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el ombligo de piedra 

 

 

     El ombligo de piedra

    Las historias de la historia


Rogelio Ramos Signes

 

Decir que «historia es la ciencia que ayuda a convertir en personas el nombre de algunas calles» sería un comentario harto satírico; una superficialidad jocosa. Pero, en un tiempo tan indiferente a todo suceso o disciplina como es éste, no estaría mal aceptar esa caprichosa aseveración y encontrarle su lado positivo: aprender. Lo que no sería conveniente es poner nuestro corazón en ello. Vivir en la esquina de Yrigoyen y Uriburu (en una hipotética ciudad donde se crucen esas dos calles) resultaría un martirio. Los vecinos de Lavalle y Dorrego serían gente culposa; los de Godoy Cruz y Sarmiento, carne de exilio; los de San Martín y Bolívar, altamente enigmáticos; los de Laprida y Castro Barros, un canto a la independencia; resistentes al frío los de Las Heras y Álvarez Condarco; poéticos los de López y Planes esquina Ascasubi; enemigos del orden conservador los vecinos de Monteagudo y Castelli; melodiosos los de Guastavino y Blas Parera; amantes de la naturaleza los de Holmberg y Miguel Lillo.

Además todo esto, en su génesis burocrática, hiere susceptibilidades. ¿Por qué se bautizó tal o cual calle con el nombre de tal o cual personaje y no con el nombre de este otro que hizo tanto más por aquello? No es un secreto que son los ganadores quienes escriben la historia a su manera, y que son sus sucesores quienes olvidan corregirla.
«La historia no es más que una pintura de crímenes y de desgracias —dice Voltaire—. La multitud de los hombres inocentes y pacíficos desaparece siempre en ese vasto teatro. Los personajes son sólo los ambiciosos perversos. Parece como si la historia sólo gustara como la tragedia, que languidece si no la animan las pasiones, los crímenes y los grandes infortunios». Y ésta es una extrema descripción que, aún cargando excesivamente las tintas en su punto más negativo, no deja de tener contacto con la realidad.
Lo cierto es que somos muy propensos a aceptar algunas cosas bastante forzadas. Los ejemplos abundan, pero tomemos uno muy caro al sentimiento argentino: el del sargento Juan Bautista Cabral agonizando junto al general San Martín y recitándole aquello de «muero contento, hemos batido al enemigo». Porque, a fuerza de ser sinceros ¿habrá expresado Cabral su alegría ante la muerte que ya se lo llevaba? ¿habrá sido batir el verbo usado por el rudo soldado? ¿habrá tildado de enemigo al ejército realista, o habrá usado otras palabras más certeras y acordes al lenguaje de un hombre de acción en el estertor de la muerte? Tratando de despejar una incógnita pequeñita ¿era sargento el sargento Cabral o, a la usanza de los premios en esos menesteres, fue ascendido luego de morir batiendo al enemigo? Y otra incógnita más: si Sarmiento no tuvo una educación regular, sino que su sabiduría fue fruto de un desesperado amor por la lectura y por los conociemientos en general, y si sólo recibió lecciones dispersas por parte de familiares cultos que caminaban al exilio ¿cómo se puede hablar de su «asistencia perfecta» a la escuela? ¿Y aquello del general Belgrano creando la bandera en las barrancas del río Paraná? Se dice que se inspiró mirando el celeste del cielo y el blanco de las nubes; está en todos los libros escolares. Y el celeste y el blanco de los Borbones, a los cuales Belgrano, voluntariamente, no osó enfrentárseles ¿de dónde salió? ¿del celeste y del blanco del cielo argentino? ¿A quiénes retrataban entonces con esos colores los pinceles de Francisco de Goya?
Y la nave va. El empleado de correos Domingo French y el militar Antonio Luis Berutti (que luego fue gobernador de Santa Fe y de Salta), repartirán escarapelas eternamente en los textos de estudio; el general José María Paz (sargento mayor desde 1815 y lisiado más o menos desde entonces) será manco por siempre, aun en los relatos que lo recuerdan antes de haber perdido su mano derecha; el gaucho desertor Martín Fierro (personaje eminentemente literario) tendrá la cara del escritor-diputado-taquígrafo José Hernández; Alfonsina Storni se suicidará en Mar del Plata (luego vendrá la evaluación de sus poemas); la valentía de Facundo Quiroga será casi un invento de Sarmiento, luego restaurado por Borges; Carlos Gardel cantará cada día mejor. Así se escribe la historia ¿para qué negarlo? La verdad es una sola (ya sabemos) pero los cronistas son unos cuantos y los crédulos son muchos más. Desgraciadamente tampoco puede confiarse en la historia revisionada, que por lo general coloca en el podio de los héroes a los denostados de la historia oficial, y viceversa.
Como un acto constante de violación a la realidad, la historia es a la cultura de los pueblos un ejercicio de la ficción con cierta pizca de apasionamiento y una pátina de fe. «Me maravillo a menudo de que la historia resulte tan pesada, porque gran parte de ella debe ser pura invención» escribió despiadadamente Jane Austen.
Pero no sólo nuestra historia rebosa de fábulas (ucronismos que la fantasía impone a la antiutopía de la cruda verdad) sino también otras historias algo más extendidas en el planeta. ¿Quién puede imaginarse a los sabios portugueses y españoles del siglo XV riéndose de Colón porque éste defendía la redondez de la Tierra? La forma esférica del planeta ya había sido aceptada por Aristóteles y los antiguos griegos mil ochocientos cincuenta años antes de Colón. ¿Y la matanza de inocentes en Belén, por orden de Herodes? Salvo en el Evangelio de San Mateo, que no es un libro de historia ¿en qué otro lugar figura? ¿en qué crónica? ¿en qué escrito de la época? Un político al parecer exitoso como Herodes (apodado «el Grande») ¿podía tomar una decisión tan cruel e impopular? Los intentos literarios de acomodar la figura de Jesús a las enseñanzas y expectativas creadas por el Antiguo Testamento generan fábulas didácticas que muchos (millones y millones a lo largo del tiempo, esa es la verdad) terminan creyendo, repitiendo y aceptando. Y aunque eso no sea historia, la historia también es así. Y ahora bien ¿por qué se habla con cierta asiduidad de las siete plagas de Egipto, si según cuenta el Éxodo éstas fueron diez? ¿no estarán confundiéndose con las siete plagas de las que habla San Juan en el Apocalipsis? Y aún en otro orden de cosas ¿por qué se le atribuye a Galileo Galilei el invento del telescopio, que en verdad es obra de Hans Lippershey?
Ambrose Bierce, escritor más que imaginativo y cronista ejemplar, ironizó alguna vez: «la historia es un informe casi siempre falso de hechos casi siempre insignificantes provocados por gobernantes casi siempre bribones y soldados casi siempre tontos».
A pesar de que leo historia apasionadamente (al igual que leo ficción o poesía con idéntica fruición) no ignoro que comencé hablando del nombre de las calles y terminé dando rienda suelta a mi insalvable escepticismo. ¿Será por mi falta de rigor histórico? Si es así, pido perdón por esa imprudencia. Sucede que, de niño, siempre fui el que se apasionaba canjeando las figuritas repetidas para pegarlas en el álbum; tal vez por eso nunca logré saber quiénes eran los que ganaban el partido y que, a la postre, serían los que escribirían la historia de mi barrio.

 

ROGELIO RAMOS SIGNES Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.