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José Luis Cutello 

 

 

    La crítica literaria, un discurso efímero

 José Luis Cutello*

 

La crítica sigue siendo la más miscelánea, la más defectuosamente definida de las ocupaciones. A cada rato es susceptible de estar dándole curso a otra cosa: historia o política, psicología o ética, autobiografía o chismes. Es un mundo que privilegia expertos y especialistas, esto significa que el crítico a menudo es pasible de ser desacreditado como diletante o rechazado como mero transeúnte sin destino. Pero si este estatus incierto le otorga una desventaja, hace posible, en términos de ideas, la dimensión y el alcance que son su justificación última. En este sentido al menos, por arcaico que parezca en otros, la idea del 'hombre de letras' tiene lugar en cualquiera de las tradiciones literarias más saludables.

Enrique Pezzoni

 

Desde una perspectiva histórica, la práctica de la crítica literaria pareciera indicar que cada teoría estética y cada juicio de valor que se elabora a partir de un texto son efímeros, provisorios, contingentes y a veces infundados, por no usar la palabra falaces. Dicho a la manera de Marshall Berman, «todo lo que nos resulta sólido en una primera lectura se desvanece en el aire a la lectura siguiente» [1]. En efecto, el diletantismo del «hombre de letras» que menciona Enrique Pezzoni en el acápite es un hecho verificable en la tradición cultural, al menos en occidente.

En general, es efímera la vigencia de las apreciaciones críticas en artículos de revistas y suplementos culturales (como sucede con la gran mayoría de las notas de prensa). Las redes sociales –bajo el arbitrio de ese gran archivo desmesurado que es Internet– han extendido la vigencia de algunas críticas de un modo azaroso y arbitrario a fuerza de retuiteos, comentarios y likes. Claro que para esta pauta general hay excepciones notables debido al talento y el esfuerzo de comentadores y periodistas culturales que proponen sus tesis en formato de libros, algo más duraderos y determinantes en el campo de las ideas. Lo mismo ocurre con las investigaciones universitarias, aunque tienen una difusión más acotada.

Todas las evaluaciones críticas son provisorias, desde ya, porque otros juicios y otras teorías estéticas –juicios y teorías mejor elaboradas, quizá– vendrán luego a refutar o a enmendar el camino de las primeras en una cadena de acumulación de saberes no siempre lineal: esa acumulación da un paso para adelante, dos para atrás, diríamos parafraseando a Lenin. En síntesis, cada generación tuvo, tiene y tendrá sus lecturas canónicas –tanto de libros cuanto de escritores– pese a la tendencia de calificar como «definitivos» algunos juicios críticos: por ejemplo, las lecturas de Borges que hizo Alan Pauls o las de Puig que hizo Ricardo Piglia. Una tendencia que nosotros compartimos.

La contingencia, en cambio, está provocada por la deriva misma de la historia: aquello que leemos en un momento concreto como literatura (como buena literatura), pierde su eficacia en otros momentos y entonces es leído desde otro género y con otros parámetros. Por caso, un libro que a mediados del siglo XIX era considerado apenas una «diatriba» o un «panfleto político», el Facundo de Sarmiento [2], perdió en el siglo XX su eficacia contra el régimen de Juan Manuel de Rosas y es leído hoy como la mejor novela argentina de la época. Lo propio suele acontecer con la crítica literaria: ¿Se imaginan el efecto de un texto con la densidad programática de S/Z, de Roland Barthes, entre los discursos precarios de la posmodernidad?

Finalmente, conjeturamos a veces infundados los juicios y las teorías a partir de un texto. Así lo señalan no sólo la proliferación de hermenéuticas encontradas entre sí (de excesos de interpretación, uno podría decir) sino además los estudios sobre los discursos de la posverdad –o lo postfactual–, para los cuales los hechos objetivos son menos influyentes en los lectores que las emociones y las creencias personales. Desde este punto de vista nunca existe una verdad en la lectura, como pretendían algunos filósofos, sino un relato de la verdad o, más bien, «una lucha entre distintas verdades», idea que se le atribuye desde hace más de 150 años a Friedrich Nietzsche. ¿No es acaso la crítica literaria un campo de batalla, una lucha por imponer una idea desde la lectura? Y los lectores, ¿se acercan a un libro por su calidad literaria o desde los prejuicios culturales que poseen? El aspecto sentimental en el éxito de una obra debiera ser analizado detenidamente, tal vez bajo los parámetros de la «modernidad líquida», como señala Zygmunt Bauman.

Veamos esta misma inconsistencia crítica desde otro ángulo: en un debate genérico, nos preguntamos: ¿Son iguales la Novela con base histórica y la Historia o la biografía novelada? Por supuesto que no. En este último género, los autores-divulgadores se toman la licencia, para denominarla de algún modo, de rellenar a su antojo los huecos que dejan los documentos y los testimonios, y construyen una historia falaz que el lector consume como verdadera. En cambio, la llamada Novela histórica es por definición auténtica en los términos de la ficción. Como decía Juan Rulfo: "La literatura es mentira".

Estos problemas cuasi epistemológicos, que uno observa con el espíritu de un historiador que toma como objeto de análisis la crítica literaria, se debaten también entre los especialistas en Letras cuando se intentan demarcar los usos de la lengua. A grandes rasgos, advertimos en tal sentido dos grandes movimientos: el que busca un discurso específico (o inmanente) para la teoría y la crítica literaria, y el que practica un método expansivo apropiándose de discursos vecinos.

En el primer movimiento, la crítica busca un lenguaje específico y procedimientos propios, un ímpetu que viene de la Estética. Entonces, el discurso queda delimitado por sus diferencias con los discursos de otras disciplinas: una delgada línea limítrofe divide campos epistemológicos. En el segundo movimiento, la crítica abandona su inmanencia y se ensancha hacia territorios lindantes: la lingüística, la semiótica, la filosofía, la sociología, la psicología, el marxismo o la historia. Claro que en la práctica la división entre ambos movimientos no es tan esquemática como la presentamos. Muchas teorías estéticas buscaron su propio discurso apoyándose en otro disciplina, por caso los formalistas rusos en la lingüística o el grupo Tel Quel en el psicoanálisis lacaniano.

El profesor universitario y crítico Jorge Panesi propone una tesis mucho más precisa de este problema, en un artículo sobre Walter Benjamin y Jacques Derrida [3]: allí traza una diferencia entre las disciplinas que "custodian rigurosamente las frontera propias y las ajenas" y la "precipitación de la crítica literaria". Es decir, entre dos concepciones del lenguaje que están en pugna. Las primeras buscan "la pertinencia", "el fundamento diferencial" y "el objetivo de su estudio". La segunda se ubica "más cercana a la lengua de su objeto", dice Panesi, quien cita como ejemplos a Benjamin y a Derrida.

Es tan difícil determinar cuál es la «pertinencia» de la crítica literaria, tal como dice Panesi, que a uno le parece que desde los formalistas rusos hasta el postestructuralismo francés todas las escuelas estéticas aspiraron a crear su propio aparato teórico y su propio lenguaje (un discurso inmanente) para dejar atrás a las escuelas anteriores. Supongo que esto sucede a partir de la primera noción particular de las vanguardias de principios de siglo XX: ostranenie [4] o distanciamiento. De todas maneras, también en cierto que la crítica siempre abrevó en conceptos de otros territorios: disciplinas como la psicolingüística, la sociolingüística, la crítica marxista y psicología estructuralista aplicada a los textos así lo testimonian.

Buceando en estéticas de siglos anteriores, podemos mencionar otro modelo de crítica literaria que se ubica "más cercana a la lengua de su objeto", como dice Panesi. El movimiento romántico alemán Sturm und drang y Gotthold Lessing pergeñaron una función interesante para el comentario de libros: un discurso que pertenece al corpus del texto. Sea como estudio preliminar (prólogo) o explicación final (postlogo), el crítico ampliaba o completaba (a veces dirigía las miradas hacia un punto particular) el sentido de la obra. Una consecuencia directa de este movimiento es lo que algunos llaman «la incursión literaria» de Sigmund Freud.

Freud origina en sus análisis psicoanalíticos y culturales un nuevo tipo de discurso: "el que relata y también [a la vez, agregamos] teoriza sobre su relato", como afirma la escritora Sonia Catela [5]. Se trata de un género híbrido que comprende narrativa y ensayo. Como el grupo Sturm und drang, el vienés completa el sentido de su novela (de su caso clínico, sería adecuado decir) con un metarrelato: la teoría aplicada y explicada. De acuerdo con una interpretación de Benjamin acerca del surrealismo, podría apuntarse que Freud utiliza "un lenguaje conquistador, prepotente, que impone su ley [su propia interpretación] en el lenguaje de los sueños". Al fin y al cabo, lo que todo crítico pretende: imponer su interpretación.

Esta mención nos hace memorar la falsa novela Gigamesh, de Patrick Hannahan [6], un seguidor heterodoxo de James Joyce: «Joyce había confeccionado sus deslumbrantes charadas sin dotarlas de ninguna interpretación suya; por tanto, cada crítico puede lucir su erudición, su agudeza de largo alcance e incluso su genial capacidad de interpretación, a través de los comentarios aplicados al Ulises y a Finnegan. Hannahan, en cambio, lo hizo todo él mismo. Sin limitarse a crear la obra, le añadió un aparato explicativo dos veces más voluminoso que la misma». Una humorada desopilante de Lem contra la crítica, si se quiere.

En resumen, todo lector más o menos entrenado sabría enumerar una gran cantidad de discursos que no son particularmente crítica literaria. Ahora bien, se hace mucho más dificultoso definir qué es la crítica literaria, cuáles son sus procedimientos y cuál es su territorio delimitado. De ahí, nuestra calificación de «discurso efímero».

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Notas al pie:
1- Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad (All that is solid melts into air, Nueva York, 1982). Berman parafrasea a su vez el Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels.
2- Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas. Domingo Faustino Sarmiento, 1845.
3- Walter Benjamin y la deconstrucción. Revista Aguafuerte Nº 1, noviembre de 1992.
4- Término ruso que significa extrañamiento, singularización o desfamiliarización.
5- Artículo en el diario Clarín, 30 de septiembre de 2001.
6- En Vacío perfecto, de Stanislaw Lem.

La presente nota fue publicada en el blog personal del autor Escopeta oxidada del rocío y fue cedida gentilmente por el autor para ser publicada en Tardes Amarillas. la versión original puede leerse en http://escopeta-oxidada-del-rocio.blogspot.com.ar/2017/02/la-critica-literaria-un-discurso-efimero.html

*José Luis Cutello (Buenos Aires, 1964) es periodista, crítico literario y ocasional escritor. Estudio literatura en la Universidad de Buenos Aires. Desde 1984 escribe en distintos medios de prensa del país y el exterior. Publicó los libros de poemas Treinta años, Lejanía y Re/cortes de tijera, co/razón de al(h)ambre, el de relatos Los Presocráticos y la nouvelle Refracción imperfecta. Varias de sus crónicas, relatos y poemas aparecieron en antologías, suplementos culturales de diarios y revistas. Actualmente trabaja como editor en Gaceta Mercantil y colabora en la agencia alemana dpa.