Get Adobe Flash player

Gerbaldo

 

    

    El regalo de mi padre O Donde el minicuento se siente cómodo

 

Luis Héctor Gerbaldo

 

Cuando era un adolescente, apenas unos trece años, creo, mi padre me enseñó la clave de un truco de cartas con el que siempre nos sorprendía, un juego de magia, por así decirlo, que alguien le había confiado en su niñez. Era un pase de prestidigitación con naipes infalible, dependía de una regla mnemotécnica que debía memorizarse, una suerte de palabras mágicas que ordenaban las cartas hacían posible descubrir las elegidas por la persona que actuaba de público. Lo que tornaba el lance mucho más misterioso, fue que esas palabras eran del vocabulario latino. Al recitarlas para ubicar las cartas, me sentía como un alquimista buscando la piedra filosofal. Un legado que debía guardar, no podía decirlo a nadie. El caso es que con el jueguito me lucí ante mis amigos, no había posibilidad de error, pero claro, la facilidad del delito vuelve al ladrón descuidado. Uno de estos amigos quedó muy sorprendido por el truco, siempre se consideró muy inteligente y no podía permitirse ser tomado de tonto. Quería descifrarlo, me pedía que lo repitiera una y otra vez. Con la reiteración (y un papel y lápiz) acabó descubriendo el método, sin saber la regla pero sí cómo se acomodaban las cartas al completar el cuadro. En definitiva, y para concluir esta parte de mi reflexión, tengo que decir que mi padre me quería matar. (Una de tantas veces, es verdad).

Estoy convencido que los minicuentos y los microcuentos, si vale esta clasificación entre cuentos cortos, cortísimos, muy cortitos, muy cortísimos, se sienten cómodos en antologías colectivas, espacios donde concurren textos de similar clasificación, textos pares nacidos de varios autores, mejor si cultivan distintas herramientas.

No me atrevo a generalizar, mi forma personal de encarar un texto es buscando un desequilibrio que sacuda al lector, tengo poco tiempo, pocas palabras, si quiero su atención debo hacerlo tropezar, que deje de mirar alrededor y vea la historia. Nélida Cañas lo hace en Obediencia:

Miré a mi perra Frida a los ojos y le dije: Ahora mismo me dices todo cuanto sabes. Ella se sentó a mi lado y empezó a hablar.

Lo último que podemos esperar es a ese perro diciendo lo que sabe.

Distinta es la técnica de Patricia Nasello, lo podemos apreciar en Desnivel:

Ella observa cómo el hombre se acerca mirándola con ansias. Para medirlo, le basta. Lo sabe torpe, principiante.

-Va a intentar abordarme- piensa. Y se estremece ante la expectativa: pronto disfrutará una emoción violenta.

El hombre recorre con la vista su silueta, desde la base hasta la cumbre y comienza a escalarla.

Ella, como siempre, espera el error.

Aquí Patricia entrega palabra por palabra, nos deja el trabajo de la construcción. Es necesaria una nueva actitud del lector, esto hace al conjunto de textos lo que la perra de Obediencia, un toque de atención a quien lee.

Cuando trabajo en mis textos, imagino una línea como la que vemos en los monitores que controlan a los pacientes cardíacos, esa línea que parece monótona hasta que un latido hace que salte. La sorpresa, lo inesperado, el sinsentido,

Es una regla, más o menos flexible, que me ayuda en la construcción del relato. Algo que imagino deben seguir todos los microcuentistas, a sabiendas o no. Seguro que no usamos las mismas herramientas, los textos producidos tienen distinto color, no son iguales. Cuando un escritor de cuentos pequeños los agrupa en un libro, sucede aquello que ganó el enojo de mi padre, nos descubren, o graficado nuevamente con el monitor cardiológico, la línea quebrada por el latido se repite con regularidad, una y otra vez. Cinco palabras y saben a dónde vamos, eso produce la pérdida de interés, y la necesidad de dejar el libro por un tiempo. Seguro que le gusta al lector, pero elige leerlo de a poco, con lapsos entre lectura y lectura. Así es que creo que el lugar dónde se siente cómodo el cuento cortísimo es en las antologías colectivas, un espacio que golpea al lector con distintos juegos de cartas, los hacen interesantes, permiten que su atención alcance picos y mesetas, pero en definitiva no tienda a dejarlos.

De aquel truco de cartas que mi padre cuidaba con tanta pasión, y que no supe defender, ya nada queda, la red destruye secretos, existen sitios web que lo comentan, hasta videos donde enseñan el viejo juego adivinatorio. Los minicuentistas debemos cuidarnos también.

Nota: El truco aparece en youtube. Lo busqué para ver el video, quería volver a ser ese partenaire necesario. Me sorprendió uno de los comentarios que se leen al pie: “amigo este truco no se revela ¡Rompiste las reglas! solo se lo tienes que contar a una persona que quieras mucho” Veo que era esa la condición que hizo que mi padre me pasara la posta. Sin saberlo, me causó tristeza ver que lo difundían con video, o por haber fallado a ese cariño, no sé.

 

Luis Héctor Gerbaldo, nació en Córdoba, capital de la provincia homónima argentina en el año 1959. El autor se dedica principalmente al género del relato corto o microcuento y ha publicado en el diario Hoy día Córdoba, de su ciudad y en diversas revistas literarias digitales y de papel. Ha sido seleccionado para participar en una antología de relatos cortos preparada por la editorial Dunken. En 2008 ha sido distinguido con el premio internacional especial al Relato hiperbreve teatralizado, en el concurso patrocinado por la CIINOE, de Garzón Céspedes. Su trabajo se selecciono para ser traducido al italiano e integrar una antología que está en proceso de preparación para ser editada próximamente. Actualmente coordina un taller de escritura creativa en el Centro de Participación Comunal dependiente de la Municipalidad de Córdoba. Es también responsable del blog Canasta de letras que mantiene desde hace algunios años.