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2006-04-A

 

   Ella (la lectura) y yo

Guillermo Bustamante Zamudio

 

¿Qué es leer? No termino de entenderlo. Hoy, que también quiero escribir, leer es casi el asunto mismo; pero, en época remota, fue un útil, una herramienta improvisada que deseché una vez concluida la tarea apremiante de turno. Actualmente, cuando hago que un estudiante lea en voz alta, adviene un imperativo: hay que acabar. Ahora bien, ¿vale la pena acabar, cuando uno se quedó rezagado, mientras la voz va corriendo hacia adelante? El ritual de acabar, además, viene con definiciones: que una frase tiene sentido completo, por ejemplo, o que reside entre dos puntos.

Entonces, si vamos a leer, se impone comenzar en la mayúscula y terminar en el caracter (disculpen el neologismo, pero así he dicho toda la vida) de menos pixeles. No obstante, yo experimento problemas ya a mitad de la frase. ¡Cuántas veces he tenido que volver a leer una oración, un capítulo, un libro entero! ¿Cuál sentido completo? Además, ¿acaso me considero completo como para estar a la altura de algo que sí lo esté? Y, al volver a leer, he encontrado misterios con los que no me había topado antes. ¿Cómo así, si ya lo había leído? Y, bueno, esto justifica mi actual percepción de la lectura, que está un poco más allá de las obviedades formales. Ahora bien, no considero que sobren las formalidades o que podamos eliminarlas —como están prestos a pensar los jóvenes espíritus—; pero intento trascenderlas, a condición de servirme de ellas.
Leer es, como todo en la vida: complejo para quien se detiene a cavilar y elemental para quien está cómodo sin pensar. (Esto quizá me viene de una frase que leí en El viejo topo, siendo un muchacho, y que declaraba, más o menos: «el que no se ha pegado un tiro es porque supera en fuerza a las contradicciones que lo desgarran... o porque no tiene ni idea de lo que es una contradicción»). Finalmente —o finamente—, la complejidad de la lectura no me impide del todo leer, así no la comprenda, así no entienda trozos del texto hechos con partes diseminadas a lo largo de él.
Creo que entenderé de manera más cabal qué es la lectura cuando ya no haya caso: unos segundos "antes del fin" —Sabato—... como el rey Lear, que por fin entendió el amor filial... pero en el lecho de muerte. ¿No habita allí un secreto? Mientras más leemos, más pistas están a nuestro alcance —si queremos, si lo necesitamos— para entender qué es eso... pero también nos acercamos al fin. Cuando conquistamos la idea, ya no nos sirve; sin embargo —dada esa condición—, quizá no tenga sentido abandonar la empresa. Es una tarea en cuyo cumplimiento se nos va la vida. ¿Y si la tarea no fuera entender, sino hacer el esfuerzo? Tal vez sea esa la condición humana. En el camino, vaya si obtenemos regocijos (incluso si uno sólo lee en tanto corrector de pruebas del directorio telefónico). Sin embargo, no permanezco en ese estado, no es la condición constante de lo leído, ni la disposición en que leo. Texto que hoy me luce aburrido, mañana puede deleitarme... y viceversa. No es responsabilidad del escrito, que permanece (sus cambios son imperceptibles: se dan a escala de las respiraciones de Brahma). Es nuestra transformación —más ostensible— la que encuentra diversos textos. Según dicen, Heráclito indicó que nadie baja dos veces al mismo río; también habría podido afirmar que nadie lee dos veces el mismo documento. De hecho, para Roland Barthes leer es como atravesar un río: cada vez lo hacemos apoyándonos en piedras distintas.
Leer parece estar incorporado —4 verbos seguidos— a nuestra propia metamorfosis de Gregorios, de Quijotes. A esa manera de entender la lectura no le incumbe la cantidad de caracteres deglutidos por unidad de tiempo, ni la reducción paulatina de errores cometidos al transmutar letras en sonidos, físicos o intracabezales. Saber leer no es una habilidad, más bien es habilitante. No es que haya un sujeto frente a un texto. Hay alguien forjándose, frente a algo que participa de esa forja. Claro que quienes nos estamos forjando tenemos diferentes grados de resistencia al efecto forjador que se nos devuelve; y tenemos también formas distintas de elucubrar a distancia sobre lo que nos pasa in situ.
He leído en tal ensimismamiento que me ha sorprendido el alba de rosados dedos sin haber sofocado el contacto viso-motor con el mundo; pero también me he quedado dormido a la segunda página. Hay quienes tienen un libro en la mesa de noche, no para leer, sino ¡para dormir! Es que los sujetos escogemos de qué —y de quiénes— dejarnos fraguar. Y la elección tiene que ver con modalidades de esa paradójica experiencia que es la satisfacción humana, hecha de compuestos excluyentes entre sí.
Parece claro: el libro no es comestible; y, aunque hable de comida o le hinquemos el diente, ¿no es preferible algo hecho para eso? Las hojas pautadas no son un arma... aunque un personaje de Woody Allen es asesinado con las notas para dictar una conferencia (a propósito de volúmenes voluminosos, yo leí Los hermanos Karamasov en el baño, pues la luz en el único cuarto de nuestro apartaco —decíamos así aludiendo a Espartaco, éramos libertarios— no dejaba dormir a mi compañera)... pero, de igual manera, puede ser más funcional un utensilio hecho para agredir que lanzar un libro. Es decir, el asunto del libro está más allá de esa materialidad; compromete lo que puedo construir en mi cabeza, a partir de sus registros. Por eso no renuncio, así sea de vez en cuando, a quedarme dormido leyendo: ¿cómo así que me toca trabajar duro y, sin embargo, la satisfacción ligada a tal faena se corre hacia adelante —como el horizonte—, cada vez que parece que me acerco? La lectura ha devorado mi tiempo y, en contraprestación, me prometió satisfacciones inteligibles, virtuales, hechas de palabras. Y cada vez es más claro que ha cumplido.
¡Vaya si se necesita ser muy raro para preferir leer, en lugar de partirle la espinilla al enemigo!

 

 

Guillermo BustamanteGuillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Roles ganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander. Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; Escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.