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     Un destino literario

 

2006-04-A

 

Guillermo Bustamante Zamudio

 

                 Incidentes

                 Una vez, Orlov comió demasiados guisantes pisados y murió. Krylov se enteró de eso

                 y se murió.                      

                 Spiridonov se murió por su cuenta. La esposa de Spiridonov se cayó de la alacena

                y también se murió. Los hijos de Spiridonov se ahogaron en el estanque. La abuela de  

                  Spiridonov se dio a la bebida y salió a rodar por los caminos. Mijailov dejó de peinarse

                 peinarse y se pescó una enfermedad de la piel. Kruglov dibujó un retrato de una dama

                 con un látigo en la mano y se volvió loco. A Perejrestov le enviaron un giro telegráfico

                 de cuatrocientos rublos y se puso tan vanidoso que lo echaron de su oficina.

                 Son buena gente, pero no saben controlarse.

 No es un texto inducido por la locura posmoderna del microrrelato o de la microficción, pues es de 1936. ¿Por qué nos causa una sonrisa, si está formado por una serie de historias, muy breves, sin "nudo" (comienzan y, precipitadamente, se acaban), que no terminan bien?

El criterio con el que se escoge la primera "historia" no tiene que ver con el criterio con el que se enuncia la segunda y así sucesivamente. Morir por comer guisantes pisados. Morir por enterarse de tal acontecimiento... Y eso en el mismo conjunto de pescar una enfermedad en la piel por dejar de peinarse. Al final, un lazo igual de absurdo pretende unificar todo: son buena gente, pero no saben controlarse. Pero, ¿por qué morir por su cuenta es falta de control? No hay, en realidad, asunto que englobe, pues el enunciado que lo pretende es uno más de la lista caótica. De paso, el control —que se estaría recomendando— no habría detenido la secuencia narrada que, en sí misma es una especie de descontrol, de manera que no puede —sin morderse la cola— denunciar el resorte mismo de su denuncia.
Pero no hay que ir a la invención deliberada para encontrar el caos. Una niña de corta edad, hace un listado en el que incluye "las personas, los viejitos y los ladrones"; un profesor enseña que las plantas se dividen en Alimenticias, Ornamentales, Industriales y Venenosas; sin menos inconsistencia, el Diccionario enciclopédico hispanoamericano clasifica los autómatas en "1- Los que se mueven por la acción de una fuerza interior invisible; 2- Los que ejecutan funciones vitales, tales como la respiración y la digestión. Y 3- los que imitan el canto de las aves o que tocan un instrumento cualquiera".
En el inconsciente —sostiene Sigmund Freud— el absurdo significa burla. Y bien, el lenguaje que conscientemente pretendemos controlar, también está salpicado de absurdos. En vano pretendemos asirlo, pues él es apenas una transacción ocurrida en ese mar casi inexpugnable en el que las palabras no están preocupadas por la naturaleza de sus vínculos, sino por vincularse, movidas por nuestras apetencias más inconfesables.
Daniíl Ivánovich Kharms —autor del texto en comento— nació en Rusia, en 1905. Se habla de sus escritos como "literatura del absurdo". ¡Cómo nos tranquiliza bautizar las cosas!... así sea con la ilógica que ya anuncia una "literatura sensata". Pero, ¿hay literatura cuerda?, ¿alguna literatura se abstiene de pedirnos creer absurdos, como que se puede enloquecer por leer libros de caballería, o que hombres del condado de Yoknapatawpha responden con crudeza al misterio del vínculo, o que hay leños difíciles de tallar por estar habitados por una alma humana?
Ajeno a esta discusión, Kharms escribía.

VII

Pushkin tenía cuatro hijos, todos idiotas. Uno de ellos ni siquiera sabía sentarse en una silla y se caía constantemente. El mismo Pushkin se sentaba bastante mal. Era sencillamente matador: se sentaban a la mesa y, en un extremo, Pushkin se caía continuamente de la silla; en el otro extremo, se caía su hijo. Eso bastaba para hacer que cualquiera se desternillase de la risa.

La poesía y las historias cortas que Kharms escribía no le permitían sobrevivir; esa función la cumplían —más o menos— los libros para niños. Esto no implica que en esos libros faltara la fuerza que lo hacía escribir los otros textos.
Vivió durante la época soviética. Épocas turbulentas, diría un biógrafo. Pero el asunto no es ese. El asunto es la turbulencia subjetiva; la que nos hace asumir de una u otra manera la otra turbulencia. Esa que hace que nuestro escritor no se dedique a algo que le permita sobrevivir de manera más fácil, y sí escriba absurdos que no se venden. ¿Se divertía? Supongamos que sí, pero lo más extraño es esa modalidad de satisfacción que no cesa de empujar. ¿Ven en esa cara una opción de negociación? Ese hombre va para donde va, aunque no sepa claramente para dónde.Ilustración nota Guillermo Bustamante
¿Narraba Kharms "escenas de la pobreza y la opresión a través de símbolos fantásticos y satíricos"? No. Sus textos están marcados por algo que, sí, echa mano de la anécdota de la época, pero que la trasciende. Las explicaciones de la literatura como mecanismo para entender, para criticar, para transformar... no se enteran de que hay papel y lápiz para hacer eso (sin necesidad de incurrir en literatura), y que hacerlo ha consolidado sendos géneros, ajenos al arte. El artista enfrenta con dignidad la indigencia de ser que nos constituye. No más. Pero tampoco menos. Los asuntos de época, el compromiso o la indiferencia... por supuesto que también conviven con el artista, pero no es eso lo que lo caracteriza como tal. Además, no necesariamente hay que entender lo que hacen los artistas para involucrarse con lo que hacen.
Pero la falta de sentido del humor y el exceso de sentido del deber —como dice Cabrera Infante—, lamentable decisión frente al estatuto de lo humano, nos imposta para decirles a los otros cómo hay que estar en el mundo. El artista no lo pretende. Él tomó una decisión y está a disposición. El régimen soviético, en cambio, lo declaró enemigo del sistema. Lo envió a la prisión de Kursk en 1931, confiscó sus libros infantiles en 1937, lo arrestó de nuevo —acusado de distribuir propaganda anti-régimen— en 1941.
Él respondió con el arma letal que conocía: continuó escribiendo. Con Alexander Vedensky había fundado la Asociación para el arte real, que presentaba, en teatros, auditorios universitarios y cárceles, acrobacia circense, poemas sin sentido, cine y obras de teatro. Se proponían nada menos que «Ir y detener el progreso», toda una afrenta para quienes hablaban a nombre del progreso. No en vano, muchos de sus asociados fueron detenidos.
Kharms murió de inanición en la prisión de Leningrado, en 1942. Vivió treinta y siete años. Sus textos se conocieron luego del fin del régimen soviético.

 

 

Guillermo Bustamante Guillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Roles ganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander. Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; Escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.

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