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Gerbaldo

 

TALLERES LITERARIOS EN CÓRDOBA

Amor eterno o touch and go

Por Luis Héctor Gerbaldo*

Exclusivo para Tardes Amarillas

"Tengo muchísimas ganas de ir a tu taller, pero hace tanto que estoy con ella que me da pena dejarla, ya sé que hacemos siempre lo mismo y que no avanzo, pero es una referente de la poesía."

"Necesito participar de talleres, porque si no tengo el incentivo no escribo."
"En los talleres encuentro gente joven, eso me renueva."

Ahora los que no lo dicen, pero lo hacen: participan dos o tres reuniones del taller, cuando les toca exponer su trabajo lo defienden con uñas y dientes, no asimilan las opiniones más elementales, a la próxima reunión ya no se presentan.
Desconozco la situación de los talleres literarios en otras ciudades, y no tengo la intención de hacer un estudio comparado al respecto, sí quisiera aportar a una visión sobre la situación en la ciudad de Córdoba. Para comenzar, es necesario saber que cuando se quiere participar de un taller, ya sea por iniciativa propia o recomendación, se encuentra frente a un paisaje complicado. Primero no encuentra dónde consultar, el camino para encontrar talleres es en verdad dificultoso, las tan usadas redes ayudan en la tarea, un poco googleando, un poco consultando bibliotecas, asociaciones de escritores, o un amigo que tiene un amigo, puede llegar a encontrar un pequeño ramillete de posibilidades. La elección se hace tan dificultosa como el camino transitado para encontrar las posibles, sucede que por su inherente informalidad, los talleres son a medida de quien los coordina, poesía, narrativa, ambos, corrección. Algunos se extienden por todo el año, otros de un par de meses, ajustados a un tema en particular. Unos orientados a adultos mayores, otros juveniles.
Una vez superado estos primeros escollos, hay que dar el primer paso, participar. La cantidad de talleristas en las reuniones es absolutamente variable, hay talleres con mucha participación, separados en niveles de experiencia, y otros con reuniones que no superan los cinco o seis asistentes. ¿Cuál elegir? Cuando la participación es extendida, se encuentra que el taller deja de ser, no hay teoría y práctica a la vez, sino que el tiempo solo alcana para que cada participante, a veces no pueden todos, lea su texto y sea discutido entre los presentes. La práctica en realidad se realiza en los domicilios. ¿Malo o bueno? Ni lo uno, ni lo otro, una forma más que toman estos núcleos de aprendizaje. La práctica de escritura en el lugar tiene la presión de la inmediatez, la creación forzada, los textos en general carecen de complejidad, pero tienen la virtud de que el coordinador puede evaluar cómo se produce, y ayudar al participante a encontrar su camino para escribir. Cuando se indica un tema disparador para realizar una producción durante la semana, el tallerista puede no encontrar su voz, no comprender lo que se pide, frustrarse por su producción. Cuando llega a la reunión, le cuesta exponer lo producido, encuentra los textos leídos superiores a los propios, aunque no lo sean, quedan a un paso de la deserción. Cuando no hay separación de niveles por experiencia, el novato tiene acceso a la experiencia de los más antiguos. Que no sea un motivo de desmerecimiento de su trabajo es la tarea del coordinador.
A primera vista se podría decir que cuanto más experimentado y reputado, como escritor, sea el coordinador, el taller deberá ser de mayor calidad, lo que es absolutamente cierto, pero a veces produce un influjo dominante sobre el asistente, éste lo sitúa en una posición inalcanzable, un trono al que es en vano aspirar, solo se trata de hacer un buen papel. En Cartas de color, Les Luthiers dicen: "El reverendo O'Hara tiene muy buena voz, y ha enseñado su técnica a todos los integrantes del coro. Oyéndolos, se nota que todos ellos cantan como el reverendo..."
Creo no equivocarme al pensar que en los talleres de escritura, o talleres literarios, (los de lectura, también literarios, tienen otras consideraciones), así como existe una oferta diversa y variable, no sostenida en el tiempo, la demanda es también diversa, desde aquel "vi luz y subí", al joven que quiere ser escritor. ¿Pueden imaginarse un grupo taller conformado por tan dispar concurrencia? Cualquiera sea la actitud del coordinador, se produce un enfrentamiento entre quien busca una actividad social y el que no quiere perder tiempo, solo le interesa avanzar en su carrera. Una vez más, el resultado no es ni uno, ni otro.
Analizando estos extremos, primero vemos los que buscan socializarse, en general este grupo está formado por personas mayores, que luego de jubilarse se encuentran con tiempo libre (y sueños nunca realizados, algunos), algunos relacionados con la lengua por su actividad docente, otros porque siempre quisieron escribir y lo postergaron, luego los que solo buscan conocer otras personas. Hace un tiempo leí un artículo sobre adultos mayores que sufrieron una larga internación, donde al egresar del hospital se dan con un vacío existencial, lo que produce un estado depresivo, de absoluta dependencia. Recomendaba, entonces, incentivarlos a participar de talleres de cerámica, literarios. ¿Literarios? Los coordinadores de talleres literarios no son personas aptas para recibirlos, no son necesariamente docentes, son escritores que asumieron el desafío de transmitir su experiencia, no se dedican al taller porque signifique un ingreso económico importante. En definitiva, personas que no están interesadas en mejorar su escritura, nada más que hacer amigos, y luego recorrer los encuentros de escritores en busca de camaradería. Para ellos el taller cumple funciones de club social.
En el otro extremo nos encontramos con el prototipo de joven que quiere ser escritor, como profesión. Por lo general llega al taller luego de golpearse contra la carrera de letras, donde ingresaron con mucho entusiasmo, creídos que ser licenciados en letras modernas es un equivalente a escritor. Esto no se aclara en el ingreso, es la carrera de letras, no de escritor. De pronto se ve sumergido en estudios formales sobre literatura, pero que no sacian su necesidad de desarrollarse en la escritura. Hace unos años, en 2014, Clarín se hizo eco de las expresiones de Hanif Kureishi, donde aseguraba que pagar para aprender a escribir es un absurdo, Andrés Hax, autor del artículo, planteaba la contradicción del escritor, ya que él mismo era profesor en la carrera de escritura creativa. Cuando leí el artículo recordé que Abelardo Castillo había llevado al papel su primera y frustrada experiencia en lo que podría llamarse un taller literario. También parecía una contradicción, ya que Castillo dirigió uno de los talleres literarios más emblemáticos de Buenos Aires. Todo tiene su explicación, y la expone el mismo funcionamiento de éste taller: el ingreso era restringido, para acceder se debía presentar un texto que era evaluado, también estaba restringida la edad, según Castillo las personas de más de 35 años ya saben lo que quieren. Para resumir, no soy catedrático, no podría pontificar en el tema, solo transmitir mi experiencia, el taller no hace escritores, sí puede formarlos, enseñar tips archiconocidos: uso de verbos, adjetivación, etc. En otras palabras, una ayuda para poner los patitos en línea. Envueltos en este panorama, los aspirantes a escritores sobreviven en los talleres sustentados por su necesidad de expresarse.
Como ya dejé sentado, éstos son extremos entre los cuales existe una gran variedad de casos, tantos como personas participan de talleres, no hay dos iguales, aunque sí es posible un agrupamiento algo caprichoso, pero que se ajusta a mi experiencia: Por un lado los que crean un vínculo con el taller, o su coordinador/a, tan estrecho que no le permite ni siquiera analizar el cambio a otro taller, aunque éste le permita avanzar en otros aspectos de la escritura. Lo que llamo "amor eterno", esa comunión con el grupo, o con su director, donde solo pensar en mudarse a otro tiene ribetes de traición. Actitud imperdonable. Luego los cultivadores del "touch and go", participan del taller un tiempo, luego se van, ingresan a otro, regresan, buscan grupos que se ajusten a ellos, coordinadores que le digan que su producto está bien, o tomando un poco de cada uno para crear su propia idea de una buena producción. Para los coordinadores, cualquiera de los dos grupos son un dolor de cabeza, el primero porque luego de un par de años es muy difícil motivarlos con una novedad, todo lo que el escritor puede transmitir de experiencia ya se entregó; el segundo, con su alta movilidad, no permite planificaciones a mediano plazo, hace que el grupo tenga picos de participación, y momentos de vacío creativo.
Por último, sobre los talleres de escritura, creo que cubren una necesidad de quienes se atreven a asomarse al mundo literario, pero no son condición obligatoria, un escritor que se está formando puede lograr lo mismo investigando, participando de cafés literarios, relacionándose con el medio. Pueden tener su "amor eterno", o practicar el "touch and go", o simplemente tomar el pulso a los movimientos literarios del lugar, pero siempre debe ser un creador libre, no condicionarse con lo que encuentra en su paso, sino terminará escribiendo "como el reverendo"

Luis Héctor Gerbaldo, nació en Córdoba, capital de la provincia homónima argentina en el año 1959. El autor se dedica principalmente al género del relato corto o microcuento y ha publicado en el diario Hoy día Córdoba, de su ciudad y en diversas revistas literarias digitales y de papel. Ha sido seleccionado para participar en una antología de relatos cortos preparada por la editorial Dunken. En 2008 ha sido distinguido con el premio internacional especial al Relato hiperbreve teatralizado, en el concurso patrocinado por la CIINOE, de Garzón Céspedes. Su trabajo se seleccionó para ser traducido al italiano e integrar una antología que está en proceso de preparación para ser editada próximamente. Actualmente coordina un taller de escritura creativa en el Centro de Participación Comunal dependiente de la Municipalidad de Córdoba. Es también responsable del blog Canasta de letras que mantiene desde hace algunos años.