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Juan Basterra

 

 

 

    Fortaleza Bastiani

Por Juan Mario Basterra

  

De todas las "muertes literarias", es probable que ninguna conmueva, llegue en tal medida al mismo centro de nuestro corazón, como la del comandante Giovanni Drogo en "El desierto de los tártaros" de Dino Buzzati.
Haciendo prescindencia de otras memorables: la melancólica y desesperanzadora del príncipe Fabricio Salina en "El gatopardo" de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; la asfixiante de Yevgeny Bazarov en "Padres e hijos" de Iván Turgueniev o la de Emiliano Gauna, arremetiendo a fondo y a cuchillo contra el "doctor" Valerga en "El sueño de los heroes" de Adolfo Bioy Casares, ninguna contrasta tanto la aspiración de un final digno y plácido- un poco a la manera del óleo de Greuze "La piedad filial"- con la incontestabilidad de la enfermedad, la decrepitud y la más completa soledad como la que finalmente acontece al viejo comandante Drogo en una posada lóbrega y austera, alumbrada con velas, a poca distancia de la fortaleza en la que ha pasado gran parte de su vida.

Para el que no haya leído la novela puede ser importante el siguiente resumen: un joven teniente Giovanni Drogo es destinado a la fortaleza Bastiani, reducto fronterizo del que apenas tiene noticias. Buzzati no sitúa geográficamente la fortaleza; se habla de dos jornadas a caballo desde la ciudad natal de Drogo y de un enclave hacia septentrión, entre escarpadas crestas coronadas por un cerro y dilatadas por un interminable y brumoso desierto. El pueblo más cercano, San Rocco, se encuentra a unos treinta kilómetros. La presencia de un "Reino del norte", de avanzadas enemigas, de tártaros a quienes nadie, o apenas unos pocos han divisado en la linde del desierto, guía y otorga sentido a la existencia de los militares que consumen meses y años dentro de los bastiones. Inadvertidamente, la vida de Drogo comienza a adquirir este tinte fatal, azotada por un huracán que no intenta comprender y menos aún, resistir. El ritual es severo: cenas en la sala de oficiales, cambios de guardia de una precisión y un rigor marcados, visitas al pueblo cercano, el amor mediocre de alguna prostituta; la espera, la paciente espera. EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS
Drogo envejece. Tiene cincuenta y cuatro años. Ha rendido más de treinta años de su vida a la fortaleza. Solicita un relevo que nunca llega. Sus facciones adelgazan y se hacen cada vez más fláccidas. Sus amigos de juventud también envejecen en el pueblo natal: las barbas encanecen y la expresión se vuelve más severa; pero ellos ven correr el torrente de la vida y en él, los hijos y los nietos. Drogo no tiene ni a unos ni a otros.
La acción se precipita: Drogo enferma. El vértigo le impide abandonar el monumental lecho y los despachos desordenados atiborran su escritorio. Simeoni, su amigo y superior, ordena la evacuación del comandante la tarde anterior al esperado y deseado ataque: desde las almenas son contempladas las columnas del ejército enemigo y los dieciocho cañones que anticipan el bramar de la artillería.
Todo es afanoso en la fortaleza. Solamente Drogo está inmóvil. Llegan tropas de refuerzo- un regimiento de infantería y uno de artillería ligera- y oficiales que hacen innecesaria la presencia del oficial enfermo y vacilante. El pedido desesperado de Drogo no es escuchado. No comandará ninguna defensa. La partida está decidida.
Drogo recorre los últimos kilómetros de su vida en una carroza "digna", "exagerada", con escudos del ejército al que rindió su vida en las portezuelas. Escucha, todavía, las burlas de los reclutas que se dirigen a la batalla. Llega a la posada. La presencia de un niño pequeño en una cuna, a la entrada, comunica mejor que nada su propio aspecto actual: la boca entreabierta y caída, el aliento pesado, el amodorramiento de un cuerpo en sus últimos afanes.
La tarde que muere es espléndida y de un "aire profundo". Es una tarde de felicidad para todos los hombres, menos para Drogo que imagina "las hogueras del vivac enemigo en medio de la llanura del norte. . . la noche maravillosa e insomne antes de la batalla". Se escucha el canto de dos hombres en la sala común; sombras ominosas avanzan en el crepúsculo de su habitación. Drogo comprende: no saldrá nunca de ella. La muerte, como una "sombra progresiva y concéntrica", lo alcanzará en medio de esa desnudez absoluta, lejos y tan cerca del acre olor de la pólvora, los gritos de júbilo, la cercanía de los amigos y camaradas, el sol maravilloso presidiendo la contienda tantas veces esperada.
Llega la última noche. Giovanni Drogo no conocerá otra. En la árida sencillez de su última morada, viejo, solo, y enfermo, presiente la llegada de la muerte en el leve crujido de la puerta que se abre. No morirá como el joven y aristocrático teniente Agustina, jugando una partida de naipes en las escarpas de la montaña, arropado en un capote azul, a la manera de un príncipe Sebastián desfalleciente en el claro de un bosque; tampoco como el teniente general Ortiz, rodeado de los suyos y en una cama limpia y decente: morirá con un cuerpo flaco de piel amarillenta y fláccida. Sabe eso. No importa. La batalla de toda una vida puede ganarse, ¿quién sabe? en la última oscuridad de un lecho de enfermo.
Tomando fuerzas enderezará el busto, ajustará el cuello del uniforme y sonriente, echará un vistazo al "exterior de la ventana, una brevísima mirada, para su última porción de estrellas".

 

*Juan Basterra nació en La Plata el 27 de junio de 1959. Es profesor en Biología. Tiene publicadas dos novelas: Tata Dios (2015) (lea una reseña de este libro en el siguiente enlace) y La cabeza de Ramírez (2016). Colabora en diario Norte, de Resistencia, Chaco, donde publica columnas en el suplemento dominical "La chaqueña". Este artículo se publicó en el mencionado suplemento.