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Tardes Amarillas continúa su derrotero en este mundo tan competitivo como lo es el de las revistas virtuales de cultura.
En un constante feed-back, por alguna razón perdemos colaboradores con mucha frecuencia pero siempre surgen nuevos; también es menester resaltar que muchos de ellos vuelven y a su vez, numerosos lectores quieren colaborar con nuestra revista. Por supuesto que, a veces, decir que no es difícil pero reiteramos nuestros postulados que se mantienen intactos desde el mismo día que salimos a la cancha. Salvo conjuntos de microrrelatos de algún autor que es aprobado por quienes administramos la página, poemas de algunos otros o poesía traducida que nos parece valiosa, no publicamos artículos de autor. Debido a las características de Tardes Amarillas, en nuestro espacio virtual hay cabida para artículos de opinión o crítica literaria, ensayos no demasiado extensos, reseñas de libros, colaboraciones varias y no mucho más. Por ello, agradecemos a quienes nos envían cuentos (breves y no tanto) pero, sin que esto represente un juicio de valor, no podemos publicar este tipo de textos.
Los dos principales impedimentos son, por un lado, el escaso tiempo con que cuenta el reducido plantel de Tardes para la lectura (obligatoria por cierto) de lo que vamos a publicar y por el otro la tremenda dificultad de subir ciertos textos (sobre todo aquellos que llevan ilustraciones) lo cual, muchas veces, retrasa la aparición regular de nuestra revista. De cualquier manera, estas reflexiones no constituyen una queja formal sino apenas un pequeño acto de catarsis.
Otro tema que nos cuesta abordar pero que en algún momento debemos hacerlo, es la lucha permanente para mantenernos en una sociedad globalizada y deshumanizada. Las redes, que en algún momento fueron vistas como un enorme espacio de difusión, siguen teniendo esa potestad pero en ellas tenemos que pelear contra todo tipo de notas, artículos, chismes, confesiones psicológicas y no sé cuántas cosas más para lograr que nos lean como esperamos. Tenemos un público lector (y no nos quejamos) pero, de verdad, la competencia es dura y permanente.
Vargas Llosa, con quien disiento en forma manifiesta desde el punto de vista ideológico, es, a fuer de ser sinceros, un escritor de valía (y de paso, de mucho éxito). Su libro La civilización del espectáculo, es una obra que nos ayuda a comprender estos furiosos y agitados tiempos que transitamos.
Cuando leí las primeras reseñas y me dije que debía leer ese libro, no pensé que alguien con formación ideológica de derecha, pudiera hacer una disección más certera del corpus social en los tiempos que nos toca vivir, pero debo reconocer que razón no le falta. Su trabajo resulta de excelencia para quienes sabemos que cada número de una revista que anhela tener muchos lectores, tiene que preocuparse más de sobrevivir que de descollar.
Lo hemos dicho y repetido hasta el cansancio. Nuestra publicación no tiene auspicios publicitarios ni subsidios gubernamentales ni ninguna otra forma de financiamiento. No sé si al final de cuentas tendremos que someternos a los dictados del mercado pero por ahora, mientras los vientos sean favorables, preferimos mantener nuestra independencia para poder publicar, sin rendir cuentas a nadie, lo que consideramos valioso y descartar, sin presiones de naturaleza alguna, aquello que no creemos reúnan los requisitos de nuestra revista. Así seguiremos hasta que la evolución de la humanidad nos lo permita.

                                                                                                                Antonio Cruz