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El ombligo de piedra

 

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

  Yo te bautizo Rock & Roll

 

Al momento de elegir el nombre artístico que habrá de identificarlos a lo largo de su carrera, los grupos de rock (y afines) demuestran tener mucha imaginación. Paralelamente, también, dejan al descubierto sus gustos y sus intereses, no siempre comerciales, aunque culturales tampoco. A veces la elección de un nombre es un homenaje. 

Si es por haber, hay de todo. Están los más simples, los que no quieren complicarse demasiado tratando de ser originales. Éstos optan por el artículo determinado «Los», y a continuación le agregan el nombre de cualquier animal (Gatos, Perros, Piojos, Lobos). Están, o estuvieron, los «eternamente rebeldes» que tanto pueden llamarse Damned (Condenados, Detestables, Malditos), Clash (Choque, Golpe Violento, Lucha) o bien Iron Maiden (La Dama de Hierro, visto superficialmente; aunque también sabemos que ése era el nombre de un aparato medieval de tortura). Los padres de esta corriente heavy (pesada) fueron mucho más imaginativos y jugaron con la desorientación. Led Zeppelin tomó su nombre del inventor del globo dirigible apellidado así y le agregó la aclaración «Led», transformándolo en algo parecido a Zeppelin de Mano; originalidad muy propia de los grupos surgidos en los 60. Y Deep Purple (Púrpura Intenso), la otra gran banda heavy, se inspiró en una canción dulzona que cantaba Bing Crosby allá por los 40, aunque parezca mentira. 

Si nos remitimos a los más populares, descubrimos que no hay una línea directriz y que en el momento del bautismo todo vale. John Lennon, amante del sinsentido inglés, sustituyó la segunda letra «e» de la palabra beetles (escarabajos) por la «a» del sustantivo beat (ritmo, latido) y produjo el inmortal The Beatles (una segunda «ese» después de Beatles hubiera significado algo totalmente distinto y también harto satírico). De un blues clásico de Muddy Waters extrajeron The Rolling Stones (Los Cantos Rodados) su nombre. Pink Floyd también recurrió a dos hombres del blues: Pink Anderson y Floyd Council. Supongo que, enciclopedia en mano, Jethro Tull tomó su nombre de un ingeniero agrónomo que a comienzos del siglo XVIII inventó una máquina de sembrar. Van Der Graaf Generator, ejemplo mayúsculo de rock progresivo, fue más claro, ya que sólo se refería al generador de frecuencia inventado por el ingeniero Robert van der Graaf. Kraftwerk (algo así como Usina en alemán) simplemente encontró en esa palabra la definición exacta para su música electrónica, fría y despersonalizada, pero de gran calidad. Creedence Clearwater Revival, quizá para contrastar con la simpleza hipnótica de su música, fue engorroso en la elección, uniendo el nombre de su amiga Creedence (Creencia) con el Clearwater (Agua Transparente) del aviso publicitario de la cerveza Olympia, y con el Revival (Renacimiento) del viejo country bailable y sin complicaciones que ostentaban. Todo el mundo los llamó simplemente Creedence y la cosa anduvo bien.
En Argentina los músicos también hicieron lo que pudieron: inventaron nombres de la nada (Serú Girán), echaron mano a las historietas (La Pequeña Lulú, La Máquina de Hacer Pájaros, Cisco Kid), a películas (La Naranja Mecánica, Los Desconocidos de Siempre) a otras músicas (Luciérnaga Curiosa), a periodismo de ocasión (Los Enanitos Verdes), se pusieron especulativamente profundos (Espíritu, Eternidad), góticos (Mandrágora, Merlín, Fata Morgana), aborigenistas (Soluna, Madre Ona, Tótem, Huinca) o latinistas (Sui Géneris, Vox Dei, Agnus, Crucis, Plus) y no porque se interesaran o supieran algo de esto. Soy fanático del rock desde los tiempos de Fats Domino; es decir, desde el comienzo de los comienzos, desde la génesis del asunto, desde antes de Elvis Aron Presley, desde el vamos. Creo que eso me habilita para opinar, exabruptos mediante, y sin cargo de conciencia.
El nombre no siempre hace a un grupo o a un artista, aunque a veces desnuda ciertas inquietudes. A decir verdad, aquellos que despiertan mi curiosidad son los que, al momento de bautizarse, echan mano a la literatura. Aunque paralelamente, debo reconocerlo, casi nunca gusto de su música. Este es el caso de Uriah Heep, que tomó su nombre de un malvado personaje de Charles Dickens; o Tygers of Pan Tang de una novela de Michael Moorcock; o Marillion, que apocopó el «Silmarillion» de J. R. R. Tolkien; o Mott the Hoople, de la novela de Willard Manus; o Eyelessin Gaza, de un libro de Aldous Huxley; o Rose Tatoo, de «La rosa tatuada» de Tennesse Williams; e inclusive dos con los que sí coincido: Steely Dan, de una novela de William Burroughs, y Steppenwolf, de «El lobo estepario» de Herman Hesse. Se dice que The Doors (Las Puertas) se inspiraron en William Blake para bautizarse con nombre tan breve, lo que suena más a argumentación intelectual que a estricta verdad. Resultaría más creíble que el nombre surgiera del libro «Las puertas de la percepción», nuevamente de Huxley, de gran predicamento en los años 60. Duran Duran, más modesto, se valió de un personaje de la historieta Barbarella.
En Argentina (salvo Los Abuelos de la Nada, que tomaron su nombre de la novela «El banquete de Severo Arcángelo» de Leopoldo Marechal) este tipo de motivaciones prácticamente no existe. Tal vez sea porque cada vez leemos menos, o bien porque a la gente del rock no le interesa aparentar. De cualquier manera originalidad no falta, y existen grupos como el fantástico Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (Los Redondos, para sus seguidores), donde ninguno de los integrantes se llama Patricio Rey; o Viuda e Hijas de Roque Enroll, divertidas en su música y contundentes en las letras.
Hoy por hoy, en cuanto a originalidad para poner nombres, creo que los españoles llevan la delantera: La Polla Records; Moncho Alpuente y los Kwai; El Aviador Dro, que se inspira en una ópera futurista de Francesco Balilla estrenada en 1921; La Dama se Esconde, que desde su nombre parodia la película de Alfred Hitchcock (La dama desaparece); Toreros Muertos por Biafra; El Último de la Fila; Gabinete Caligari, que toma el nombre de la película expresionista del alemán Robert Wiene; Objetivo Birmania, que satiriza la cinta bélica del mismo título; o bien Décima Víctima, que también apela al cine en referencia a un film de Elio Petri. Los mexicanos La Maldita Vecindad y los Hijos del 5º Patio y Víctimas del Dr. Cerebro también siguen esas pautas formales. En Tucumán (no podemos ignorar a nuestros vecinos) Alcanfor para Gorriones propone un nombre imaginativo y poético, aunque sólo eso. Parió la Choca es fruto de la imaginación mendocina, al igual que Erven Lucas, y no creo que haga falta mencionar el apellido, de connotaciones etílicas, que dio pie a ese nombre.
O sea que al momento de elegir, si de rock hablamos, cualquier cosa viene bien. Pero si ese nombre no es respaldado por una obra coherente que responda a alguna necesidad (de público o de artista) el fracaso será inminente. Muchas de las bandas aquí mencionadas ya no existen; su vida efímera poco dejó, salvo lo curioso del nombre. Como ejemplo sirve, ya que no hablábamos de música sino de bautismos. Por eso es que no deberíamos olvidar el intrascendente nombre Soda Stéreo que sirvió para bautizar a uno de los grupos de rock nacional con mayor predicamento (Police mediante, como tantos otros, y con mucha calidad).
Y, antes de terminar, quiero recordar al grupo alemán Popol-Vuh, que muy poco tiene que ver con el rock (salvo por la extracción de sus integrantes) y que musicalizó buena parte de las películas del obsesivo y maravilloso Werner Herzog. Popol-Vuh, como es sabido, tomó su nombre del libro sagrado de los mayas; una suerte de Biblia americana originariamente dibujada y luego volcada a lengua quiché a mediados del siglo XVI.
¿Qué tendrán que ver músicos europeos contemporáneos con aborígenes prehispánicos? puede ser la pregunta. Pero quienes hayan escuchado la música de Popol-Vuh tendrán en sus manos (y en sus oídos) una muy buena respuesta, aunque eso no quiera decir que sea la correcta.

 

Rogelio Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.