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ANTOLOGÍA DE POESÍA SANTIAGUEÑA – Homero Manzi 

Selección y notas: Antonio Cruz

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Homero Nicolás Manzione (Añatuya, provincia de Santiago del Estero, Rep. Argentina, 1 de noviembre de 1907 – Buenos Aires, Argentina, 3 de mayo de 1951). Más conocido por su nombre artístico, fue poeta, letrista e música popular argentina, guionista cinematográfico, catedrático y periodista. Es injustamente recordado como letrista de tango pero nadie puede dudar de su inmensa capacidad poética. Entre sus letras más recordadas por el ambiente tanguero argentino hay obras memorables como Sur, Milonga Triste, Malena, Discepolín y un sinfín de letras más que se transformaron en clásicos de la música del arrabal. En 1934 adquiere su seudónimo definitivo; por esos tiempos, también crea piezas memorables pero también acompaña el incipiente desarrollo del cine argentino. Trabaja como periodista radial, e incursiona en la crítica cultural en las páginas de la revista "Micrófono" (1934-1935). En el ámbito musical, su mayor logro fue lograr la revalorización de la milonga con letras como "Milonga sentimental", "Milonga del novecientos" y "Milonga triste" que habrían de transformarse en clásicos de la música popular urbana. Los 44 años que vivió Manzi le alcanzaron también para ejercer la cátedra, para incursionar profusamente en el cine y para una intensa y azarosa militancia gremial y política, que concluyó con su adhesión al peronismo.

Definiciones para esperar mi muerte

Puedo cerrar los ojos
lejos de las pequeñas sonrisas que conozco.
Escuchando estos ruidos recién llegados.
Viendo estas caras nuevas.
Como si de pronto
los mil lentes de la locura
me trasladaran a un planeta ignorado.
Estoy lleno de voces y de colores
que juraron acompañarme hasta la muerte
como amantes resignadas
al breve paso de mi eternidad.
Sé que hay recuerdos que querrán abandonarme
sólo cuando mi cuerpo hinche un hormiguero sobre la tierra.
Sé que hay lágrimas largamente preparadas para mi ausencia.
Sé que mi nombre resonará en oídos queridos
con la perfección de una imagen.
Y también sé que a veces dejará de ser un nombre
y será sólo un par de palabras sin sentido.
Estoy lleno de voces y de colores.
Unas veces recogidos en el sonambulismo de la marcha.
Otras, inventados tras mi propia soledad.
Con ello se integrará un cortejo final de despedida.
Se cambiarán en lágrimas y palabras piadosas.
Pero hoy, en medio de lo que todavía no he podido amar,
evoco a los marinos encerrados en las paredes altas de la tormenta;
a los soldados caídos sobre las yerbas lejanas;
a los peregrinos que duermen bajo la sombra de árboles innominados;
a los niños que yacen contemplando el yeso de los hospitales
y a los desesperados, que entregan el último gesto
frente al paisaje final e instantáneo de la demencia.

Buenos Aires colina chata

Sobre una colina chata
Garay trazó cuatro vientos;
por un costado La Pampa,
al otro lado un Riachuelo
y el río contra la espalda
y contra el pecho el desierto
con su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Garay trazó diez manzanas
sobre un cuadrado perfecto
y el sitio de las campanas
y el lugar de su gobierno
y las casas capitanas
y los tejados modestos
y el ámbito de la plaza
para los grandes recuerdos.
Garay trazó con su espada
la forma de un pueblo nuevo.

¿Cómo era la pampa aquella
sin gauchos y sin cencerros,
sin chinas, ranchos, ni güeyas,
sin boliches ni puesteros?
¿Cómo era entonces La Pampa
sin estancias ni potreros,
sin una sola guitarra,
sin el ladrido de un perro?...
¿Sin un mazo de baraja,
sin el grito de un resero,
sin un fogón y una casa,
sin un mate y sin un cuento?...

Sólo era una pampa pampa,
con un desierto desierto
y su horizonte de paja
y su techumbre de cielo.
Qué raro que se quedaran
los españoles aquellos,
atados a las distancias
clavados a los silencios.
Tal vez porque ya eran otros
distintos de los primeros.
Tal vez porque ya eran criollos
a fuerza de sufrimientos.
Porque llegaron del norte
inaugurando senderos
madurados por los soles
y las lluvias de febrero.

Discepolín

Sobre el mármol helado, migas de medialuna
y una mujer absurda que come en un rincón ...
tu musa está sangrando y ella se desayuna ...
el alba no perdona ni tiene corazón.
Al fin, ¿quién es culpable de la vida grotesca
y del alma manchada con sangre de carmín?
Mejor es que salgamos antes de que amanezca,
antes de que lloremos, ¡viejo Discepolín!...

Conozco de tu largo aburrimiento
y comprendo lo que cuesta ser feliz,
y al son de cada tango te presiento
con tu talento enorme y tu nariz;
con tu lágrima amarga y escondida,
con tu careta pálida de clown,
y con esa sonrisa entristecida
que florece en verso y en canción.

La gente se te arrima con su montón de penas
y tú las acaricias casi con un temblor...
Te duele como propia la cicatriz ajena:
aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor.
La pista se ha poblado al ruido de la orquesta
se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín...
¿No ves que están bailando?
¿No ves que están de fiesta?
Vamos, que todo duele, viejo Discepolín...

Arrabal

Arrabales porteños
de casitas rosadas
donde acuna los sueños
el rasguear de las guitarras.

Donde asoma la higuera
sobre las tapias,
adornando los muros
con sus fantasmas.

Sombra,
telón azul del suburbio
donde se juega el disturbio
cuando un amor se envenena
y al dolor de la traición,
se hace rencor,
rencor y pena.

Sombra,
donde los labios se juran
mientras la noche murmura
con su voz de bandoneón.

Arrabales porteños,
en tus patios abiertos
las estrellas se asoman
y te bañan de silencio.

Y la luna amarilla
siembra misterios
caminando en puntillas
sobre tus techos.

Abandono

Llega el viento del recuerdo aquel
al rincón de mi abandono
y entre el polvo muerto del ayer
también volvió tu querer.
Yo no sé si vivirás feliz
o si el mundo te ha vencido
viviendo sin querer vivir
buscás la paz de morir.

Duda de tu ausencia y de mi culpa
pena de tener que recordar
sueño del pasado que me acusa
manos que no quieren perdonar,
dolor amigo de estar con tu sombra
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran
las voces muertas que se obstinan en volver.

Ya no sueño que retornarás
al fracaso de mi vida
ni tampoco que en tu palpitar
tendré un afán para andar.
Sólo quiero que si estás también
en la cruz del abandono
sepas olvidarme en su perdón...
Total, mirá lo que soy.

Pena de tu ausencia sin retorno
pena de saber que no vendrás,
pena de escuchar en mi abandono
voces que me acusan al llegar.
Dolor amigo de estar con tu sombra
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran
las voces muertas del ayer feliz.

La fotografía que ilustra la nota fue tomada del sitio Web http://argentinatango.es/