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el ombligo de piedra 

  

   

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

 "En este mismo canal"

 Bajo el alero de su rancho (casco de una verde extensión de más de mil acres de tierra) mientras sorbe un café y la lluvia cae con violencia, Ben Cartwright escribe una carta a su hijo Adam que se encuentra estudiando en Europa. Lo cierto es que se trata de una argucia de los guionistas, porque Pernell Roberts (que encarnaba al atildado Adam de la tira) ya había dejado la serie hacía algún tiempo. Su sonrisa socarrona, su sensatez y su rapidez para desenfundar el revólver ya nada tienen que ver con La Ponderosa. Hoss y Joe, sus hermanos menores en la ficción, apuran un partido de póker, esperando que amaine la tormenta para hacerse una escapada hasta Virginia City; mientras Hop Sing, el eterno cocinero chino (que ha conocido a las tres esposas del triplemente viudo Ben) prepara alguna variedad de arroz que no goza del gusto de los muchachos. Sólo se trata de una plácida escena en uno de los 310 capítulos de la serie Bonanza que se grabaron para la televisión entre 1959 y 1973.

Patrick McGoohan, con los ojos entrecerrados por el sol de frente y por los nervios que pocas veces lo delatan, intenta una vez más escapar a la invisible pero férrea cárcel de La Villa. Es un movimiento vano dentro de un ajedrez descomunal pergeñado por alguna mente siniestra y desconocida. «No soy un número. Soy un hombre libre» se repite en cada capítulo, pero el personaje está doblemente equivocado, ya que sí es un número (el 6, precisamente) y no es un hombre libre porque en realidad es el protagonista de El Prisionero, tal vez la mejor serie de televisión de todos los tiempos, con sólo 17 capítulos emitidos por primera vez en 1968.
El doctor Richard Kimble es condenado a muerte por el asesinato de su esposa (crimen que no cometió) y, fugándose del tren que lo conduce al cadalso, huye sin descanso durante tres años (del 63 al 66) de las garras del porfiado teniente Gerald que lo imagina culpable. Kimble (a esa altura de los hechos: el actor David Janssen, eternamente compenetrado con el personaje) porfía a su vez y persigue a un enigmático hombre manco al que vio rondar su casa la noche del crimen. Todo esto, tal cual, se da a lo largo de 120 incomparables episodios de El Fugitivo, de los que nadie recuerda el final, ni falta que hace, ya que todos disfrutábamos del nervioso trayecto.
El diminuto Jim West, a bordo de un lujosísimo vagón de tren que es su residencia, saca del taco de su bota una navaja automática, una pistola de calibre pequeño, dos cápsulas de humo, una brújula, un telegrama en cifra enviado por el presidente Ulises Grant, un reloj de bolsillo y, si mal no recuerdo, hasta un carrete de hilo dental. Así las cosas, el salvaje oeste de 1870 es un muestrario art-decó de adelantados investigadores privados, de espías con ropas de cowboys y de damiselas más que refinadas; un extraño paraíso donde el enano Miguelito (extemporáneo inventor de un psicofármaco más que audaz y de un primitivo rayo láser) hace de las suyas; pero hasta ahí nomás, ya que la astucia de Jim West, pero sobre todo la versatilidad de su compañero Artemio Gordon (el interesante actor Ross Martin) y de sus numerosos disfraces, logran mantenerlo a raya. Siempre fue igual, pero siempre fue diferente, durante 104 capítulos que se sucedieron desde 1965 hasta 1969.
Jed Clampett, su hija Elly May, su sobrino Jethro y la abuela (gente de los Apalaches que ha encontrado petróleo en sus desoladas tierras y que, del día a la noche, se ha hecho dueña de 25 millones de dólares) se trasladan al acaudalado vecindario de Beverly Hills con su viejo auto a manija, sus gallinas, sus cerdos y su cordel para tender la ropa recién lavada en los jardines de la mansión. La bella e inocente Elly May (la saludable Donna Douglas, en verdad) ama los animales de granja y su padre no tiene corazón para negarse a que la niña convierta su aristocrática vivienda en un corral. Los vecinos de Los Ángeles pondrán el grito en el cielo a lo largo de nueve años (del 62 al 71), y los 274 episodios siempre tendrán algo nuevo y jocoso para decirnos de estos Beverly Ricos que sirven de fusible entre dos mundos aparentemente irreconciliables.
Quienes aseguran (y me incluyo en la lista) que la televisión embrutece y atenta contra el buen gusto de sus víctimas, deberían (deberíamos) hacer algunas salvedades. No es tanto una cuestión de medios, sino de tiempos e intereses. La familia Cartwright hoy haría bostezar al jovencito que «bailantea en una disco», las escapadas del Prisionero serían harto intelectuales, el doctor Kimble pecaría de ingenuidad, Jim West no sería comprendido en toda la excentricidad de su momento, y los chistes de los Beverly resultarían una antigualla. Ni hablar del Súper Agente 86, siempre pegado al absurdo; de Daniel Boone, luchando contra osos y cosas imposibles antes de los discursos patrioteros del american way of life; de Martin Milner y de George Maharis devorando kilómetro a kilómetro el largo pavimento de la Ruta 66; de Mi marciano favorito, requiriendo nuestra complicidad para que sus «humoradas extraterrestres» sean festejadas; del comandante Nelson luchando contra las algas caníbales en su Viaje al fondo del mar; del simpatiquísimo embaucador que, en Maverick y barajas en mano, terminaba ayudando a los desvalidos muy a su pesar; de la cinta magnetofónica que en Misión imposible se autodestruía en cinco segundos (y dejando de lado, por supuesto, su ideología antediluviana); de la exquisita Diana Rigg seduciendo y luego castigando a cuanto malvado osara asomar su nariz en algún capítulo de Los vengadores; del desmañado y algo reaccionario Mike Hammer, interpretado por el leporino Stacy Keach; de la impagable Isla de Gilligan, resuelta en un estudio televisivo de 4 por 4 que pretendía parecer una selva (y que lo parecía); del marshall Dillon que en La ley del revólver y a lo largo de veinte años (del 55 al 75) nos ayudó a dormir tranquilos; de las sesudas elucubraciones de Arresto y Juicio; de la maravillosa música de Cuero Crudo. ¡En fin! Una vez más la culpa no es del chancho. Demasiados asesinatos porque sí, traiciones porque sí y violaciones porque sí ganaron la partida. Demasiado dinero puesto en juego, y muy poca paciencia para ver los resultados, convirtió a la televisión actual en lo que es.
Hoy en día ver un capítulo de La familia Ingalls sería como jugar a la payana sentado en el piso de un video póker. Tampoco será Mister Ed (el caballo que habla) lo que encontraremos en un sofisticado aparato de realidad virtual.
Esto no quiere decir, por supuesto, que todo tiempo pasado haya sido mejor. Para nada. Seguramente fue un poco más sano, pero no sé si mejor. Lo que todavía no logro entender del todo es cómo algo puede terminar muriendo por culpa de su buena salud (salvo que estemos hablando desde un tiempo irremediablemente enfermo). Y aquí sí necesitaría a alguien (bienintencionado) que me lo pudiese explicar.

 

Este texto está dedicado a Juan Bautista Gatti (1923-1988) que también disfrutaba de estas cuestiones, semana a semana, a la misma hora y en el mismo canal.

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.