Get Adobe Flash player

NOCHE DE BRUJAS

 

BRUJAS 2

 

 

Después del Malleus Maleficarum

José Manuel Ortiz Soto

Hubo un tiempo en que las brujas no existían para la Iglesia, y aquel que afirmara lo contrario era condenado en esta vida y en la otra. Las brujas de entonces —hombres o mujeres, el género poco importaba— vivían en paz con ellas y con todos. Dentro de su creciente complejidad, el mundo se permitía ser diverso. Sin embargo, hacia el año de 1484, el papa Inocencio VIII tuvo un sueño inquietante: las brujas existían y se preparaban para gobernar. Para contrarrestar la ofensiva del mal, el jerarca de la Iglesia Católica nombró inquisidores a Heinrich Kramer y Jacob Sprengel. El resultado de sus investigaciones y enfrentamientos con las fuerzas demoniacas quedó escrito en el conocido Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas. Desde su publicación en 1487 hasta 1520 el oscuro libro se editó 13 veces, lo que vino a demostrar a los inquisidores ―y a los papas subsecuentes― hasta dónde el maligno metía su rabo.

 

 

De: Manual para reconocer brujas modernas.

Día de muertos

Paola Tena

El día de difuntos el abuelo vino a visitarnos. Mi abuela disimuló el asombro y le puso su lugar en la mesa, que adornó con flores de cempasúchil y veladoras gordas de santos. Le sirvió un plato de tamales y una taza de atole. Pero después de la cena, el abuelo no se quiso ir. Se sentó en su sillón y cogió el periódico. Mis primos se reían y preguntaban: «¿no que el abuelo se murió en la guerra?» Él se enfadaba y les respondía que estaban locos, qué muerto habían visto que le gustara tomar atole leyendo el periódico. Mi abuela sonreía feliz y hacía como que no entendía nada, y siguió disimulando desde aquel día de muertos, en que los tamales y el atole se enfriaron en la mesa.

 

El eterno disfraz del niño sin disfraz

Rogelio Ramos Signes

Era verdaderamente fantástico el cráneo del colorado "Sandalio" Bocanegra. Un fenómeno de verdad. Un inmenso zapallo plomo, con un penacho anaranjado, jugando a la pelota entre todos los chicos del barrio. Un zepelín rondando siempre el área ajena. Un cabeceador formidable.

¡Cuántas satisfacciones nos dieron sus goles! ¡Cuántos gritos de alegría! Recuerdo que, de común acuerdo, le pusimos "Sandalio" al Dalio, que así se llamaba y en verdad era un santo.
Ya entrados en la pubertad, dejamos de verlo. Pero cada 31 de octubre, no sé por qué, nos acordamos de él; de su cabeza soberbia como un zapallo, de sus ojos luminosos, de la boca negra (de su apellido) siempre abierta en un gestito de asombro.

 

El rosario de los muertos.

Ildiko Nassr

El rosario de los muertos A las 12 de la noche, ellos rezan el rosario con el mismo énfasis que utilizaron en vida. Los murmullos colman toda la habitación. Sus pecados serán perdonados.

 

Alguna danza milenaria

Patricia Nasello

Cuando me acerco siempre las miro a los ojos. Porque me abren el apetito. Y ellas siempre reaccionan igual: con miedo. Ese miedo las vuelve asesinas. No permiten que les explique. Sólo preciso que me ofrezcan su cuello unos minutos y si se quedaran tranquilas, yo chuparía su sangre con moderación, la cuota mínima, medio vaso por noche. Pero se ponen rebeldes y me obligan a ser brusco y así no puedo calcular, Hay veces que ni mirar puedo al espejo de la habitación que tengo preparada para resolver estos encuentros, que es lo que más me gusta. No es difícil atraerlas, ni siquiera debo esforzarme en disimular mi naturaleza, si algo me enseñaron los años es que cuando las mujeres están bien dispuestas, sólo ven lo que quieren ver. Es hermoso verlas balanceándose con la cabeza ladeada y las manos en alto, intentando apartarse de algo que no aparece en el reflejo. Las más desesperadas se tiran al piso, ruedan sobre sí mismas, como si estuvieran bailando alguna danza milenaria. Suelo demorarme, disfruto retrasando el momento de hincar los colmillos hasta que la ansiedad me descontrola. Cuando lo hago, todas intentan matarme. Y yo olvido que me prometí ser cauto. Succiono, trago a borbotones. Y entonces ellas, por fin, hacen lo que debieron hacer desde un principio, se tranquilizan.

 

Noche de brujas

Antonio Cruz

Cegado por el pánico, desenfundó el arma y disparó repetidas veces sobre el monstruo. Nadie le había dicho que esa noche era Halloween.

De Tío Elías y otros cuentos

 

Psalmus 56

Luis Héctor Gerbaldo

Ingresó por el ventanal, como la brisa que llega del Danubio. Pasos firmes y silenciosos. El olor a sangre de doncella le hizo palpitar los labios, apretó fuerte los colmillos y cruzó la sala iluminada solo por el reflejo lunar. Tras la puerta encontró una enorme biblioteca presidida por el hogar de la chimenea, en un rincón la joven. Fijó su mirada en ella. Como respuesta percibió el temblor del camisón. Atraído por el dulce sabor del miedo, avanzó hacia ella, pero algo rompió la fascinación y la mujer escapó por un corredor. Fue tras los pasos de la presa y entró en un gran salón; ella estaba en el centro y, con su albor, iluminaba los espejos que cubrían las paredes. "...Deum altissimum Deum qui benefecit mihi..." recitaba ya sin miedo la doncella. El vampiro comprendió la trampa. De los azogues emergieron ángeles recitando "...meam de medio catulorum leonum dormivi conturbatus filii hominum dentes...", palabras que ingresaron como púas en sus oídos. Crispó sus manos preparando las uñas. La batalla sería cruenta.

 

El fantasma

Rodolfo Lobo Molas

Cansado ya que, como todos los años en la noche del 31 de octubre, el vecino le gastara con frecuencia la misma broma de hacerse pasar por un alma en pena, lo esperó escondido detrás del rosal del jardín .y cuando apareció la fantasmal figura le atestó un fuerte garrotazo. Bajo la luz del farol, vio que la sábana caía plegándose en el suelo hasta quedar plana.

Fue entonces cuando sintió que, desde atrás, le tocaban el hombro.

 

Escorpiones en las tripas

Diana Beláustegui

Cuando tenía que verlo, no sentía mariposas en la panza sino más bien escorpiones en las tripas. Creyó que cuando la etapa de enamoramiento cesara, los escorpiones se calmarían, pero no sucedió. Durante las noches escuchaba cómo hacían sonar sus tenazas en un ritual escalofriante; parecían hambrientos o, tal vez, tan enamorados como ella.
Lo solucionó con una cena de por medio. A los escorpiones, les envió su amado, en pequeños trozos gratinados en aceite de oliva.
Con el tiempo, comenzaron a controlar su vida sentimental. Cuando pasaba mucho tiempo sin enamorarse, solían subir por la tráquea para espiar por entre los dientes.
Cuando estaba sola, los escupía y los mataba a zapatillazos; pero si había gente, trataba de disimular para que no la consideraran una anormal, así que pedía humildemente un vasito con agua y se los tragaba con disimulo.
Le gustaría saber cuántos hay en su interior, así que ahora entrena a uno que ella misma recogió de su patio. Le ha fabricado un lápiz chiquitito y un anotador en miniatura. Tiene la esperanza de tenerlo domesticado en unos cuantos meses más. Le pondrá un cartelito en la solapa de su trajecito y se lo tragará para que realice un censo de sus inquilinos.
Tener escorpiones en las tripas es más caótico que mariposas en la panza.