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Toño 2

 

 

   A CINCUENTA AÑOS DE LA PRIMERA EDICIÓN DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Antonio Cruz*

 

Por estos días, en que se acerca el quincuagésimo aniversario de la primera edición de Cien años de soledad (el 7 de junio próximo se cumplirán cincuenta años desde el momento en que la novela "nació" a la consideración del público) he visto que circulan por la red un sinnúmero de artículos y notas escritos para referirse a este acontecimiento. Si bien podría tratar de desmenuzar la obra con ojos absolutamente diferentes a los de un académico o un crítico, me ha parecido más prudente (y más acorde a mi condición de lector compulsivo) contar mi relación rechazo/admiración/amor con semejante joya de la literatura universal.
Mi relación con la palabra de García Márquez ha atravesado momentos de profunda objeción y hasta repudio (término demasiado fuerte pero al cual no le encuentro sinónimo que exprese de manera fiel mis sentires de aquella época), hasta que, no sé bien de qué manera, logró conquistarme. Dicho de otra manera, mi vínculo con los textos de Gabo, ha sido tortuoso, por lo que voy a tratar de contar de manera más o menos lineal esa historia de desencuentros entre mi intelecto y la obra monumental del colombiano.

Corría el año 1968 y yo estaba dando mis primeros pasos en la Facultad de Medicina. Una tarde, a la salida del Hospital Nacional de Clínicas de Córdoba, fuimos a tomar un café varios de los noveles estudiantes. De aquella tarde recuerdo que un amigo (de quien lamentablemente tengo un vago recuerdo), me preguntó si había leído Cien Años de Soledad. Acostumbrado a la literatura que leía por entonces, compuesta fundamentalmente por obras de autores como London, John Le Carré, Graham Greene, Jean Lartèguy y otros, además de los consabidos libros de militancia entre los que no solamente leía a Perón, Marechal, Hernández Arregui, Scalabrini Ortiz y Jauretche sino también a Plutarco (Vidas paralelas), Harold Lamb (Alejandro de Macedonia), Võ Nguyên Giáp, Mao y Sun Tsé entre otros(1) , respondí sin el menor pudor, que ni siquiera conocía el nombre del autor. «No sabes lo que te pierdes» dijo el muchacho. «Es una obra maravillosa y seguramente este autor marcará un antes y un después en la literatura latinoamericana».
Acicateado por la curiosidad, al día siguiente visité varias librerías, hasta dar con una que lo tenía; curiosamente la obra no estaba en la vidriera sino en un mesón donde había "novedades literarias". Con desconsuelo por el impacto del costo del libro en mis ya menguadas arcas de estudiante, pero con la expectativa de leer algo que me impacte, salí de la tienda con un ejemplar en la mano y esa misma noche acometí su lectura.
Debo confesar que me resultó difícil encarar la obra; quizás la edad, mi costumbre de leer otro tipo de literatura o alguna otra razón que desconozco, influyeron para que me resultara un libro cercano a lo críptico y que me insumió varias semanas en terminar. Cuando llegué al final, estaba plenamente seguro de que mi dinero había sido malgastado. No me había producido ninguna emoción particular.
Pasó el tiempo. Mis estudios y, sobre todo, la lectura en mis ratos de ocio de aquellos autores que me seducían más, me llevaron a olvidar a García Márquez y sus "Cien años...".

 

cien años de soledad primera edición


En 1987, por razones particulares, me mudé a la provincia de Neuquén a realizar una tarea que me dejaba mucho tiempo libre para la lectura. Hacía guardias en el hospital más importante de la zona (ubicado en Campamento Uno de Plaza Huincul, provincia de Neuquén) y también realizaba tareas en los "campamentos" de la empresa petrolera estatal (YPF), sobre todo en un pueblito muy pequeño llamado Rincón de los sauces, donde llegaba los miércoles por la tarde y permanecía hasta mi regreso a la base los martes por la mañana.
Uno de esos fines de semana tediosos que a veces nos apresan, me llevó a buscar algo para leer en el único negocio del rubro que había en el poblado (que a la vez era librería, revistería y donde también se conseguían los diarios del día o del anterior, según el estado de las rutas y la pista del pequeño aeródromo). Entre numerosos libros, me llamó la atención uno cuyo título y extensión invitaban a la lectura: El coronel no tiene quien le escriba. Me lo llevé sin demasiadas esperanzas pero la verdad es que fue un momento revelador. La novela me impactó de tal manera que me llevó apenas tres noches leerla y sentir que acababa de descubrir un tesoro. El siguiente miércoles viajé a la capital de la provincia y me dediqué a visitar varias librerías en busca de más obras de García Márquez. Por aquel entonces solamente encontré ese magnífico conjunto de relatos que se llama Los funerales de la mamá grande. Cuando leí el segundo libro de García Márquez que llegó a mis manos, me di cuenta que, contrario sensu a lo que siempre había pensado, entre los escritores que tienen el español como lengua materna, los había tan buenos o mejores quizás que aquellos que habían sido mis preferidos. Fue el momento de pensar en acometer una segunda lectura de "Cien años de soledad" pero, al ejemplar que obraba en mi poder, lo había perdido en una de mis múltiples mudanzas.
Sin la posibilidad de conseguir "Cien años de soledad" y fiel a mi costumbre, seguí leyendo (o releyendo) a Le Carré, Lartèguy, Ludlum hasta que, en el año 1996, alguien me prestó una novela de Mempo Giardinelli (Imposible equilibrio) lo que cambió definitivamente mi manera de leer. Creo que, a partir de ese momento pude comprender en su profundidad la literatura española y llegaron Rulfo, Fuentes, Vargas Llosa, Roa Bastos y por supuesto Gabo. Fue entonces el tiempo de Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Diario de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada y otros títulos que la mayoría de los lectores conocen quizás mejor que yo.
Cuando leí "Cien años..." quedé impresionado por la profundidad de la obra y el magnífico estilo de la narración. Recuerdo que la primera lectura ocurrió en épocas difíciles y de mucha soledad. La admirable descripción de la soledad como consecuencia de la pérdida de la felicidad cotidiana y los días idílicos del edén, no podían haber expresado mejor ese sentimiento que me embargaba cuando mis ojos corrían (literalmente) por las páginas de la novela.
He leído por estos días las siguientes preguntas: «¿Qué esconde "Cien años de soledad"? ¿Por qué llegó a leyenda, mito, casi religión literaria?»
Mi opinión es que, la novela de García Márquez combina con originalidad y pericia, la descripción de paisajes y locaciones, así como la esencia del alma de cada uno de los personajes que la habitan. En este punto me parece atinado recordar que hay numerosos artículos, escritos por críticos de prestigio, que dejan claramente expresada esta cualidad de recrear personajes y sucesos "reales", lugares comunes en la obra de Gabo.
Se me ocurre que García Márquez, quien era dueño de una increíble imaginación, ha sido capaz de ayudarnos a comprender que es la soledad, que es el avatar, que es la solidaridad pero por sobre todas las cosas, que es el amor. Estoy convencido de que también nos permite enfrentar nuestros triunfos y frustraciones como parte de lo que es una verdadera novela: La vida. Esa vida que él describe con una maestría de la que solamente es capaz el propio Gabo. Quiero creer también que, el verdadero secreto de la obra de García Márquez, es esa cualidad que la transforma en un valioso tesoro, comprensible en su verdadera dimensión, solamente por quienes vivimos en este grandioso país que es Sudamérica y en especial para los pueblos caribeños, porque seguramente, aún las mejores traducciones de sus obras, no pueden interpretar con exactitud aquellos giros idiomáticos que nos hacen tan iguales y tan diferentes a la vez.
La repercusión de esta novela ha sido tan grande que ha llegado a sacudir los principios de la literatura; un terremoto que aún no se detiene. La historia de Macondo y los Buendía ha terminado por convertirse en uno de los fenómenos más importantes de la literatura universal. Lo prueban no solamente el hecho de que haya vendido más de 40 millones de copias o haya sido traducida a 49 idiomas, sino la eterna presencia en cada rincón dónde se hable de literatura. Porque (también es menester decirlo) si García Márquez buscó que su pueblo imaginario terminara siendo el reflejo de los pueblos latinoamericanos, lo que logró reflejar es el alma humana; esa certeza de que, lo real pero mágico al mismo tiempo, trasciende lo regional y puede ser traspolado a cualquier lugar del universo.
Yo no sé si el personaje que dijo que Cien años de soledad es la primera novela que debe leer cada ser humano tiene razón pero sí creo que es una obra inevitable en alguien que lee y que ama la palabra escrita.

* Director de Tardes Amarillas

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(1Al respecto traigo a colación una anécdota muy jugosa. Hace pocos años atrás, alguien me preguntó que leía en mis años de militancia; en ese momento solo recordé a Frederick Forsyth y Joseph Conrad, reflexionó... «¡Ah!... ustedes leían Best Sellers». Me abstuve de hacer un descargo para no generar polémicas pues el almuerzo era armonioso y agradable pero ahora se me ocurre que debí contestar que también había leído a los clásicos, además de algunos de los autores mencionados más arriba que, por supuesto, no eran precisamente Best Sellers sino que eran conseguidos de manera clandestina y, muchas veces, escondidos celosamente para evitar la cárcel o la desaparición.