el ombligo de piedra

 

 

  

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Los libros de la mala memoria

Entre los libros más leídos de los años 70 se encontraban aquellos que trataban temas referidos al sexo, en ediciones casi siempre españolas, mexicanas o colombianas y en traducciones de originales estadounidenses. Muchas encuestas dudosas, muchos reportajes fraguados, muchas conclusiones caprichosas llenaban volúmenes de cientos de páginas. Era lo único que se podía leer sobre el tema y, al parecer, tenía que alcanzar. 

Los militares que gobernaban (el verbo en realidad es asolaban) el país, habían prohibido los textos políticos más interesantes, las obras literarias de buenos autores a los que ya previamente habían hecho desaparecer, la narrativa y la poesía erótica (por milenaria que ésta fuese), los ensayos sobre temas urticantes como libertad, democracia, derechos humanos, filosofía comprometida y también las biografías de líderes políticos de izquierda. Ellos pensaban que se podía vivir sin todo eso, y estaban en lo cierto: se podía vivir, pero se vivía mal. Llegó a cuestionarse la lectura de un clásico como Fuenteovejuna de Lope de Vega; o sea que los comentarios huelgan. Lo que no pudieron prohibir, porque había grandes intereses internacionales detrás de esa industria, fueron los libros presuntamente serios referidos al sexo; la cosa escrita que, en espíritus débiles, sustituía de alguna manera a la prohibidísima literatura pornográfica.
En esas obras, presentadas con una sobriedad que verdaderamente convencía de sus buenas intenciones, el lector podía enterarse de que las universitarias de Harvard preferían el sexo oral, que los olores y las secreciones del cuerpo humano repugnaban al 24,6% de la población asentada a la vera del cordón industrial, que el 11% de los hombres mayores de 30 años pensaban en relaciones anteriores durante el acto sexual o que el sentimiento de culpabilidad después del orgasmo atacaba tanto a hombres que no concluyeron la enseñanza media como a mujeres con algún estudio de posgrado. El sexo en números, eso era lo que importaba en aquellos años, tras una más que permisiva década del 60 volcada al amor libre y sin culpas. Y dije números y no centímetros, ya que esto último es una preocupación del hombre de todos los tiempos, está adherida a sus temores más ancestrales y salpica con su estigma a todos por igual.
Los títulos eran alentadores o inquietantes: No hace falta experiencia; El gallo satisfecho; Espinas en el lecho de rosas; ¿Qué es eso que llaman amor?; Mordiendo el cebo; La mujer y su cuerpo; Sexualidad, autoridad papal y conciencia; El mito masculino; El enigma femenino; Don Juan con la cola entre las patas o Casi como nueva. Si el lector llegaba a creerse lo que leía, podía terminar convenciéndose de que «los hombres son criaturas insensibles y bastante brutales», de que «las mujeres sexualmente experimentadas intimidan a sus parejas», de que «el camino hacia el corazón de un hombre pasa por el pene» o de que «la inhibición de las mujeres ante el sexo hace que traten de complacer al hombre en vez de liberarse y sacar el mayor provecho de la experiencia». Y si bien en un instante más o menos distendido, como éste, todo suena serio o falso al mismo tiempo, lo cierto es que en el momento en cuestión la teoría se va por la borda. 
«¿Qué le irrita más durante el acto sexual?», pregunta el doctor Anthony Slugger (que puede ser el sobrenombre de algún John Smith). El 12% de los encuestados contesta «Que la mujer me critique». Y yo me pregunto ¿cómo hacen las mujeres para criticarnos en ese momento? ¿Por qué hacen esas cosas y ante quiénes las hacen?
Incansable, vuelve a preguntar el doctor John Smith (que puede ser el alias de algún Anthony Slugger): «¿Cuál es para usted el aspecto más desagradable del sexo?», a lo que el 8% de los encuestados responde: «Los preparativos». Y yo vuelvo a preguntarme ¿cómo será hacer un maravilloso viaje sin armar primero las valijas?
Lo cierto es que en Estados Unidos, y siempre remitiéndonos a la sapiencia del doctor de marras, el 30% de las mujeres negras (perdón, hoy se dice afroamericanas) de entre 40 y 54 años critica a sus parejas, sin compasión alguna (en actos de desoladora privacidad y sin tener en cuenta las acciones colaterales de esta actitud de inexplicable crudeza), contra sólo el 4% de las mujeres blancas (¿se sigue diciendo blancas?) que también se ensaña con su sojuzgada y tontula pareja, en condiciones idénticas a las anteriormente apuntadas. Acusar de racista al doctor Slugger sería como escupir a la cara de los Embarazosos Dioses Mitológicos de la Inseminación In Situ.
Pero esa literatura, con resignación o con agrado (sospecho que nunca lograré saberlo) se editaba y se vendía bien en aquellos días de sangre, fuego y desapariciones de los años 70 en nuestro país, al sur del Cono Sur. La buena literatura erótica de todos los tiempos estaba más que prohibida.
Absurdo Nº 1: ¿cómo alguien puede decidir qué deben leer los demás?
Absurdo Nº 2: ¿cómo alguien que no lee puede decidirlo?
Mientras tanto, en algún rincón vergonzoso de la despensa, salvándose del fuego (por un milagro o por un milímetro) se amontonaban a la espera de tiempos mejores las profundas observaciones de Boccaccio, las picardías de Chaucer, las osadías de Aretino, algún texto de Brântome, las novelas solapadamente filosóficas del Marqués de Sade, los relatos de Maupassant, algunos axiomas de Balzac, clásicos muy clásicos como los epigramas de Marcial y de Juvenal, escritos casi sagrados de la India y variopinta cosa más.
No creo que se tratase de algo orquestado con seriedad. Supongo, sí, que a partir de alguna orden de llana mojigatería, surgida de las alturas del poder, fue ampliándose y enriqueciéndose la cadena de prohibiciones gracias al «buen entender» de una serie de funcionarios subalternos (funcionarios de genitales insatisfechos y caja craneana cerrada por vacaciones) sin que algo escrito los autorizara específicamente. Buenas canciones y excelentes películas quedaron en el camino, pero llegaron a autorizarse algunas superproducciones innecesariamente desvergonzadas, sólo porque una empresa de peso las financiaba. Ya se sabe que entonces, que hoy y que siempre, el dinero elastiza la moral y el buen gusto. Un hombre pobre que cantara acompañado de su guitarra un tema de esos que desnudan problemas sociales insolubles tenía que ser carne de hoguera. Una obra con capitales poderosos que pusiese a la misma altura de Dios tanto los vicios privados como las virtudes públicas era un bien a mostrar y difundir. ¡En fin!
Es que la literatura erótica (equivocadamente pornográfica para ciertos críticos de uniforme) siempre fue «cosa de putas». ¿Para qué negarlo? Nunca una mujer de mala vida podría ser la heroína de una obra artística; ése era un espacio reservado a la virtud.
Lo cierto es que en el lejano horizonte donde la realidad y la fantasía se juntan, un hombre muere para lavar nuestros pecados. Al pie de la cruz, donde Cristo finaliza su agonía, una virgen y una prostituta (que reclaman ese cuerpo exánime) simbolizan la constante dualidad del ser humano. ¡A esa historia habría que prohibirla!

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.