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El ombligo de piedra 

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

LA COLUMNA DE ROGELIO RAMOS SIGNES

Capturando el alma por la imagen

No siempre quien inventa algo se hace una idea de la importancia que puede llegar a tener su obra. Paralelamente, no todo lo inventado tiene por qué ser trascendente. La imprenta es un invento importante, el automóvil también lo es, y los aviones y la radio y cosas aparentemente pequeñas como el abrelatas o las lapiceras con carga incorporada o el sistema de sifón de los inodoros también lo son. En cambio no es importante el cepillo de dientes a pila ni el llavero con sensor que responde al silbido; al menos, no para todas las personas.

La fotografía tal vez sea uno de los inventos más fantásticos de la historia, y su propia historia ya es larga. Pero cuando en 1826 Nicéphore Niepce hizo la primera toma desde la ventana de su cuarto de trabajo en la Borgoña francesa, no alcanzó a imaginar el alcance de su invento; y murió pobre. Los techos de un granero y un palomar (expuestos durante ocho horas sobre una placa de estaño cubierta con betún) fueron los modelos de la primera imagen fotográfica; mientras que a Niepce sólo se le ocurrió pensar que aquello que estaba inventando sólo sería adecuado para reproducir automáticamente los dibujos de su hijo Isidoro. Tal vez por eso murió sin conocer el halago del dinero.

Quien sí le vio las posibilidades al invento de Niepce y se enriqueció con ello fue Louis Daguerre, aportando -además de hacerse famoso- su nombre al primer sistema fotográfico: el daguerrotipo.
Daguerre, que durante tres años se mantuvo en contacto epistolar con Niepce, terminó asociándose con éste en 1829; pero no tuvieron éxito. Niepce murió en 1833 y Daguerre abandonó el proyecto durante seis años para retornar a su actividad de químico, escenógrafo, pintor y equilibrista de circo.
En 1839, y siempre partiendo de la base inventada por Niepce, Daguerre incorporó una placa cubierta por una emulsión de plata donde la fijación de las imágenes se realizaba con mayor nitidez y más rápidamente. Patentó el invento a su nombre y buscó el auspicio de Jean Aragó, un científico que terminó contactándolo con el gobierno. El éxito fue total. Todos los dueños de ópticas quisieron contar con esa promisoria novedad y terminaron montándose las «mágicas cajas oscuras» en plazas y paseos, frente a iglesias, monumentos y palacios. El daguerrotipo invadió Francia y, al ingresar en los Estados Unidos de Norteamérica, trascendió a nivel mundial.
Daguerre, nombrado Oficial de la Legión de Honor por el gobierno francés, recibió una pensión vitalicia y consiguió que Isidoro Niepce (hijo de Nicéphore) también disfrutara de la suya.
A partir de allí la historia de la fotografía se vuelve vertiginosa. En 1840 Edmond Becquerol fotografía grabados coloreados; Henry Talbot, más o menos por entonces, logra las primeras imágenes en positivo blanco y negro sobre papel sensible (esto ocurre en Inglaterra); en 1847 Abel de Saint Victor inventa la placa de cristal albuminado, combinando ioduro de potasio, clara de huevo y nitrato de plata; en 1856 Louis Mante inventa la foto color en tres tonos (tricromía); Charles Cros y Louis du Hauron, cada uno por su lado, insisten en ese terreno; en 1860 el italiano Angelo Secchi logra fotografiar las protuberancias del Sol, dando un paso importante no tanto en la historia de la fotografía como en el campo del conocimiento científico; en 1887 los alemanes Mietke y Gaedicke inventan el flash mezclando magnesio, clorato de potasio y sulfuro de antimonio; en 1888 el estadounidense George Eastman lanza al mercado la película monocromática en carrete, compatible con todas las máquinas, e inventa la cámara instantánea Kodak; a principios del siglo XX el alemán Heinrich Künn vuelve a insistir con la fotografía color, ya olvidada por entonces, y logra excelentes resultados a partir de la película inventada por los hermanos Lumiére. Pero la foto color deberá esperar todavía cinco décadas más para popularizarse, con una difusión notable a partir de la década del 50, hasta ir desplazando poco a poco a la maravillosa fotografía en blanco y negro. Ésta, con su encanto monocromático que acentúa y dramatiza las sombras, a la vez que magnifica los espacios de luz y da a los grises todo el valor de la gama, ha quedado reducida a dos o tres usos puntuales: algunas fotos en diarios (por la rapidez de trabajar en laboratorios incorporados a las propias editoriales) y una buena parte de la fotografía artística (donde el color difícilmente puede alcanzar la profundidad que el blanco y el negro le brindan a una toma de muy cuidada estética) que seguirá siendo monocromática por un tiempo.
Pero aun acatando todo eso, todavía hay quienes se resisten a ver en la fotografía un lenguaje artístico, argumentando que sólo es una copia mecánica de la realidad; y eso sería atribuirle al todo sólo lo intrínseco de las partes. Lo que sí habría que destacar es que, a partir de la popularización de la fotografía, la pintura debió buscar otras formas, volverse no figurativa, escapar cada vez más al realismo, marcar las diferencias frente a una realidad que (ahí sí, tecnología mediante) ya no podía dar un paso atrás.
Desde aquella fotografía color (la primera destinada a un periódico) donde la adusta pareja real danesa de entonces posa para un fotógrafo en 1907, hasta las fotografías instantáneas que millones de personas sacan a diario en todo el mundo, ha corrido mucha agua bajo el puente de un siglo que vio demasiadas cosas.
Una escoba descansa contra una puerta en una fotografía de Talbot en 1844. Una hermosa mujer (de pelo aquinchado) posa para Gaspard Félix Tournachon en 1854. La enigmática Sarah Bernhardt sonríe, sutil y distante como una Mona Lisa contemporánea, para una toma de Félix Nadar en 1862. Dos cigüeñas a punto de aparearse son captadas por Ottomar Anschütz en 1871. La exhausta Miss N (o como se llame) accede a hacer las veces de modelo ante la insistencia de Gertrude Käsebler, del grupo Photo-Secession en 1903. El artista peruano Martín Chambi, de origen indígena, fotografía una audiencia en la Corte Superior de Cuzco en 1920. Henri Cartier-Bresson (en la década del '40) resuelve instantáneas que serán eternas. Este, a grandes rasgos, es el camino más notable de la fotografía.
Pero, a pesar de los 170 años largos que nos separan de la foto inicial tomada por Niepce, seguimos considerando la fotografía como una técnica reciente. Nos sorprende ver a algunos personajes históricos (de esos «inmortalizados por el frío del bronce») en alguna toma centenaria, en plena acción, en copia fiel de la realidad. También nos sorprenden algunas temáticas que, por alguna equivocada razón, suponemos más actuales.
Y así es como en una historia de la fotografía, sin pruritos, tanto podemos ver en un daguerrotipo de 1840 a Mariquita Sánchez de Thompson (por entonces de Mendeville y viuda de Thompson, de 64 años, reposada, alejada ya de su combativa participación en las invasiones inglesas y de las tertulias que dieron origen al Himno Nacional), como también podemos ver, en otro daguerrotipo aproximadamente del mismo año, una escena pornográfica entre tres prostitutas. Y como bien dije sin pruritos, se entiende (supongo) que el original de la primera toma se guardará en algún museo, mientras que el otro pertenecerá a alguna colección particular non sancta; pero para la historia de la fotografía, tanto un ejemplo como el otro tendrán el mismo valor.


Rogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.