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El ombligo de piedra

 

 

 

 

 

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Margaritas y perlas para cerdos voraces

 

En general, es muy poco lo que sabemos de latín; las declinaciones de sustantivos y adjetivos nos parecen un exceso, y ni hablar de los verbos. Esto no podía ser de otra manera ya que ni siquiera recordamos el nombre de los tiempos verbales que usamos en castellano. Sin embargo, utilizamos a diario no sólo palabras latinas, sino también frases en latín para sintetizar ideas. Así es que hablamos de gente que trabaja ad honorem, que lo hace de bona fide, sabiendo a priori que, ex profeso, hará de esas privaciones el modus vivendi que post mortem (y per se) la llevará al plus ultra; aunque, prima facie, parezca una locura y jamás requiéscat in pace. Es un cocoliche de pegotes (ya lo sé), pero ninguna de esas formas nos es ajena.

Las palabras latinas, en construcciones verbales españolas, son una constante para nuestra forma de hablar. Nada nos impide tildar de rara avis a quien escape a nuestro molde; o decir cosas como sine qua non, sin lo cual no pareceríamos «léidos»; o abultar con puro ripio nuestro curriculum vitae; o hablar (Dios y nuestro alter ego nos lo perdonen) de gobiernos de facto que nos arrearon manu militaris al más inhumano inferi; o llenar facturas pro forma; y hasta declarar, in situ, que in vino veritas. Señores: ad pedem littera, exigimos ya mismo res, non verba; aunque, ad hoc, esto resulte algo sui generis. Pero ¿por qué cuando debemos decir de motu proprio (de propia voluntad), decimos «de motus propio», agregando una "ese" y comiéndonos una letra «ere»? ¿Será porque queríamos expresar «en su propio rodado», y no nos hicimos asesorar?
Algunas veces sucede que el oído nos juega una mala pasada, y decimos cosas como que «no hay que darle margaritas a los cerdos». Y el equívoco viene de la frase latina «margarita ante porcus» (perlas a los cerdos); porque en verdad margarita significa «perla», y son contados los que dicen correctamente el refrán. ¿No será —me pregunto— que es menos complicado cultivar una margarita que conseguir una perla, y que el solo hecho de pensar que un chancho pueda tragársela ya nos pone los pelos de punta?
Palabras y giros ingleses también ocupan un lugar importante en nuestro vocabulario y, desgraciadamente, cada día más. Un «disco de larga duración» desde siempre fue un long-play; ahora un «compacto» es un compact, o un CD (pronunciado cidí); hasta el objeto más ínfimo es made in alguna parte (inclusive Argentine); buscamos el sonido high fidelity; cambiamos de look cada temporada; aspiramos al fair play sin conseguirlo; y así como las damas de años atrás hacían un culto del five o'clock tea, ahora nos arrastramos hasta un bar exigiendo nuestra gaseosa diet, pero a cualquier hora del día. Las luces de stop de los automóviles nos ayudan a evitar peligros, cuando, enfundados en nuestros jeans, cruzamos la franja danger mirando para otro lado; pero el humo de los cigarrillos king size, sumándose al smog, equilibra las cosas, enviándonos (by deep) a la tumba.
Y es nuestra obsesión por la copia, nuestra voluntad para poner solitos el cuello en el lazo, lo que nos lleva a decir que hacemos tal o cual cosa «por derecha», como si hacerlo de esa manera fuese lo correcto. ¿No será que simplemente estamos traduciendo el conocidísimo all right (todo derecho) de los ingleses? Y hasta muchas veces, agobiados, llegamos a decir «¡Mi reino por un caballo!» (o por una silla, o por una coca, o por un ventilador) sin saber que estamos citando parcialmente aquello de «¡A horse! ¡a horse! ¡My kingdom for a horse!» (de William Shakespeare en «Ricardo III») lo que no está tan mal.
Cierta idea ancestral de añejo refinamiento nos hace pronunciar (todavía) algunos giros franceses. Por eso es que estamos a la derniere si nos compramos la ropa de moda, y si la acompañamos de una buena mise en scene, mediante una verdadera tour de force, tal vez podamos aparentar ser bon vivantes, militantes natos del savor faire. Amigos: no quisiera desilusionarlos, pero despedirse con un au revoir, a esta altura de la historia, es algo ya demodé.
Si asumimos que lo que nos interesa es decir cosas que escapan a lo corriente, echamos mano inclusive (aunque no inmigración mediante) a la lengua italiana. En el baño cantamos a capella; respondemos «¿chi lo sa?» cuando alguien nos pregunta sobre algo de lo que nada sabemos; difamamos sotto voce; agredimos a tutti quanti; y nos hacemos devotos (¡mamma mia!) del dolce far niente. Pero, que yo sepa, nunca decimos la simpática frase «anch'io son' pittore» (también yo soy pintor) con la que Coreggio, contemplando la «Santa Cecilia» de Rafael, pretendía decir «yo sé de lo que estoy hablando». Sin embargo, optamos por el lacónico y petulante argentinismo «¡a papá!».
Pero todavía tenemos, sin saberlo, algunas cosas que nos salvan, y que hablan de nuestra preocupación por la forma. Así nos encontramos con que la frase de Horacio «bárbaro hic ego sum, quia non intéllegor ullit» (aquí soy extranjero porque nadie me entiende) se parece mucho a nuestro «nadie es profeta en su tierra»; y que «de gústibus et colóribus, non disputándum» (de gustos y colores no se discute) puede ser traducida como «sobre gustos no hay nada escrito». De este modo fue que «fronti nulla fides» (no te fíes de la cara del hombre) pasó a ser «las apariencias engañan».
Ahora bien, hilando fino, podríamos asegurar, sin miedo a equivocarnos que «no te metas donde no te llaman» es la traslación más adecuada de «grecum est, non legitur» (es griego, no se lee); y que «quod abundat non vitiat» (lo que abunda no daña) es, por simple parentesco, nuestro «mejor que so-sobre y no que fa-falte». Incluso no nos requerirá demasiado esfuerzo deducir que la frase de Petronio «qualis dóminus, talis servus» (a tal amo, tal criado) puede llegar a traducirse como «de tal palo, tal astilla».
Lo que sucede es que en el fondo (tan, tan en el fondo que casi ni se nota) somos cultos; y nuestro juego (nuestra inocente diversión) es no parecerlo. Sino ¿de qué otra manera podrían explicarse las palabras proselitistas de aquel ex-vicegobernador de Santa Fe, que dieron la vuelta al mundo y que tan bien nos pintan?: «Renaceremos de nuestras propias cenizas, como el gato Félix».
Si esto no es un clásico, ¿dónde duerme Cervantes? 


RogelioRogelio Ramos Signes
, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.