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el ombligo de piedra

 

 

         EL OMBLIGO DE PIEDRA

20.000 leguas de lectura apasionada

 Rogelio Ramos Signes

 

No sé si la historia de la literatura registrará detenidamente el paso de Julio Verne. Si consideramos que dejó de escribir en 1905 (hace nada menos que cien años), que con estas líneas estamos abriendo el tercer milenio, que hace más de siglo y medio que publicó Cinco semanas en globo (su primera novela) y que aún continúa siendo un popularísimo y a la vez menospreciado «marginal», hay pocas esperanzas de que pueda entrar en tan selecta crónica. El suyo no es el caso del pionero e incomprendido autor de best-sellers, sino el de la típica víctima del snobismo que aún sigue tallando fuerte en estas lides. Como el tardío y contundente romanticismo de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, la narrativa de Verne continúa al margen de los sesudos estudios de los entendidos, casi sin espacio en el interés de los teóricos pero totalmente metida en el amor de lectores de todas las edades que gozan con el arte del «bien expresar».
Leído con minuciosidad y emoción por millones de personas de diferentes generaciones pre-televisivas (entiéndase de 1860 a 1960, más o menos) Verne es parte de nuestra vida, y muy grande debe haber sido su obra para que ni el cine de aventuras, que trató de interpretarla fallidamente, consiguiera arañarla siquiera.

Entusiasta de la revolución tecnológica e industrial del siglo XIX, Verne ingresa en lo fantástico en forma de presagio, de profecía. Es ésta una conclusión de lectura ya adulta. Lo fantástico siempre estuvo en la letra cóncava (por el peso de la impresión en plomo) de cada línea apretada, de cada página a veces amarillenta, de cada tomo (modesto o pomposamente encuadernado) que nos mantenía prisioneros de su lectura en esas siestas de invierno, con los dedos ateridos pero ansiosos saliendo apenas desde abajo de las colchas para dar vuelta otra hoja y enterarnos qué sucedería con el capitán Nemo (ese Zaratustra de anticipación) y con su submarino tras cada sacudón de tierra que amenazaba con destruir aquella isla más que misteriosa. Y éste sí es un recuerdo de la infancia. Sé que Miguel Strogoff (más conocido como correo del Zar), el inefable Passepartout, el doctor Ox, Alicia Vandergaart, la piedra con inscripciones que consulta Héctor Servadac y el helicóptero de Robur el conquistador vendrán en mi ayuda. Un niño siempre necesita ayuda porque su imaginación es muy frondosa, los peligros caen como lluvia de verano y ese distinguido señor francés no se priva de nada.
«Quizá no hay días en la infancia tan plenamente vividos como los que hemos pasado con un libro preferido», asegura Marcel Proust, refiriéndose al «tono atento y afiebrado de un niño que lee una novela de Julio Verne». Y me pregunto si algún tipo de televisión, amparado por la desidia, habrá logrado matar todo eso.
La anticipación científica que Verne desarrolló en muchas de sus novelas fue tornándose cotidiana con posterioridad, como no podía ser de otra manera, cuando el delirio ficticio iba convirtiéndose en hecho consumado. Estas repetidas «visiones» del escritor terminaron relegando a un segundo plano sus bondades literarias, que no fueron pocas.
Como bien ha observado Michel Foucault, en las novelas de Verne las aventuras no les ocurren a los sabios (ellos formulan los conocimientos, despliegan el saber, anuncian las posibilidades y constatan los resultados, esperando con calma); las aventuras son patrimonio de los héroes. Esto es algo fundacional en la literatura de aventuras, y entonces sí, esa suerte de voluntariosos conejillos de Indias somos nosotros mismos en nuestro deseo de vivir algo diferente, algo que nos arranque de lo cotidiano, algo fantástico que vuele sobre el techo siempre igual de nuestra casa y nos lleve lejos a conocer las rayas del tigre de Bengala, la luz del faro de Tierra del Fuego, el cañón humeante de Kilimandjaro, la inquietante fauna de la profundidad abisal, el castillo de los Cárpatos, el furor de los volcanes y los mensajes ocultos en algún criptograma.
Un punto en el que algún tipo de crítica pecó de benévola fue en adjudicarle a Verne el título de «padre de la ciencia ficción». Se sabe, no obstante, que existen aproximadamente trescientos libros que podrían encasillarse dentro de ese género y que fueron publicados antes de 1863, fecha en la que Verne dio a conocer su primera novela. Esta cifra, voluminosa e inquietante, puede cuestionar la «condecoración» pero nunca echar abajo los méritos del enciclopedista francés. Sus aciertos literarios son materia de discusión, pero nadie ha osado negar sus hallazgos de anticipación científica, aunque en algunos casos ya existiese algún «esbozo prehistórico». Echemos un vistazo: fósiles vivientes en Viaje al centro de la Tierra (1864), cohetes rectificados en De la Tierra a la Luna (1865), fragmentos de la Tierra recorriendo el Sistema Solar adheridos a un cometa en Héctor Servadac (1877), reconstitución del mar del Sahara en La invasión del mar (1899). Lo demás (el submarino, el globo dirigible, el helicóptero, la satelización alrededor de la Luna, la antigravedad, la ciudad flotante, el fonógrafo, la casa a vapor, el cine, el hidroavión) es materia opinable. ¡Qué le importa a la literatura descubrir o inventar! Lo que la literatura quiere es entretener, y si es con originalidad e inteligencia y enseñando, mucho mejor. Pero nadie debe engañarse; Verne, quien perdió sus batallas en el espacio celeste (sus tres novelas ambientadas allí son obras definitivamente menores), ganó siempre en la superficie, bajo tierra y en el fondo del mar. Francis Lacassin lo entiende de esta manera: «Verne había impuesto límites a su imaginación; no quería imaginar cosas que no pudiesen realizarse alguna vez, de acuerdo con las posibilidades de la ciencia de su época». Por ello es que Verne no es el padre de la ciencia ficción sino el propulsor de la novela científica. Casi no inventó mundos (es verdad) pero abrió la puerta de nuestra imaginación para que saliéramos a encontrarnos con esos mundos que ya existían, y de los que poco y nada sabíamos a pesar de que estaban al alcance de nuestra mano.
Si la ciencia entra abiertamente en la narrativa de Julio Verne, la crítica social lo hace en forma velada. Las instituciones que impiden la libertad individual son también elementos de la realidad que entran en su literatura y que habría que considerar. Paradójicamente, su editor (atento a los vaivenes políticos y sociales que pudieran perjudicar su negocio) fue quien se encargó de coartar la libre expresión de Verne. La libertad individual (una isla es el espacio adecuado para ponerla en práctica) es la máxima aspiración para sus personajes. Por ello es que el capitán Nemo (sabio, arriesgado y sereno al mismo tiempo, valiente hasta el extremo, dueño de las ideas más claras y poseedor de una moral irreductible) es el héroe que se destaca por sobre todos los otros personajes del autor. Lo curioso está en que él es parte de una historia y no es el héroe que se inicia con la historia misma. Su heroísmo viene de antes, de algún recoveco de la mente de Verne seguramente, y es por eso que su figura es maravillosa y enigmática al mismo tiempo. Es un héroe que ya tenía su historia antes de conocernos, y sólo Verne lo sabía.
Todo esto nos lleva a asegurar que la ciencia y sus posibilidades no eran las únicas cosas que desvelaban al autor. Julio Verne (y esto es sólo un ejemplo pequeñito) descarga su sarcasmo y su desacuerdo con el imperialismo británico en La vuelta al mundo en 80 días. Allí mune al inglés Phileas Fogg de todos los valores que un héroe puede tener (valentía, conocimientos, gustos refinados) y lo hace acompañar por el rústico y torpe francés Jean Passepartout (que representa la ignorancia, la holgazanería, la comicidad sustentada en el ridículo con chispazos de sentido común). Para los lectores, por supuesto, el héroe es el ridículo Passepartout y no el engolado mister Fogg. La gran humorada era clarísima y, aunque la moral victoriana no llegó a percatarse de ella, la novela se convirtió en una de las favoritas del público inglés. Concluyamos.
Julio Verne nació en Nantes en 1828 y dicen que falleció en Amiens en 1905. Como para mí los escritores continúan viviendo en sus obras, sé que esa última fecha está de más.

Este texto está dedicado a Rogelio Ramos Díaz (1911-1992), que se felicitaba de haber leído todas las novelas de Julio Verne y de recordarlas con envidiable precisión.

 

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.