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 el ombligo de piedra

 

 

   

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Lo de soft y lo de diet que tiene lo light

Hubo épocas en que las cosas "no se tomaban con soda", aunque se usara el famoso dicho. Por contraposición, hoy que el consejo ha dejado de enunciarse de esa manera, las cosas "sí se toman con soda"; es decir, livianamente, sin pasión, "sin calentarse" como rezaría otro modismo algo más intemporal.

Hoy en día todo es light (leve, ligero, fácil, frívolo, liviano, mutable, inconstante, superficial, llevadero, ágil, incontinente, y su etcétera, según el diccionario. Sin preocupaciones, ¡bah!). Ya no se fabrican cervezas de 10 grados, como aquella cubana marca Polar. Ahora todo es tipo estadounidense, light beer, light special export, premium light; de 3,5 a 4 grados, y nada más. Los cigarrillos son light, aunque hacen daño lo mismo; el cine tiende a lo light (sólo tienen éxito las comedias rebozantes de gags, una que otra policial y algo de ciencia ficción con escaso argumento pero con muchos efectos visuales); la literatura pretende ser light (las historias sencillas narradas con simpleza son las únicas que agotan ediciones; las llamadas novelas históricas; los libros de autoayuda; los que recopilan aforismos); la música coquetea con lo light (nada de climas densos ni de letras de canciones que rocen la sutileza); el deporte es light (todos atrás, a defender el empate); la política es light (una gran franja central, sin extremos a la vista; gobierno de "los menos" tolerado por "los más" o callar para siempre); el sexo es, o debería ser, light (nuevas y fatales venéreas sepultaron en el inconsciente colectivo la promiscuidad sin culpa y sin miedo de los años 60).
¿A quién se le ocurriría volver a ver una película de Pasolini o de Bergman en un trasnoche de cineclub, pudiendo ver las nuevas y livianas comedias norteamericanas por video o por cable? ¿Quién leería las morosas novelas de Carpentier, Scorza o Roa Bastos, si Wilbur Smith o Sidney Sheldon (grabadora mediante, secretarias mediante, computadora mediante) las "escriben" a la velocidad de la luz? ¿Quién colgaría un afiche de John Lennon, si en el mercado podemos encontrar las difusas y asépticas modelitos de Hamilton o los fotogramas de Terminator, publicitando esas camisetas-malla hoy llamadas "musculosas"?
Lo light ha invadido nuestra vida. Pensar en un texto político de los primeros años 70 produce desgano e indiferencia. Escuchar un disco de Weather Report sería una experiencia aburridora. Mirar un cuadro de Bacon (seguro, seguro) dejaría al descubierto alguna perversión que más valdría ocultar.
Optar por lo light, me animaría a decir, está casi fuera de toda opción. Lo light "es", y lo otro "ya no". Con sus aliados inseparables, la industria light apunta a los vicios más comunes (bebidas y cigarrillos), convirtiéndose en soft cuando se refiere a música (u otros lenguajes de arte y comunicación), y en diet, cuando le escapamos a los hidratos de carbono. Arroz integral, para paellas de poliestireno expandido; galletitas sin sal, para canapés sin entusiasmo; pastillas edulcoradas, para vientres levadizos; quesos magros, para pizzas inocuas; chicles sin azúcar, para caries en pie de guerra; aceites livianos, para ejecutivos dispépticos; mermeladas diet, para tostadas de utilería; yogures descremados, para gordos ganados a la inundación; gelatinas edulcoradas, para lenguas inhibidas; margarinas desgrasadas, para hígados perezosos; esa es la idea. Vida sana (sí señor, y no es un chiste) a cambio de viejos y "fuertes" recuerdos.
Todos sabemos que escaparle al exceso de calorías, al alcohol, a las grasas, al azúcar, al colesterol, a la nicotina y a la cafeína es una tarea inteligente; nadie lo pone en duda. Pero de vez en cuando (sólo de vez en cuando) una buena tortilla a la española, es como poner los pies en el infierno sin haber abandonado nuestro asiento en el paraíso, ¿vale la hipérbole? Ni hablar de una cerveza negra (un par de minutos antes de congelarse) y de postre una porción hipopotámica de torta María Luisa (torta Rogel, para los habitantes del litoral; torta de capitas para los habitantes de cualquier región de este extenso país) desbordando un buen dulce de leche.
Lo preocupante de todo esto es que lo light, cuando no ingresa al organismo por las vías que hacen a las funciones fisiológicas, es pernicioso. Un libro banal, una película frívola, una canción superficial, son estigmas de una época fácil y por consiguiente de una filosofía vacía. Un alumno que estudia sólo para eximirse, un empleado público que sólo cumple con su horario de permanencia en el trabajo, un abogado que sólo pelea por un indigno arreglo de las partes, un médico que sólo se le anima a los resfríos, un sacerdote que sólo pide por los problemas burgueses de los poderosos, un escritor que sólo escribe aforismos, un fotógrafo que sólo dispara sobre flores perladas de rocío, un niño que sólo colorea dibujos prefabricados; con pequeñas variantes, hacen al relevamiento de esta época. ¿Dónde quedó el placer de subvertir mediante el arte? ¿A qué sótano de la indiferencia se replegó la necesidad de vivir y morir por un ideal?
Los tiempos cambian, eso es un hecho. El otrora respetadísimo cine neorrealista (italiano o alemán) hoy es una pesadumbre. El melodioso y sangriento bolero de los años 50 hoy es casi una pieza de museo. Pero, a este paso, la música de Beethoven ¿no terminará siendo algo demasiado deprimente?, las palabras de Bertrand Russell ¿no serán un tostón?, la figura de Cristo ¿no resultará harto densa?
Lo light ha terminado por rodearnos, maniatarnos y hasta anularnos. Los intereses creados a su alrededor han logrado convencer a buena parte de la sociedad de consumo de que la "cultura light" es sinónimo de "vida sana", lo que si bien no es inexacto tampoco es totalmente cierto. Si algo debemos agradecerle a la onda light es su costado "verde", la proliferación de viveros, las casas de comida vegetariana, los cementerios jardines, la compulsión a las plantas de interior (aunque ahora está tomando auge lo light de lo light; es decir, las plantas artificiales de interior, sin bichos, sin exigencia de riego, sin perfume). Y si bien es loable la teoría que sustenta el uso de lo light, el consumo ha hecho de esto un negocio tan desaprensivo como cualquier otro. Los modelos a seguir son inalcanzables, y a ellos sólo pueden aproximarse los niveles sociales económicamente más altos. Lo curioso es que la vida misma (eso incluye, por supuesto, el hecho de vivir) no puede ser light. Un justo reclamo obrero por mejoras salariales, tal vez llegue a ser imaginativo en sus formas pero jamás light. Una protesta estudiantil en contra de los habituales recortes del presupuesto educativo ¿puede ser light? ¿Puede serlo una carta de amor? No, señor. Apariencia y superficialidad son los requisitos obligatorios para ser protagonistas de esta nueva era.
La moda podrá ser light, o soft si usted lo prefiere, pero también tendrá su contrapartida de peso; lo químicamente diet sustituirá a lo altamente calórico, pero sólo en los productos de consumo alimenticio. El arte, la imaginación, la lengua del corazón y el trazo de las vísceras, serán siempre ardientes, como el sol a pleno; densos, como el plomo derritiéndose; intensos, como el color rojo y el amarillo cadmio; inquietantes, como ese hongo que ha crecido sin permiso en medio de su jardín.  

ROGELIO RAMOS SIGNES Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.