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 Francisco Zamora

 

 

   Queremos tanto a Julio*

Por Francisco Zamora

 

Son las tres de la mañana del 26 de Agosto de 2015. Hoy se cumplirían 101 años del nacimiento de Julio Cortázar. También se cumplen siete días y un par de horas desde que intento escribir algo sobre él y no se me ocurre qué ni cómo.

Mientras manejo, me baño, leo – incluso a otros autores- , una sola pregunta ronda mi cabeza: "¿Cómo escribir sobre el hombre que ha cambiado por completo tu forma de ver el mundo – y la literatura, claro- y no quedarse corto?"
En estos últimos días he releído sus cuentos, hojeado biografías, buscado entrevistas y un par de notas sobre él y aún no sé cómo empezar a escribir sobre Julio.

He intentado, por ejemplo, comenzar un párrafo con un pantallazo cronológico.
Nacido por cuestiones del turismo y la diplomacia en Bruselas– su padre trabajaba en la embajada Argentina en Bélgica- un 26 de agosto de 1914, tan solo un par de meses después de comenzada la primera guerra mundial mientras la ciudad que lo vio nacer se encontraba ocupada por los alemanes. Razón por la cual su familia se mudó primero a Zurich y luego a Barcelona donde vivirían un par de años hasta regresar a Argentina una vez finalizada la guerra. Vivió en Banfield hasta su adolescencia, fue docente de escuela secundaria en Bolivar y Chivilcoy. Profesor universitario en Mendoza. Viajó a París a los treinta y siete años para instalarse allí de manera definitiva, trabajó como traductor independiente en la UNESCO, pero hasta su muerte en esa ciudad – en 1984- combino su labor creativa con su compromiso político viajando frecuentemente por Latinoamérica en la lucha por los Derechos Humanos, recorrió Europa, vivió casi un año en Italia y se enamoró de Nicaragua y Cuba.
Desecho la idea anterior y pienso que quizás es mejor pensar en los primero años de Julio en Argentina. Un niño alto, flaco, de ojos grandes y separados, de pocos amigos, que disfrutaba de la soledad y la lectura. Influenciado en un principio por Julio Verne y luego fascinado por Edgar Allan Poe, de quienes se nutriría y marcarían su obra posterior.
Su madre escribiría sobre esos años: "Es seguro que la literatura era, entonces, casi todo su mundo. De carácter introvertido ya escribía poemas, por entonces para su hermana Memé y otros para alguna compañera de la escuela"
Años después llegaría a su vida otra de sus fascinaciones y de la cual también podemos ver marcas en toda su obra, el jazz. En un principio de la mano de Jelly Roll Morton, Louis Amstrong y Duke Ellington. Para luego rendirse a los pies de Charlie Parker a quien le dedicaría un cuento ("El perseguidor")
Borro este último párrafo y pruebo escribir sobre sus obras más emblemáticas. "Casa Tomada", cuento que le valió su primer reconocimiento, fue publicado por primera vez en la revista "Sur" dirigida por Ocampo y Borges. Cuento fantástico en el que una presencia sobrenatural expulsa a un "matrimonio" de hermanos de la casa que habitan. ¿Alegoría del peronismo o los fantasmas de la culpa incestuosa? Las hipótesis son variadas. La única certeza es que surgió de una pesadilla muy nítida que tuvo Cortázar en 1946 en la que iba cerrando puertas y retrocediendo para escaparse de los ruidos que iban tomando la casa.
Un tiempo después, en 1951, este cuento encabezaría "Bestiario" su libro de cuentos, una de las obras cumbres de la literatura latinoamericana. Cargado de personajes de idiosincrasia porteña que se ven sometidos a la irrupción de lo fantástico.
A este le seguirían títulos como "Final del juego" (1956), "Las armas secretas" (1959), "Historia de Cronopios y de Famas" (1962), el último, constituido por relatos breves y que abordan diferentes temáticas: el humor, la ironía, el análisis metafísico. Pero este libro encuentra su magia en la inclusión de ese mundo conformado por los Cronopios, los Famas y las Esperanzas. Cada uno representante de un determinado arquetipo del comportamiento humano. Los Cronopios con sus comportamientos especiales, temperamentales, artísticos y desordenados, conductas del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas. Frente a los cuales se plantan los Famas que son los pesimistas por naturaleza, los grandes gerentes de bancos, los presidentes de la república, la gente formal que defiende un orden. Y las Esperanzas, personajes intermedios, a mitad de camino, sometidas a las influencias de los Cronopios o los Famas según les convenga.
Desecho también el párrafo anterior, no creo que abordar solamente su cuentos sea suficiente como para comprender la magnitud de tamaño escritor. Mejor intento hablar sobre Rayuela, la que fue, a criterio de quien escribe estas líneas, su obra culmine. Publicada en 1963 y catalogada – esto le gustaba a Julio- como antinovela, la misma invita al lector a participar de la misma, el lector es cómplice y siguiendo el tablero de dirección o valiéndose de sus propias elecciones al final de cada capítulo, puede lograr que el libro nunca sea el mismo. Todo en Rayuela es juego y su protagonista es el lector. No basta, entonces, con saber leer. Hay que aprender a jugar. Jugar es recobrar la magia de la infancia olvidada. Desde la disposición de sus capítulos, voces que se superponen, la inclusión de frases que provienen de otros idiomas, discusiones perdidas entre acordes de jazz, todo invita al lector a ser partícipe de la misma.
El personaje central de Rayuela es Oliveira, un intelectual argentino que vive en Paris y que secundado por sus amigos del club de la serpiente, se debate entre el egocentrismo y la sociedad, sus pensamientos filosóficos y el amor de La Maga. Todo esto con una música de jazz de fondo que parece acompañar al lector durante todo su recorrido por el libro.
Sigue sin convencerme todo lo escrito anteriormente. Hago el último intento, creo que es necesario dejar de lado los hechos, análisis, críticas y publicaciones para escribir un rato, aunque sea, sin ninguna pretensión.
Quizás toda tu grandeza, más allá de estar plasmada en tus obras, se pueda observar en los ojos brillosos de esos pequeños cronopios que te leen con fascinación y rondan la ciudad alzando las banderas que vos agitaste hace un tiempo. Por ejemplo, en el pibe de la secundaria que lee el del discurso del oso y dibuja en su carpeta una cisterna picoteada de estrellas y en ella a un oso chapuceando entre ellas. O en el mismo chico, que cuando vuelve a su casa, agarra fibrones y pinta en su ventana "seres verdes y húmedos" como globos desinflados que decoran su pieza y le dice a sus primos que son Cronopios. O en el mismo chico que años más tarde, cuando ya está terminando la secundaria lee Rayuela y tiene que parar un rato despuésde leer el capítulo 7 (Sí, el que más detestan los snobs) para suspirar y decir – con todo el respeto del mundo, lo juro- "qué hijo de puta" y acto seguido pensar que después de eso ya no hay nada más sublime que se pueda escribir sobre una relación amorosa. Que inevitablemente se va a soñar Oliveira y que por consiguiente va a buscar a "su" maga en los años venideros. Que va a descubrir el glíglico en el capítulo 68. Que va a creer que los encuentros casuales son lo menos casual de esta vida. Que va a volver un millón de veces al capítulo 7. Que va a leer todo lo que hayas escrito.Que va a descubrir "Amor 77" en "Un tal Lucas": "Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son." y el poema " Los amantes", y con un poco de vergüenza va a hipotetizar que es en el momento de amar el único en el que nos sacamos las máscaras cotidianas que la sociedad nos exige. Que después la ciudad nos recupera hipócritas y nos impone los deberes cotidianos.
El mismo pibe que va a tener la suerte de conocer a otros cronopios y formar su propio club de la serpiente y compartir con ellos sus amores e inquietudes, con los que va a rayar paredes usando frases de tus libros. La misma persona que va a ver en tu historia que a veces es necesario tomar distancia y mirar hacia atrás para reconocerse en la lucha de los otros,que también son los nuestros, que también somos nosotros.
El mismo pibe, Julio, que un 26 de agosto de 2015, mira el reloj que marca las 7 de la mañana y sigue sin saber cómo ni qué escribir sobre vos para darte las gracias por tanto y decirte feliz cumpleaños.
El mismo que ahora mira una flor mientras escribe todo esto y aprovecha que nadie lo mira para permitirse una última licencia, hace un bollito con todo lo escrito, dibuja una rayuela en el piso, y aprovechando que nadie lo mira, apunta al cielo y salta.

 

*Este artículo se publicó originalmente en el suplemento de cultura de Nuevos Diario de Santiago del Estero con fecha 30 de agosto de 1015.

 

Francisco Zamora es estudiante de Letras en el IES° 8. Se desempeña como editor en la editorial Larvas Marcianas. Publicó artículos de crítica literaria en diarios y revistas culturales.