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 El ombligo de piedra

 

 

  EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Notas al pie, o al zapato

Se dice que Nerón calzaba botas de cuero con suelas de oro el día que, derribándola a patadas, asesinó a Popea. Para entonces el calzado tenía tras de sí una brevísima historia en lo que se refiere a su condición de arma mortal, pero no en lo que respecta a su evolución como elemento protector del pie. Esta historia, al parecer, comenzaría hace 17.000 años, según dibujos encontrados en una cueva en el noreste de España, donde pueden apreciarse a un hombre y a una mujer del Paleolítico calzando botas. De allí a las sandalias iraníes (por entonces persas) de hace 5.000 años, sólo hay un paso. Y tolérese lo obvio de este chiste, que en verdad no lo es. 

Al igual que algunos aborígenes de la parte occidental de nuestro país, los egipcios de 3.000 años atrás también trenzaban las hojas secas de algunas plantas y con ellas fabricaban su calzado. Éste, similar a pequeñas embarcaciones, protegía los pies del ardiente suelo del desierto. De esa manera las callosidades plantales del hombre primitivo, corriendo tras su presa, ya habían quedado atrás. 

Algún tiempo después el papiro de las sandalias fue sustituido por suelas de madera y allí, poco más poco menos, sentó sus reales el zueco, que todavía es uno de los calzados más populares en algunas regiones de Europa. Pero nadie, según los estudiosos del tema, logró superar en ductilidad, idea de funcionalidad y osadía a los zapateros etruscos, verdaderos antecesores de griegos y romanos en este tema.
Nuestros aborígenes, mucho más prácticos, descubrieron lo que sería el antecedente de las actuales zapatillas. Los indios del Amazonas, cansados de soportar el rigor del suelo selvático, hacían tajos en los troncos de árboles de caucho y colocaban sus pies bajo el denso chorro que les brindaba la naturaleza. Con el líquido solidificado alrededor de sus pies, ya era otra la historia. Y aunque nada sabemos acerca de cómo se deshacían de aquello y de cómo eran sus costumbres higiénicas, podemos imaginarlas, sobre todo cuando hoy un adolescente se saca sus ultramodernas y cerradísimas zapatillas (patonas, todoterreno, con balizas y espejo retrovisor) delante de nosotros.
La paquetería y el poder, por algún extraño motivo que caería fuera de mis muy mensurables conocimientos, siempre se exteriorizaron en el atuendo y, muy particularmente, en el calzado. Las botas de piel, bordadas con hilos de oro y de plata e incrustaciones de piedras preciosas, usadas por Carlomagno y por su hijo Luis Debonaire, son hoy un clásico de ampulosidad; un dislate de agresiva ostentación. La nobleza, tal vez por sentirse segura de que su cabeza estaba en el cielo en contacto con lo divino, se veía obligada a buscar un fusible válido que la uniese a la tierra. De mentalidades tan elementales sólo se podía esperar que pensaran en (o con) los pies. Inmodificables éstos, fue sencillo trasladar esa preocupación al calzado. Luis XIV de Francia, a la vez que no descuidó su cabellera, se hizo fabricar unos zapatos de tacón alto que fueron la envidia de las cortes europeas. El invento fue bien recibido por los hombres públicos de baja estatura. Nuestro presidente Nicolás Avellaneda, por supuesto, agradecido. El cantante Elton John, también agradecido. Otro hombre público, y ya en el siglo XX, impuso la moda de los zapatos de dos colores. Debemos a Eduardo VIII, duque de Windsor, cosa de tan dudoso buen gusto.
Si bien, con algunas variantes, todo calzado protege al pie por arriba, no todo es lo mismo en su contacto con el suelo. Desde las exageradas plataformas de madera de los zuecos hasta las finísimas plantas de seda de las zapatillas de la antigua realeza, profusamente bordadas, el camino ha sido «largo y sinuoso». Ni hablar de los zapatos con clavos para andar en la nieve (necesarios en última instancia), o de las elevadas sandalias paduka de la India, o de los fantásticos zapatos con calefacción del yugoslavo Misha Rabovic, donde el pie se mantiene a 30 grados centígrados.
De haber sido por los zapatos de Enrique III de Inglaterra, terminados en agresiva punta de aguja, nunca hubiesen tenido éxito deportes como el fútbol. Las plataformas de corcho del coturno, usado en las tragedias por los actores de la antigüedad, no dejaban dudas acerca de que en los escenarios se mostraban los problemas de la vida cotidiana «con mucha altura». Las botas del siglo XVII, con protectores de rodillas similares a las monteras de nuestros gauchos del noroeste, son todo un exceso; las botas de mujer abotonadas en una docena de ojales cada una, también se exceden y más parecen una sotana que un calzado cotidiano. Sólo la práctica babucha turca ha logrado sobrevivir en la forma de las actuales pantuflas, así como el borceguí bizantino (tan diferente al borceguí franco-merovingio que prensaba la pantorilla como un matambre) que antecede a cierto zapato con caladuras.
Aunque el calzado fue inventado para proteger los pies, no siempre fue ése el uso que se le dio. Desde el siglo XIII y hasta fines del XIX las mujeres chinas debieron calzar gien lin, pequeñas botas que impedían el crecimiento normal del moldeable pie de las niñas. Se dice que esta moda nació a partir de los zapatos que usaba la emperatriz Taki, nacida con los pies contrahechos, y que fue eso lo que favoreció la copia. Otros aseguran que esta atrocidad se habría originado aun tres siglos antes como imitación de una bailarina, amante del emperador Li Fu, que tenía los pies muy pequeños. Lo cierto es que esta estupidez hizo que durante cientos de años la mujer china se bamboleara «graciosamente» al caminar y que eso fuese considerado como un rasgo del infinito encanto femenino. No sé si alguien se detuvo a pensar en el tormento que habrá sido para esas pobres mujeres tener que soportar sobre el finísimo canto de unos pies deformes todo el peso del cuerpo, pero lo cierto es que alguien dijo «basta». ¡Caramba con estas mujeres confucionistas (o budistas o taoistas o mahometanas o cristianas) que se dan por bien servidas con el bíblico y merecido peso de parir con dolor!
Parafraseando el viejo proverbio que dice «más vale solo que mal acompañado», podríamos arriesgar un «más vale descalzo que mal calzado». Por eso es que pienso ahora en el rotito chileno (en el típico rotito chileno, como en un cuadro de costumbres), que tal vez sabedor de esos martirios, a pesar de su pobreza, sale a bailar con alegría una saltarina cueca. Y «a pata pelá».
Larga, muy larga, es la historia de los pies. Dicen los libros, y en esto coinciden todos, que habría comenzado con un hombre saliendo dos veces de un río; la primera vez, dejando cuatro marcas de agua (como cuatro murciélagos al vuelo) sobre una piedra; y sólo dos marcas (en forma de riñón) la segunda vez. Es un cuento evolucionista y alegórico muy antiguo, que se pierde en las «espesas brumas del tiempo». Brumas tan espesas (según dicen) que los ojos de aquel hombre, ya erguido, jamás volvieron a ver lo que sucedía a la altura de sus viejos pies. 


RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.