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el ombligo de piedra

 

      EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Todo tiempo pasado (tal vez) fue mejor

Dicen que eran épocas mejores; pero, si nos atenemos a los avisos publicitarios, a una joven de 19 años le decían «la solterona» sólo porque no usaba jabón Palmolive. Claro que ella se lo buscaba; porque Palmolive, que como su nombre lo indica, estaba fabricado con «balsámicos aceites de oliva y de palma», era usado por las mellicitas Dionne, y nadie (que yo sepa, nadie) jamás les dijo «solteronas» a esos angelitos. Eran épocas cuando el triunfo estaba reservado a los más aptos; es decir, a los que seguían por correo un Curso de Cálculo Mercantil; cuando el cerebro dormido (no el de los lectores de don Jorge Manrique, obviamente) se despertaba con Nucleodyne; cuando 9 de cada 10 enfermedades se evitaban con el antiséptico Lysoform; cuando el «albricias para el mundo femenino» se llamaba crema Lechuga; y cuando el apetito de los hijos se estimulaba con Taniol.

Aparentemente era un mundo sin sobresaltos, señora; un mundo donde el «símbolo de la higiene» eran las toallitas de papel Sola Vez; donde las tabletas Kelpamalt regulaban la falta de yodo en las glándulas; donde la salud de los dientes debía agradecerse a un frasco de Ortizón de 75 esférulas; donde los encantos perdidos por culpa de vellos, pecas, barrillos, paños y arrugas se recuperaban con el compuesto vegetal Costafort; y donde las píldoras confitadas Robles hacían «más rica» la sangre, «más firmes» las carnes y «más apto» el vigor.
Si usted quería aprender a bailar pasodoble (por correo) allí estaba el profesor Gaeta; si quería recuperar las energías y la lucidez mental, la Bioforina Líquida de Ruxell era el camino adecuado; si la caspa nevaba los hombros de su coqueto tapado, el agua de quinina Mercier (como Súperman) volaba en su ayuda; y si la transpiración la asediaba con sus «molestas consecuencias», bastaba dejar sus axilas al cuidado del antisudoral Viol-Axil.
Los memoriosos insisten con que eran épocas mejores; épocas cuando los intestinos de los niños funcionaban normalmente gracias al jarabe de manzanas Gloria; cuando catarros y resfríos se evitaban con pectoral Fucus; cuando Colgate se hacía cargo de su mal aliento; cuando podían imitarse, pero no igualarse, los corpiños, fajas, lencería y blusas Mi Placer. ¡En fin!, cuando había una solución para cada problema, un algo para cada no sé qué. Y ni hablar de los servicios impagables de las Pilules Orientales, ni de la Zarzaparrilla del Dr. Ayer, de Lowell, Massachussets, Estados Unidos. A todo esto lo aprendí hojeando viejísimos números de la revista Tit-Bits, de cuando mis tíos eran adolescentes y la coleccionaban.
Al parecer ahora todo es un caos; las heridas ya no se suturan, sino que se pegan con La Gotita; el fuego de un asado se aviva con un ventilador; los relojes pulsera son descartables (si usted quiere saber en qué momento del día está viviendo, compra de pasada un relojito de Taiwán, mira la hora y luego lo tira al cesto de los residuos). Los otrora indestructibles paragolpes, ahora son de plástico; el 70% de los ojos claros con los que nos cruzamos en la calle se debe a lentes de contacto; el 80% de los cabellos es teñido en tonos que viran al rojo y al amarillo; los violines que hasta hace no tanto le hacían vibrar sus fibras más íntimas hoy son imitaciones producidas por un teclado conectado a la red eléctrica. Ni siquiera Gardel (que después de muerto venía cantando cada día mejor) logró salvarse del diluvio; hubo que filtrarle la voz, porque ya sonaba a cotorrita quejumbrosa. ¿Se acuerda del malambo, aquella danza ferozmente argentina, de hombres solos, copiada a los habitantes de las Islas Canarias?; pues bien, ahora sólo es posible bailarlo con boleadoras de acrílico haciendo tac-a-tac contra el piso, y con un «masculino movimiento de caderas» que recuerda a las danzarinas balinesas. ¿Se acuerda del vino común en botellas de un litro?; ahora el envase aluminizado del tetrabrik puso las cosas en su sitio. Es que esas épocas (las viejas, las de antes, las que ni usted ni yo llegamos a conocer; salvo a Los Beatles cantando sin retorno y haciendo todo a pulso), esas épocas, como las golondrinas de Bécquer, ésas no volverán. Épocas, aquellas, en que el cine de terror era auténtico cine de agobio psicológico y no una sucesión de efectos visuales que en el mejor de los casos apuntan al asco; épocas de cinco delanteros peloteando al guardavallas contrario, y no estos engendros deportivos de 90 minutos donde un gol «sale por sorteo» (cuando sale) y el otro «por licitación».
A pesar de eso, quien diga que todo tiempo pasado fue mejor, también se equivoca. ¿Qué niño desearía vivir en una época anterior a la del incomparable doctor Sabin y su vacuna? por ejemplo. Eran épocas difíciles (sí) porque los «exquisitos Chocolates de los R.R.P.P. Benedictinos» casi no tenían competencia; porque no todos podían conseguir una botella de Anís del Mono, ni restaurarse el pelo con Royal Windsor; ni perfumarse con agua de colonia Galber. Pero extrañar una cosa no significa extrañarlo todo, y no deberíamos confundirnos. Mencionar algo no es negar el resto. Denunciar lo malo no supone que todo el resto sea bueno. El mundo no está hecho de antónimos, pero tampoco de sinónimos exclusivamente. Como bien dice Enrique Gallego en un poema: «nombrar a los pájaros no es hablar de libertad».
Hay demasiada literatura «camp» detrás de todo esto, mucha moda «Kitsch», excesivos programas radiales y televisivos que apuntan a la nostalgia, numerosos vagones para un solo tren de los recuerdos. Todo tiempo pasado simplemente fue, de la misma manera que —¡vaya verdad de Perogrullo!— todo tiempo futuro simplemente será. Pero como hoy nada empieza de cero, porque el cero ya fue antes de que nosotros fuéramos, nada será independientemente de algo que alguna vez fue. ¿Se entiende? Vayamos por partes, dijo Jack el destripador.
Quisiera dejar en claro que era bueno recibir al lechero en la puerta de nuestra casa con un jarro en la mano (a pesar de una que otra mosca revoloteando por allí); pero también es bueno comprar la leche en el supermercado, envasada en un limpísimo sachet. Sin embargo no es bueno haber dejado que la palabra perdiera seriedad, en aras del documento escrito, firmado, estampillado y sellado. No es bueno haber olvidado ciertas artesanías, dejando que la producción en serie se instalara en cada rincón de nuestro hogar. No es bueno que un videogame (o como quiera que se llamen los jueguitos de computadoras) haya sustituido al picado de fútbol en el potrero. No es bueno, inclusive, que el potrero mismo haya quedado tan lejos de las casas. No es bueno que los barriletes de plástico hicieran caer en el olvido la vieja industria casera del volantín de papel manteca.
Ya no se da aquello de que «todo está como era entonces: la casa, la calle, el río, / los árboles con sus hojas y las ramas con sus nidos». Al parecer Olegario Víctor Andrade volvió a su ámbito de infancia antes del aluvión industrial. «La casa» es hoy una playa de estacionamiento a la par de un shopping center; «la calle» es una avenida semaforizada; «el río», una cloaca al aire libre donde ni las bacterias se atreven; «los árboles» ¿qué árboles?; y «los nidos» ¿no son esas cosas redondas, como de cerámica, que vimos en el museo folclórico, mami?
A la hora de hacer el balance, creo que tomar partido por cualquiera de los extremos sería injusto: ni la tuberculosis que se llevaba al otro mundo al lánguido poeta de largas y sucias uñas era buena; ni es bueno que los niños se droguen en la escuela con su «inofensivo» tubo de pegamento vinílico. Ni el aceite de hígado de bacalao, ni las sanguijuelas importadas de Europa (por supuesto), pero tampoco las venéreas homicidas que hoy diezman el planeta. La selección, sí. La prolija selección de lo que sirve, eso sí. Lo mejor de cada época, siempre; y no la resaca homicida de todos los tiempos.
Es que, aunque nos cueste aceptarlo, hay algunas cosas que son únicas; simples cosas de todos los días que, a pesar de los intentos, no aceptan recambio.

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.