2006-04-A

    

Hay minificciones que no son banalidades

Guillermo Bustamante Zamudio*

Exclusivo para Tardes Amarillas

 

Una publicidad (comentada por Violeta Rojo durante el VI Congreso Internacional de Minificción), invita a escribir un cuento breve a propósito de cierta bebida alcohólica, no destilada, de sabor amargo, que se fabrica con granos de cebada germinados. Hacer una minificción es cosa de aflojarse un poco con una cerveza y “soltar la mano”. Hoy, entre las listas de tales textos, hay anécdotas triviales y chistes cuya escritura y disfrute no requieren de mayor capital cultural.

De hecho, en el IX Congreso Internacional, alguien propuso incluir los “memes” en el canon (o “cajón de sastre”, en este caso). Hoy es dominante la idea de la minificción como un texto sin género (desgenerado, impuso genialmente Violeta Rojo). Pese a las discusiones al respecto, en el fondo, no queremos darle un estatuto; buscamos el regocijo juvenil (que algunos prorrogan durante toda la vida) de poner en cuestión las clasificaciones y, para eso, le suponemos unas características de la posmodernidad. Por eso, metemos en el conjunto cualquier cosa, con tal de que sea breve. Ese no es un criterio, pero es compartido por muchos.

Ahora bien, entre los textos que todos los de la logia aceptamos como minificciones, hay unos que no son banalidades. Más bien provienen de una síntesis cultural amplia y compleja. Ejemplo: “Inferno I, 32”, de Jorge Luis Borges (por convención, lo llamaré “cuento”):

Inferno I, 32

Desde el crepúsculo del día hasta el crepúsculo de la noche, un leopardo, en los años finales del siglo XII, veía unas tablas de madera, unos barrotes verticales de hierro, hombres y mujeres cambiantes, un paredón y tal vez una canaleta de piedra con hojas secas. No sabía, no podía saber, que anhelaba amor y crueldad y el caliente placer de despedazar y el viento con olor a venado, pero algo en él se ahogaba y se rebelaba y Dios le habló en un sueño: Vives y morirás en esta prisión, para que un hombre que yo sé te mire un número determinado de veces y no te olvide y ponga tu figura y tu símbolo en un poema, que tiene su preciso lugar en la trama del universo. Padeces cautiverio, pero habrás dado una palabra al poema. Dios, en el sueño, iluminó la rudeza del animal y éste comprendió las razones y aceptó ese destino, pero sólo hubo en él, cuando despertó, una oscura resignación, una valerosa ignorancia, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de una fiera.

Años después, Dante se moría en Ravena, tan injustificado y tan solo como cualquier otro hombre. En un sueño, Dios le declaró el secreto propósito de su vida y de su labor; Dante, maravillado, supo al fin quién era y qué era y bendijo sus amarguras. La tradición refiere que, al despertar, sintió que había recibido y perdido una cosa infinita, algo que no podría recuperar, ni vislumbrar siquiera, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres.

El título se refiere a la línea 32, del capítulo I del Infierno, primera de tres partes de la Comedia de Dante Alighieri, texto que tiene unas 600 páginas (para escribir el cuento en mención, no basta con una cerveza, o con el ingenio momentáneo de una oportuna broma). La línea 32 dice: «un leopardo liviano allí surgía». En el poema, el felino le vedó al poeta cierta senda y lo obligó a tomar otra, donde se topó con el alma de Virgilio, la cual lo guiará por el Infierno y por el Purgatorio. Según el cuento, el leopardo figura en el poema de Dante, a razón de que éste lo vio un número determinado de veces. Esta experiencia, según el cuento, dará una palabra el poema: simbolizará la lujuria, aquella que apartó a Dante de la virtud (según nota de Ángel Crespo en la Comedia). Pero, en el cuento, el leopardo es algo más: como está en prisión, se ahoga su instinto, algo en él se rebela. Entonces, Dios le habla en un sueño —no obstante ser un rudo animal— y le revela que existe para que Dante ponga una palabra en el poema. Pese a que el leopardo acepta ese destino, después en él sólo queda una oscura resignación, una valerosa ignorancia, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de una fiera. Ahora estamos en la maquinaria del mundo, algo que entiende Dios, que le explica al leopardo, pero que éste, tras haber aceptado ese destino, de todas maneras, no entiende. La simplicidad de una fiera no está hecha para esa complejidad.

Después viene Dante. Quizá estos asuntos sean comprensibles para un hombre, que no se reduce a un impulso común a todos, como es el caso del leopardo: todos sus congéneres, como él, anhelan amor y crueldad y el caliente placer de despedazar y el viento con olor a venado. Dante, en cambio, como todo hombre, quiere algo singular: no todos los hombres quieren escribir la Comedia. No obstante, pronto va a morir y no ha sido justificado y está sólo. Nótese que la realización del leopardo está en el caliente placer de despedazar, algo que no podrá hacer, pues vive y morirá en la jaula. En cambio, la justificación de Dante es un reconocimiento de los demás hombres: que digan, por ejemplo, que le dio consistencia al italiano moderno, al haber escrito la Comedia en toscano, y no en la lingua franca: el latín.

Vuelve, entonces, Dios a intervenir: en un sueño, le declara el secreto propósito de su vida y de su labor. Dante entra en la maquinaria que Dios tiene preparada para el mundo, mediante el trabajo en el poema, que duró 17 años (un poco más de un tercio de su vida). Por eso, Dante supo al fin quién era (el doctor y farmacéutico, político y poeta de daría luz a la Comedia) y qué era (un utensilio en el arreglo divino del universo). Por eso, bendice sus amarguras: lo que ha padecido tiene un sentido. Sin embargo, también a Dante, después del sueño, se le escapa lo entregado, porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres. Acá el plural es importante. El animal no tiene nombre, puede estar representado por cualquier ejemplar de la especie; el hombre, en cambio, tiene nombre —Dante—, no es reemplazable por ningún otro. Y mientras la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de cualquier fiera, lo es para los hombres, pero por razones singulares.

Esta magistral minificción no es una banalidad, no es un meme, no es un chistecito del momento. Requiere de un considerable conocimiento de la literatura y —al menos— una participación en la discusión filosófica sobre el determinismo, no sin una ironía excelente y una escritura intachable.

 

Guillermo Bustamante*Guillermo Bustamante Zamudio nació en Cali, Colombia, en 1958. Es licenciado en Literatura e Idiomas y Magíster en Lingüística y Español. En 2002, obtuvo el Premio Isaacs con su libro Convicciones y otras debilidades mentales y en 2007, su libro Rolesganó el Tercer Concurso Nacional de Cuento de La Universidad Industrial de Santander.Junto a Harold Kremer, ha sido un cultor del minicuento en Colombia a través de la fundación y dirección de la revista Ekuóreo y las antologías Antología del cuento corto colombiano, Los minicuentos de Ekuóreo y Segunda Antología del cuento corto colombiano. Ha publicado los libros de microrrelatos, Oficios de Noé, en 2005; Libro sobre microcuento, en 2008; escrito a dos manos con Harold Kremer y Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia, en 2008. Varios de sus cuentos componen antologías de microrrelatos en Colombia e Hispanoamérica.

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