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el ombligo de piedra

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Una obra de arte de los Medici

 

Le cupo a Américo Vespucio (Amerigo Vespucci, en realidad) la extraña suerte de quedarse con glorias ajenas. La verdad acerca de si fue un hombre recto o simplemente un advenedizo es algo que seguirá descansando en el cono de sombra de la historia. No demasiado ensalzado por las crónicas de la época, ni muy citado por los textos históricos posteriores, Vespucio fue largamente distinguido con un equívoco.

Este navegante florentino trabajaba en un comercio de la familia Medici, y en 1492 (año en que Cristóbal Colón llegó al Desconocido Continente, sin saber que era un continente) fue trasladado a una sucursal de ese negocio que funcionaba en Sevilla. Al parecer fue allí donde comenzó a relacionarse con el ambiente marinero, favorecido por importantes contactos que los Medici también tenían dentro de esa actividad. Según sus propios relatos, efectuó cuatro viajes (el primero en 1497) a las costas del Nuevo Mundo, aseveración que fue puesta en duda por 99 de cada 100 lectores e interlocutores. Lo cierto es que uno de ellos le creyó (el cosmógrafo alemán Martin Waldseemüller, alias «Hylacomilus») y desde entonces nuestro continente fue rotulado en mapas y tratados como Tierras de Amerigo, lo que pronto se convirtió simplemente en América.
Se sabe que Vespucio llegó a estas tierras en 1499 (siete años después del descubrimiento) en la expedición de Alonso de Ojeda, quien ya había participado del segundo viaje de Colón. Gracias a sus contactos con el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, Ojeda consiguió organizar este viaje por las costas de la actual Venezuela, embarcando con él a Vespucio y a Juan de la Cosa (también geógrafo y autor en 1500 de la excelente «Carta de marear de las Indias»). Juan de la Cosa, antiguo dueño de la carabela «Santa María», ya había viajado con las dos primeras expediciones de Colón. Es decir que —entre Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda y Américo Vespucio— sólo Vespucio (el mayor y el más astuto de los tres) era un novato; pero a él le correspondió la gloria de bautizar con su nombre las tierras recientemente descubiertas (Colón murió en 1506, a los 55 años, todavía creyendo que sólo había llegado a la zona insular de Asia).
En ese viaje de 1499 (que es el único comprobado) Vespucio escribe, con sorprendido y curioso pudor, sobre lo «poco celosos, pero lujuriosos en extremo» que eran los nativos de las Indias, y muy especialmente «las mujeres, cuyos artificios para satisfacer su insaciable liviandad» no se animaba a referir. En definitiva, Vespucio no era más que un europeo del siglo XV, que vivía el sexo con culpa y como algo sucio, y que inmerso en un bosque de tabúes jamás llegó a ver la otra orilla. Sin embargo nunca osó hacer el mínimo juicio moral con respecto a Isabel, una india nativa de Maracaibo, que fue la compañera de Alonso de Ojeda hasta el fin de sus días.
La historia de su prima política Simonetta Vespucci, refinada descendiente de una familia genovesa de no demasiados recursos económicos, fue muy diferente.
Simonetta Cattanei, una de las mujeres más hermosas del Renacimiento, se casó a los 16 años con Marco Vespucci (primo de Amerigo) y aportó su rostro y su cuerpo a algunos de los cuadros más conocidos de Sandro Botticelli. Se supone que su desnudez, tan diferente de la de las indias del desconocido continente, no molestó ni hirió la sensibilidad de su primo.
Consagrada «reina de la belleza» en la Segunda Justa de los Medici, Simonetta fue desde 1475 la mujer más admirada de Italia. «Era tan dulce y tan encantadora que todos los hombres la loaban y ninguna mujer habló jamás mal de ella», escribió el poeta humanista Angelo Poliziano.
Muy pronto Simonetta pasó a ser la amante oficial de Giuliano de Medici (hermano de Lorenzo el Magnífico), tarea que desempeñó con extraña pasión, paralelamente a su matrimonio con el joven Vespucci, ya que fue «fiel» a ambos hombres, a la luz de la conservadora sociedad italiana del siglo XV que jamás tachó la moral de la dama de este singular trío. Hasta se dice que Marco Vespucci se sentía orgulloso de los amoríos de su esposa con personaje tan influyente; como que de eso vivía el gran holgazán.
Los Medici eran muy feos y fastuosos, pero su gran sensibilidad erótica y un manejo muy equilibrado de la política (estamos hablando sólo de Lorenzo y de Giuliano) hizo de ellos dos interesantes figuras de la época. Lorenzo fue retratado por Benozzo Gozzoli, quien no tuvo ningún pudor en pintarlo con varios centímetros menos de nariz, convirtiéndolo en un bello y respingado ángel guerrero. Giuliano fue incluido junto a su amada Simonetta en «Marte y Venus», una pintura de Botticelli, donde su nariz es vista desde abajo; y así, por supuesto, el ángulo es otro.
Lánguida, grácil, con el vientre ligeramente prominente, de cutis muy blanco, frente abombada y cabellos rizados y rubios, Simonetta Vespucci prestó su figura a algunos de los cuadros más famosos del Renacimiento. Su mirada melancólica (tan opuesta a la hermosa altivez de Cecilia Gallerani pintada por Leonardo da Vinci) es prácticamente una marca registrada para el gusto estético de entonces; tanto que, muchos años después de su muerte, su figura siguió siendo pintada de memoria por otros artistas; tal es el caso de un bello retrato realizado por Piero di Cosimo.
Simonetta falleció a los 27 años, víctima de un rápido proceso tuberculoso. Su amante Giuliano fue asesinado poco después, a los 25 años, en la conjura de los Pezzi, durante el oficio de Pascua de Resurrección.
Extraño destino, si se quiere, éste de los Vespucci, ya que Simonetta imprimió su rostro, por los siglos de los siglos, a la figura de Venus, aunque hoy muy pocos sepan su nombre o imaginen que esos rasgos de la Primavera parada sobre una concha marina correspondan a una modelo de verdad. Y a su primo le tocó en suerte todo lo contrario, ya que bautizó con su nombre a uno de los cinco continentes del planeta y es mencionado a diario por millones de personas; pero lo cierto es que muy pocos, o casi nadie, conoce el rostro del Américo comerciante y marinero.
Ambos estaban unidos de alguna manera a los Medici (monetaria o carnalmente) y ambos son parte de la historia del mundo. ¿Será que los gobernantes de Florencia, verdaderos entusiastas y promotores del arte, hicieron de estos dos modestos miembros de la familia Vespucci su más perfecta, paradójica e inmortal obra?

 

Rogelio Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.