blanco, convencidos de vislumbrar ese futuro ya percibido. A este oficio o riesgo fallido se lo conoce con el nombre de Poesía». Pero habría otro espacio donde el Alma del mundo natural se manifiesta, y acaso lo hace de un modo más puro, porque carece de palabra: Bossini lo llama Amor. «¡Oh el Amor es espléndido cuando lo vemos pasearse en el cuerpo del otro!». ¿No será por fin ese el lazo que nos une de modo trascendente al mundo natural? ¿No es por fin ese el atajo? «La Vida nos adora pero invita poco» escribe Bossini. Y además: «La esperanza espera del hombre lo que ella no sabe hacer». Otra vez la humanidad obra en la paradoja. Porque en cuanto el Amor se manifiesta carece de conciencia: «El Amor ignora que pertenece a un movimiento». El Amor logra anular la individuación, pero es precisamente en la conciencia individual donde el Alma del mundo natural puede hacerse Palabra. ¿Cómo retener aquello que se desliza en esa incesante paradoja? «Lo humano —escribe Bossini— siempre busca con tesón en aquello que se esfuma». Y en la tercera parte del libro, Bossini hace resonar la nueva paradoja, esa protesta de lo humano que no puede honrar el amor como los Dioses sino como el fugaz cuerpo mortal, presa de los humores vulnerados del tiempo. Esa protesta dice que los dioses no deberían haber creado al mismo tiempo el amor y la muerte. «Porque cada cuerpo, al morir, queda a merced de su último Silencio. Cuerpo lanzado sobre el Ojo de Dios como una ofrenda, para sensibilizar su piedad», escribe Bossini. Pero el Amor es la ilusión más poderosa para alcanzar el mundo natural, porque en los cuerpos el poeta sueña una imagen de unidad, de retorno, de reencuentro. Los poemas de esta sección son un breve tratado del amor: apuntan su pérdida y su abandono, su despiadada memoria, su instantánea felicidad que arrasan los cuerpos que se van. De pronto los amantes hacen rodar sus cabezas, se vuelven guerreros, agonistas de una ilusión que «nos parte en dos». La «Carta de despedida de un enamorado» es lapidaria: «Nada hay Amor. Nada. Ni brazos emergiendo de los bosques con dedos inclinados. Nada Amor mío». Revela al poeta esa fugacidad que otra vez produce su paradoja: si en el cuerpo de los amantes es posible vislumbrar el sentido del mundo natural, la comunión es momentánea y equívoca, y lo que se fusionaba se vuelve luego la pura separación después de la batalla: en el peor de los casos serán amantes que se destrozan y entredevoran o, en el mejor, es un juego de espejos donde el yo cree hallar un tú y no mira más que su propio rostro, al modo de un narcisismo dual: «¿Cómo amar sin sentirse frente a un espejo construyendo un rostro? Nada Amor». O bien: «nada hay Amor, sólo sea nuestro desvalido apego por matar y devorar la presa». En el final de cada una de las partes, Bossini anuncia el movimiento siguiente. Y así en el último poema asume una nueva paradoja: si el Amor es finalmente puro imaginario, y si la imagen es el único camino por el cual podemos arribar a la orilla del mundo natural para que este se manifieste como palabra poética, entonces, de un modo irremediable, hay que esperar en la imagen, hay que «Esperar la imagen, generar el espasmo de la imagen». Solo así puede acontecer el milagro, aun cuando se manifieste fugazmente en la imagen de un cuerpo amado: «Milagro que puede envolver al Cuerpo y convertir a la lengua en ese sendero que conduce a una única Palabra». Una vez más lo humano se sitúa en ese lugar de intermediación, donde la pérdida pura también puede ser pura donación. Y aun en ese objeto amoroso que se escapa, aun en las bandadas de la fugacidad, la Palabra puede acontecer. La última sección del libro es una asunción de fe. Hay una palabra clave que aparece una y otra vez: circular. Eso significa a la vez un movimiento y un regreso: avanzar y girar en círculos y, también, no solo ir hacia adelante sino también retroceder. El circular supone el dinamismo del eterno retorno y en ese ciclo lo que debe retornar es lo salvado, lo olvidado, lo silenciado del mundo natural en el mundo de la contingencia donde los dioses están ausentes. El poeta escribe esas acciones: «Circular. Abarcar. Dar. (...). Salir sin buscar. Esperar dentro de cierto estado donde ese estado se encuentre. Volver a salir. (...). Circular. Desenredar».

 

Samuel Bossini Mundo natural

                                                                                           Portada de Mundo Natural

 

Por eso el poema afirma que la mirada del Ojo vidente da vueltas y mira detrás: «al girar toda ilusión se esfuma». El poema consiste en ese movimiento puro que busca una imagen pero no una esencia, un tesoro, un significado definitivo. Incluso en el Amor, el que regresa no lleva sobre sí lo que ha ido a buscar. Tal vez así el Amor se vuelva «plegaria y talismán » en la Palabra que lo nombra; tal vez el Ojo espere así «que la Noche busque en el centro del Cielo una fisura donde refugiarse». Esas acciones deben realizarse en un mundo donde ya no existe la armonía, aquella divina Harmonía que mediante el juego de las semejanzas, en la analogía universal, alcanzaba el centro del mundo natural. Era el tiempo de las correspondencias, donde los colores, los sonidos y los sentidos se responden, era el ensueño de la alquimia del verbo, era el tiempo donde imperaba el Cisne. Pero ahora el Cisne se arrastra en el lodo y así ha terminado el tiempo del Cisne, que aun destrozado «recibe la mañana con un ojo abierto» y ha comenzado, en cambio, el tiempo de los depredadores, de los carroñeros, de los voraces: el tiempo de la Hiena. «Una sensibilidad ha concluido —escribe o, mejor dicho, advierte el poeta—. Es hora de escribir su Poema. Porque en la era de la Hiena se debe estar despierto. Por eso son vanidad los sueños». El poeta debe saber que en la imagen retorna lo perdido y en la imagen alienta lo salvado. Así en la palabra regresa aquello que late en el mundo natural. La Palabra está fatalmente exiliada, pero en la imagen la visión alcanza a vislumbrar lo perdido. El Ojo, despojado de toda ilusión, espera que el mundo natural se manifieste y que lo amado vuelva, aunque sea siempre una sombra en el mundo de la contingencia: «Solo cuenta la visión, la Palabra y su idea de exilio —escribe el poeta— (...). Esperar que lo colmado en el mundo nos abra los brazos. Meditar y soñar. Lo que has amado es sombra dos veces.//. No hay nada de lo que has perdido que no vuelva a Ser».
Y en el último poema, el poeta asume la paradoja. En primer lugar, con un gesto imperativo. «Roza o pisa, no importa, haz tu Poema ». Porque solo así en la espera de la imagen, solo en la imagen, la Palabra puede nombrar el fulgor del mundo natural. Y esa espera es inocente: no calcula, no especula, no miente: «Si existe una tarea es reponerle la inocencia a la Palabra». Por eso incluso la pérdida y la derrota forman parte de este movimiento. Cuando el mundo natural se abra, hasta la derrota será una forma de la vanidad. El poeta afirma que llegará ese día —y, como para todos los poetas, la cercanía de los dioses tiene la forma doble de la espera y la futuridad– y en él toda contingencia, todo azar se transformará en un instante eterno, un relámpago donde el mundo natural se manifieste: «Cuando el tiempo no pueda extenderse bajo los párpados, nada será azar en el instante. Hasta la derrota exhibirá su vanidad». No hay nada como la fe de los poetas para que el mundo se abra allí donde la Palabra canta y la imagen reverbere con el rumor de las florestas, las aguas lustrales, las aves volcánicas, las pieles de ojos humanos, la innumerable selva de lo desconocido, ese lugar que habitan los dioses en la lejanía: el Mundo Natural

 

1.- Artículo publicado en Aérea, Revista Hispanoamericana de poesía, N° 10 - Año X - Segunda Época -  Santiago de Chile -

ISSN 0717-3504. Se reproduce con autorización del poeta objeto de estudio. Puede leerse la versión original en el siguiente link:  https://www.yumpu.com/es/document/view/55314901/poesia-digital-latinoamericana/18

 

 

*Jorge Monteleone es un escritor, crítico literario y traductor argentino nacido en Buenos Aires, en 1957. Profesor de Letras en la Universidad de Buenos Aires, investigador en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Ha publicado ensayos críticos en libros y revistas académicas de América y de Europa, y estudios que acompañan ediciones originales de poetas argentinos. Ejerce, desde 1990, el periodismo cultural en diversos medios audiovisuales. Ha publicado: Ángeles de Buenos Aires (1992), El relato de viaje (1998), Puentes / Pontes (antología bilingüe de poesía argentina y brasileña, 2003), Poemas selectos (antología de Alberto Girri, 2010) y dos antologías críticas con motivo del bicentenario: 200 años de poesía argentina (2010) y La Argentina como narración (2011).
[Todas las citas corresponden a Samuel Bossini, Mundo natural, Buenos Aires, Ediciones Malvario, 2012].