MICRORRELATOS DE ESTHER ANDRADI

Selección: Mariano Cuevas

Esther Andradi 

Esther Andradi es escritora, ha vivido y trabajado en diferentes países. Nació en Ataliva, un pequeño pueblo de la provincia de Santa Fe, Argentina, y en 1975 emigró al Perú, donde fue reportera, columnista, y jefa de redacción. En 1980 viajó a Europa y se radicó en Berlín (Occidental). En 1995 regresó a Argentina y vivió ocho años en Buenos Aires. Desde 2003 vive y escribe en Berlín. Sueña con un túnel que conecte Buenos Aires y Berlín, de manera que sea posible pasar rápidamente de una metrópoli a otra. En sus textos emprende a menudo semejantes traspasos entre uno y otro mundo, reflexiona sobre los cruces y márgenes, sobre aquello que se pierde en la travesía. Y también lo que se gana. Publicó crónica, ensayo, poesía, microficción, cuento y novela. Sus relatos fueron editados en numerosas antologías y en diferentes idiomas. Sus crónicas sobre cultura, memoria y migración se publican en diversos medios de América, España y Alemania. Tradujo la poesía de la poeta alemana negra May Ayim al español. Editó la antología "Vivir en otra lengua", pionera en la construcción de un espacio para la literatura latinoamericana que se escribe fuera de las fronteras de los países de origen. Ha sido traducida a varios idiomas, últimamente al islandés. KLAK ha publicado en 2016 la traducción alemana de Mi Berlín. Crónicas de una ciudad mutante.

METAMORFOSIS

Ahora soy una hierba doméstica. Pero supe ser salvaje. Orgías fueron aquellas: no te puedo explicar la de bichos que entonces se balancearon entre mis lianas. Nada que ver con el perejil en que me he convertido.

 

YA NO PUEDE CAMINAR
Así como me ves, soy protagonista de un clásico de la literatura universal. Y el cancionero popular evoca floridamente mi especie en un corrido que ya quisieran otras.
Pero no soy vanidosa.
En el fondo siempre he sido una correcta empleada pública, atenta a los desechos de un sistema que me prefiere muerta.
¿Y a mí que me importa?
Total, tengo parientes en toda la Vía Láctea.

CABRAS

Rompieron las cercas, derrumbaron los muros, desmontaron las jaulas, destruyeron el orden y huyeron hacia el monte.
Entonces descubrieron que no todo es orégano.
Qué dicha.

VINO

Mi cara se parece cada vez más a una pasa.
Las arrugas me visten la sonrisa de lomo de tortuga, el llanto de crisálida, la seriedad de pasa nomás.
Por eso bebo tanto. Para macerarme en alcohol y así poder tragarme.
Lástima que no puedo sobornar al espejo.
Pero quizá termine disolviéndome en saliva, acogiéndome al privilegio de las hostias.

ESCRITO EN LA PIEL

Estaba escrito en mi piel que un día iban a descubrirme. Pero ellos, incapaces de leer los mapas, tardaron años en darse cuenta que lo comestible de mí no eran las flores ni las hojas ni el tallo sino mi raíz, el tubérculo. Pero igual: era Europa, y yo había dado la vuelta al mundo.
Reyes y ejércitos se rindieron a mis pies, literalmente, porque sólo accedían a mí de rodillas sobre los campos. Los indios conocían todos mis parientes, varios centenares y de todos los colores y gustos, porque en casa siempre fuimos promiscuos, gracias a dios.
Ahora la tecnología me quiere reducir a un par de primos, de piel amarillenta y despintada, sosos, en una norma de laboratorio. Pero yo, que estuve en todas acá abajo, sueño con conocer el universo y no les voy a dar con el gusto.
No soy ninguna papafrita.

LAS HOJAS MUERTAS

I

El dinero ¿fue árbol? ¿De qué especie están hechos los billetes? ¿De frutales o robles?
¿O será ése el secreto árbol del conocimiento y dios el gran banquero?

II

Más respeto, que mañana cada hoja mía puede ser un euro, dijo ese árbol cuando le pasé al lado.
Verde. Como un puñado de dólares.

III

Las acciones se van al purgatorio. Las hipotecas al Infierno. Sólo el Paraíso es para los billetes: allí se vuelven árbol del conocimiento, y la serpiente se caga de risa.

MEMORIA CAFUNÉ

Siendo pequeña intento distraer a mi madre de su trabajo.
Sólo necesito que me mire, pero ella lava.
Aferrada a su falda, no puedo controlar mis piernas y me abro la frente al chocar violentamente contra la piedra del lavadero.
Sangre, grito, miedo, llanto.
Me queda una cicatriz, que con los años, se ha ido ocultando bajo el cuero cabelludo.
Cada vez que nos vemos, mi padre me acaricia la cabeza hasta encontrarla. Me recuerda los efectos colaterales del deseo.