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Quince microrrelatos de antología. 

Selección de Mariano Cuevas

 Brevilla

Autopsia
El sujeto está desnudo, es de estatura mediana, tez morena, complexión robusta, de entre 35 y 40 años. En la región torácica se observa una herida cortante de 5,2 cm de largo y 2 cm de ancho producida probablemente por un objeto filoso, punzante, metálico, y probablemente antiguo. En la frente se observa un orificio entre las cejas, de 7cm de profundidad que atraviesa el cráneo y en cuyo fondo aún reside una bala de revólver calibre 38 que produjo el deceso del individuo. Se desconoce la identidad del sujeto. Por lo demás, el cadáver se encuentra en perfecto estado de conservación. El occiso fue hallado en la página 23, a unas líneas del final del capítulo 5.

Sandro Centurión, Argentina.

La última víctima

Antes de ser ajusticiado, el asesino en serie reveló que aún le quedaba una víctima. Las autoridades presentes en la ejecución pensaron que estaba alardeando y no le prestaron atención. Muchos años después, un hombre descubre que el brutal asesino, «el monstruo de la ciudad», era su padre y se suicida.

Homero Carvalho Oliva, Bolivia

Descargos II

—¿Por qué lo mató usted?
—Para complacerlo.
—Sírvase explicar.
—Siempre se preocupaba por llegar primero que yo a todo. Lo único que hice fue garantizar que también llegara primero a la muerte.

Guillermo Bustamante Zamudio, Colombia

Habitual del delito

No tiene caso sufrir, y, sin embargo, estoy penando.
No tiene caso lamentarse, y me quejo silencioso.
No tiene caso derramar lágrimas, y no las derramo.
No tiene caso mascullar improperios, y me los callo.
No tiene caso, señor inspector. Búsquese otro sospechoso. El cadáver que examina es el mío propio. Y le juro por lo más sagrado que no fui yo quien lo mató.

Saturnino Rodríguez Riverón, Cuba.

 Justificación

Cada vez que podía el detective estropeaba el trabajo de la fiscalía, puesto que temía quedarse sin empleo.

Ian David Briceño, Nicaragua.

Un tipo con suerte

El detective Ramos se detuvo frente al cuerpo de la víctima. Era de noche y el farol detrás de él provocaba que su sombra pareciera agarrar de la mano al muerto. Sacó un cigarro y lo encendió. Arrojó el fósforo humeante y se hincó para observar los detalles.
—Este tuvo suerte —dijo.
—¿Por qué? —preguntó curioso el uniformado que lo acompañaba.
—De todos los plomazos que le encajaron solo el del corazón fue mortal —respondió, y esbozó una sonrisa.

Jorge P. Guillén (Chile-Canadá)

Lapsus de memoria

Son las ocho de la mañana. Jean Colas, inspector de la Police Judiciaire de París, se levanta de la cama con un terrible dolor de cabeza. Es febrero, los escolares de la región parisina están de vacaciones. Sufamilia está en la montaña practicando esquí. Ayer, a las seis de la tarde, habló con ellos por teléfono. Además del dolor de cabeza, hay otra cosa que le molesta y angustia. Después de esa conversación con su esposa y sus hijos no se acuerda de nada de lo que hizo ayer por la noche.
Cuando llega a su cuartel, 36 de quai des Orfebres, se encuentra con una enorme sorpresa. El inspector Pierre Durand, con el cual competía para ocupar el puesto del comisario Maigret, que está por jubilarse, había sido asesinado en su casa. La noche anterior con toda seguridad. Parte al domicilio del asesinado. A su llegada un especialista de la policía científica le informa que el inspector Durand fue ultimado con un arma blanca bien particular. La hoja no es recta, sino ondulada. «Como un kris malayo», dice espontáneamente el inspector Colas, gran coleccionista de dagas antiguas. El resto de la diligencia policiaca transcurre con algunas dificultades. El asesinato del inspector Durand atrae a la prensa. Tiene que parar en seco las preguntas de una periodista demasiado curiosa. En la tarde lo primero que hace al llegar a casa es constatar si su kris malayo está en su lugar de siempre. No lo encuentra.

Georges Aguayo, Chile – Francia

En la escena del crimen

Luego de una llamada telefónica, el Inspector Pastrana se dirigió junto a un par de subalternos al sitio del suceso, a exceso de velocidad y con la baliza sonando constantemente, se detuvo con el vehículo policial en marcha, y descendieron corriendo hasta un costado de la rivera.
Encontraron a un viejo vagabundo con una lata de cerveza en la mano, a una mujer en ropa interior y con serios síntomas de encontrarse bajo el efecto de las drogas, y a un oficial en retiro del ejército con su gorra de servicio, parecía estar un tanto enajenado.
—¿Dónde está el cadáver? —preguntó Pastrana. —Se lo llevó el río —contestó el oficial—, los otros policías rastrearon el lugar sin encontrar vestigio de un posible crimen. Pastrana observó a los testigos, y sin dudarlo, procedió a la detención inmediata de los tres.
—Son antropófagos —afirmó—, y se comieron al muerto. Sus acompañantes enmudecieron ante la asertiva decisión del oficial de policía, mientras tanto, el narrador se detuvo en este segundo de la historia, fue a la cocina, abrió la olla y revolvió la sopa en la que cocinaba la vaca que había degollado durante la tarde en un suburbio de Nueva Delhi.

Gregorio Angelcos, Chile

 

De las traiciones posibles
En mitad de la noche sonó el teléfono como un alarido. La esposa miró al esposo. El esposo miró a la esposa.

Abdón Ubidia, Ecuardor

Novela negra

Tal como había planificado, en el primer capítulo el protagonista comenzó a beber y a frecuentar los ambientes más sórdidos de la ciudad. Había muerto su mujer y estaba destrozado. Pero en el primer punto de giro, el argumento se me fue de las manos y en una pelea se cargó a un camello de poca monta. Lo que tenía que ser un texto introspectivo se fue convirtiendo en una novela negra y en la página 200 acumulaba ya 4 asesinatos. He colocado numerosas pruebas para que lo cojan y he puesto a toda la policía tras él, pero siempre va un paso por delante. He intentado que le remuerda la conciencia y se entregue; le he incitado al suicidio, pero siempre vuelve a matar. Ya no puedo controlarlo. Entre líneas he logrado leerle el pensamiento, al fin y al cabo nadie lo conoce como yo. Tiene razón. Esto debemos resolverlo cara a cara. Sentado delante del ordenador, acaricio la pistola mientras espero a que suene el timbre.

Ernesto Ortega Garrido, España.

How have you been?

Captain Reynoso lit his cigarette and the office's twilight was scarcely ignited by the lighter. He inhaled the smoke with energy as if it were oxygen and his life depended on it; the cigarette's puffs turned into little rings that traveled like a spiral until they crashed against the ceiling.
He looked at the phone because he knew he would call. There are people who are prompt and keep their word; Reynoso was also one of those beings and would never evade a meeting. The building was empty and even cadet Vargas, the young officer who occasionally would tell him to have a beer at the next-door bar, had left. «Not tonight, Cadet Vargas», Reynoso told him.
Taking advantage of the quietness, he grabbed a beer from the refrigerator after digging in a brown paper bag. He uncorked the beer and the icy barley brushed his throat cooling it down. The phone rang at 8:00 p.m. as said in a text message. Reynoso plunged his cigarette on the ashtray and looked at newspaper's headline on the desk: Hitman Nero, freed by a corrupt judge, would have fled the country.
Nero has not fled. A predator does not run away, he just hides to stalk his prey, to attack him at night and keep his word, «Captain Reynoso, when I get out I'll look for you and kill you» And Reynoso, «I'll wait for you».
«Captain Reynoso. How've you been? »
«Never been better, Nero. What can I do for you?»

¿Cómo ha estado?

El capitán Reynoso prendió su cigarrillo y la penumbra de la oficina se vio tibiamente iluminada por el encendedor. Inhaló el humo con energía como si fuera oxígeno y su vida dependiera de ello; las bocanadas del cigarrillo convertidas en anillitos viajaron en forma de espiral hasta estrellarse contra el techo.
Miró el teléfono porque sabía que lo llamaría. Hay personas que son puntuales y cumplen su palabra; Reynoso también era uno de esos seres y nunca rehuía a una cita. El edificio estaba vacío e incluso el cadete Vargas, el joven oficial que de cuando vez le decía para tomar una cerveza en el bar contiguo, se había marchado. «No esta noche, cadete Vargas», le dijo Reynoso.
Aprovechando la quietud, sacó una cerveza de la nevera tras hurgar en una bolsa papel marrón. Destapó la cerveza y el helado de la cebada rozó su garganta refrescándola. el teléfono sonó a las 8:00 p.m. cual lo anunciado en un mensaje de texto. Reynoso hundió el cigarrillo en el cenicero y miró el titular del periódico sobre el escritorio: Sicario «Nerón» liberado por juez corrupto habría huido del país.
«Nerón» no ha huido. Un depredador no huye, solo se esconde para acechar a su presa, atacarla de noche y cumplir su palabra: «Capitán Reynoso, cuando salga libre lo buscaré para matarlo». Y Reynoso: «Aquí los espero».
—Capitán Reynoso, ¿cómo ha estado?
—Nunca en mi vida me he sentido mejor, «Nerón» ¿En qué puedo servirle?

Hemil García Linares, Perú – EE.UU.

El Negro

El Negro, le decían. Pero no por el color de su piel, sino por el alma. El Negro se volvió loco una noche, y le dio por ofrecerse como matón a sueldo. Antes de acabar con cada víctima se fumaba un cigarro de colilla negra, muy negra, que luego lanzaba al agujero negro, negrísimo, que causaba su certera munición. Pero en casa no le decían el Negro cuando entraba con la cesta de la compra. Allí le llamaban simplemente «papá».

Paola Mireya Tena, México.

La pistola

En el primer capítulo, el escritor hizo una descripción del despacho del protagonista. Dominaba habitación un gran escritorio. Había una pistola escondida en el fondo del último cajón. En el segundo capítulo, el protagonista era abandonado por su mujer. El escritor no dejaba de pensar en la pistola. ¿Por qué estaba allí? En el quinto capítulo, el protagonista sufría un accidente y era hospitalizado. En el séptimo capítulo, se casaba con la enfermera que le había cuidado. El escritor seguía obsesionado con la pistola. ¿Qué hacer con
ella? Cuando estaba escribiendo el capítulo once, no aguantó más: el escritor sacó la pistola del cajón y se descerrajó un tiro en la cabeza.

Patricia Irene Colchado Mejía, Perú

Brinco de pérola

O policial procurava pelo matador de mulheres. Mais de cinco vítimas, todas jovens e loiras. E a única pista era um brinco deixado na cena de um dos crimes. Logicamente devia ser o brinco de uma das vítimas. Um brinco de pérolas.
Naquela sexta-feira, depois que saiu da delegacia sem solucionar o crime, o policial foi para a casa de sua namorada. Mas ela estava aflita naquela noite. Ela procurava, desesperadamente, por um dos seus brincos que havia perdido. Um brinco de pérolas.

El arete de la perla

La policía buscó al asesino de mujeres. Más de cinco víctimas, todas rubias jóvenes. Y la única pista era un arete olvidado en la escena del crimen. Lógicamente debía ser de una de las víctimas. Un arete de la perla.
Ese viernes, después de dejar la estación de policía sin resolver el crimen, el comisario fue a la casa de su novia. Pero ella estaba afligida esa noche. Buscó desesperadamente uno de sus aretes que había perdido. Un arete de la perla. 

Rô Mierling, Brasil.

Killer Joe

Encendió la luz, vio a sus muertos, la apagó.
En la oscuridad, sonrió con ternura.

Fedosy Santaella, Venezuela