2006-04-A

¿Una microficción de F. Nietzsche? (Guillermo Bustamante Zamudio)

 (Especial para Tardes Amarillas)

No sé si es grave la falta de llamar microficción al escrito de un filósofo. Hay quienes reservan ese nombre para cierto tipo de texto que se separaría tajantemente de todo lo anterior; es decir, que no nombra fábulas clásicas, apólogos orientales, etc.

Pero, la actitud que embriaga al autor de microficciones, ¿distingue épocas?, ¿no pudo haber arrebatado también a escritores de otros tiempos? En pos de la conversación sobre el estatuto del género, consideremos el escrito de alguien que escribió en siglo XIX, sin pretensiones literarias… De todas maneras, las pretensiones no hacen la obra; a veces es al contrario: según André Gide, la mala literatura se hace con buenas intenciones.

Otro agravante: se trata de un fragmento…y algunos exigen considerar textos delimitados por el comienzo y el fin dados por el autor. Aceptémoslo, pero también que numerosas determinaciones confluyen al escribir, produciendo diversos planos. El título, por ejemplo, es un texto agregado a otro, con nuevos fines. Igual para dedicatorias, notas de pie de página, bibliografías; incluso prefacios, introducciones y presentaciones, escritos muchas veces por otros autores. Con todo, quizá ésta sea la lista más evidente de paratextos, pues habría otros diferenciables mediante recursos menos formales.

La fábula clásica, por ejemplo, escrita como un todo, separa un texto y una enseñanza. No niego que la primera parte tenga que ver con la segunda, pero sí afirmo que son relativamente independientes, al punto que, si se elide la moraleja, los lectores podrían construir otras, dado que hay varios juicios posibles sobre el primer texto (sobre todo cuando no nos ponemos serios)… de manera que el juicio explícito es apenas uno de los posibles. Algunos relatos de Perrault incluyen dos moralejas, ya con una distancia irónica frente a las clásicas. Así, desde la escritura misma, se insinúa la disociación, hasta desaparecerla moraleja en las fábulas modernas.

Pues bien, Sobre verdad y mentira en sentido extra moral abre con un pequeño texto. Al concluirlo, Nietzsche dice: “Así podría alguien inventar una fábula…”; con lo que, a su juicio, se trata de un texto que goza de cierta independencia:

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer.

Parece tener las características que asignamos al microrrelato. Al menos, la más evidente: parte de un estado (En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares…) que, en determinado momento, se altera (hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento) y termina cuando se repone cierta estabilidad, en tanto la contingencia desaparece (Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer). En medio, hay un juicio del narrador: Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto.

Ahora bien, se narra desde los giros copernicano y darwiniano: de un lado, hay muchos sistemas planetarios, sin posición privilegiada; ahora las estrellas no rigen el destino, están desparramadas. Y, de otro lado, nuestra especie es contingente (el final lo prueba);no hay solución de continuidad entre las formas vivas: los que inventaron el conocimiento, si bien son inteligentes, son animales.

Ahora bien, paradójicamente, estas ideas no se consideran altaneras y falaces, pues forman parte del acervo del lector. Son para nosotros (incluyendo al narrador) una ventana al mundo. Cuando —según Josué— Jehová dijo: “Sol, detente en Gabaón; Y tú, Luna, en el valle de Ajalón”, y, efectivamente “el Sol se detuvo y la Luna se paró”, también se hablaba desde un saber según el cual el Sol daba vueltas a la Tierra, como la Luna. Es decir, el conocimiento del narrador es condición necesaria para contar; pero el saber del lector hace posible el juicio del narrador sobre el conocimiento (Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”).

Copérnico sacó al ser humano del centro del universo y Darwin, del centro de la vida. Golpes al narcisismo humano, los llamó Freud; él mismo se adjudicaba el descentramiento psicológico, al que Nietzsche quizá acá se adelante un poco al considerar el conocimiento como un invento falaz. Pero, ¿saldrá de ahí la especie?; según la fábula, sólo cuando llegue a su fin material. En tanto fábula, la de Nietzsche intenta educar a sus lectores: la historia no termina meramente en que los animales inteligentes perecieron, sino en que hubieron de perecer(otra versión castellana: “tuvieron que morir”). Tal vez una breve moraleja, intercalada de forma subrepticia en el cuerpo del texto.

La vida, efímera y contingente, desvirtúa la altanería y justifica una actitud modesta. Pero, ¿tiene esto un destinatario?, ¿para quién existen esas “breves respiraciones de la naturaleza”? Según algunos, las respiraciones de Brahma forman un universo en contracción-expansión alternante y eterna. Por su parte, los físicos ya calcularon en 65 mil millones de años el tiempo entre un punto que explotó (big-bang) y la futura contracción en un nuevo punto (big-crunch)… una cifra abarcable para aquel que percibe—como el narrador de la fábula— las “breves respiraciones de la naturaleza”. Sin un horizonte (evidente o tácito), la fábula no tendría sentido; sería como la del niño que cuenta: “había una vez una vaca y se murió”.

En cambio, cuando se dice que había una vez una especie altanera, y que por eso se murió, el tono cambia. ¿No hay en la microficción —al menos en algunas— este tono de una reflexión subyacente?

Sobrevive —gracias a lo cual tenemos relato— quien pondera el final de los altaneros, aquel para quien el tránsito del hombre por el universo es, a fin de cuentas, sólo un minuto. Nosotros, en cambio, podemos permanecer sumergidos en la indiferencia de nuestra ignorancia —como piensa Nietzsche—, convencidos de la grandeza de nuestras falaces ideas, y morir sin enterarnos de que Brahma respira.