El ombligo de piedra 

 

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes

Profecías y lluvias ácidas

 

Que este no es un mundo para gente impresionable, es una verdad tan grande como obvia. Que si nos tomamos en serio todo lo que vemos o escuchamos nuestra expectativa de vida se reducirá considerablemente, también es una verdad inmensa. El exceso de información innecesaria que nos inoculan a diario es imposible de digerir; sólo tamizándola a través de un cedazo de malla bien abierta es posible que lleguemos a captar alguna porción de la realidad.

Agoreros de toda pelambre pululan por el planeta a la caza de incautos; y aunque suene a delirio paranoico, nada me saca de mis trece. El miedo es un buen negocio y hay quienes quieren aprovecharlo porque los tiempos corren con mucha prisa.

Cada día asistimos (a veces sin saberlo) al momento culminante, al instante vislumbrado como el fin, o bien al fin del fin. ¡En fin! Lo cierto es que el mundo sigue andando (igual que cuando los ojos de ella se cerraron), pero ¿hasta cuándo?
Millones de lectores crédulos, o de analfabetos crédulos (es casi lo mismo) expanden a diario las noticias de la catástrofe: el mundo se termina, el final es inminente. Parece que ya estaba clarito en las premoniciones de la Gran Pirámide; a partir de 1936, en cualquier momento, volábamos por los aires; a partir de 2001 todo será posible (¿hasta otra novela de Clark?) y a partir de 2030 entraremos en una nueva era, o callaremos para siempre. Claro que los cálculos de los entendidos indicaban a 1962 como el año del cambio, de la transición, de la reconstrucción espiritual. Que yo recuerde, ese año aparecieron Los Beatles, pero jamás se me hubiese ocurrido atribuírselo a la Gran Pirámide, o a Herodoto, o a Paracelso, o a Keops, o al arquitecto Imhotep.
Los estudiosos del siglo XVI (con su idea del solo rey, la sola ley y la sola fe) descubrieron que un tal Nostradamus, que escribía unas cuartetas más oscuras que la noche, anunciaba el porvenir. Murió Enrique II, Luis XVI huyó a Varennes, vino al mundo Napoleón (que no dio la talla, que se sintió el mesías, que fue casi calvo y que se casó con una dama extranjera), nacieron Hitler, Franco, Mussolini, Pinochet y Massera, se inventaron el aeroplano, el automóvil, el cine, el periscopio de los submarinos, las rotativas y el teléfono. Todo se le atribuyó al oráculo mágico de Nostradamus quien, como no se conformaba con cosas chicas, también predijo el fin del mundo: una guerra descomunal, sin vencedores pero con todos vencidos, nos borraría del planeta en julio de 1999; esa fue la última mala nueva desenmascarada. Hasta el minuto anterior dudé acerca de si podría escribir estas líneas. Pero, una vez más, la cosa no fue en serio; y quienes se la creyeron y reservaron una platea frente al cinemascope de las grandes catástrofes, deberán esperar todavía un poco más. No queda otra.
Los que gustan de las cosas lúgubres también se sintieron atraídos por la lista de 111 Papas que escribió el irlandés Malaquías (a la postre, Santo) allá por el siglo XII. El número 110 es el actual Papa polaco (antipapa para Malaquías) y sólo resta el siguiente de la lista, que reinará hasta el nombramiento de Pedro el Romano. ¿Será otra forma de hablar del fin del mundo, o sólo del fin de la Iglesia? Supongo que ambas posibilidades se darán en el alargue. No creo que vayamos a los penales.
Sobre este punto algunos insidiosos lectores de La Biblia suman su puñado de dudas, manejando a vaivenes políticos muy concretos una serie de presagios que están entre los temores del hombre desde que el mundo es mundo. Bella literatura es el relato bíblico y muy hermoso texto el Apocalipsis de San Juan (supuestamente profético y harto denso) pero todo puede convertirse en discurso interesado, al margen de la materia, que es una. No es lo mismo decir «salven nuestras almas» (save our souls) que decir «salven nuestro barco» (save our ship), aunque los dos pedidos configuren el mismo S.O.S. Por contraposición no es necesario poner en distintas posiciones un libro para extraer de él diferentes lecturas. Sólo hacen falta dos lectores para hacer de un solo libro dos libros diferentes. Manipular los conocimientos para convertirlos en algo que sirva a los fines de la fe, es un trabajo que mucha gente lleva a cabo desde siempre.
Si es verdad, como suele repetirse, que «la fe es una creencia ilógica a la espera de algo improbable», el mundo está lleno de paraguas abiertos a la luz del sol.
A la hora de creer, creo en el ciclo de reproducción de los vegetales; creo en la polinización, con todo su aporte ecológico; creo en la miel; en la nieve y en la cristalina agua de deshielo que produce en complicidad con el sol; en la belleza del lapislázuli, la fluorita y las ágatas; en el niño que intenta su primera palabra; en la música que perdurará a pesar de todo; en el olfato de los perros; en la capacidad de tracción de las huellas dactilares; y hasta creo en mi propia capacidad creativa, cuando la depresión no me juega una mala pasada. En lo que respecta al fin del mundo y a las múltiples profecías que lo tienen agendado en año, mes, día y hora, creo que la contaminación radiactiva le dará la razón a alguna de ellas. Creo también que los seguidores de todos los visionarios proféticos leerán eso a su manera, asegurarán que se ha cumplido lo dicho (o escrito) y desviarán algo de agua a su molino; pero será tarde, supongo, porque estamos hablando del FIN.
El hombre que habitó el siglo XX e ingresó en el XXI con todos sus vicios y con todos sus defectos, influyó perjudicialmente sobre la biosfera. La contaminación creció a diario en los grandes centros urbanos; la deforestación creó nuevos desiertos; los ríos arrastraron desechos, produciendo epidemias; y el mar, enfermo de muerte agonizó (y agoniza) lentamente. Sin árboles, sin aire, sin agua pura, la supervivencia en el planeta parece una pretensión absurda. Plaguicidas, aerosoles, derivados del petróleo y alimentos sintéticos también hacen su aporte, y ahí es donde me pregunto: las profecías que hablaban del fin del mundo ¿se referían a esto?; su oscuro lenguaje de «Marte reinará por buena dicha» ¿está relacionado, o no, a la destrucción?; la guerra profetizada ¿es la guerra diaria que genera la moderna «economía de mercado»?
Este es un tema sobre el que nadie puede arrogarse la última palabra, ya que siempre queda la esperanza de que el hombre se tome cinco minutos para razonar. Este es un tema para preocuparse y pensar, tal vez sentados en la galería de nuestra casa, mientras los desechos radiactivos, liberados en las explosiones nucleares y finalmente desintegrados, caen en forma de sutilísima y simpática llovizna sobre el paisaje que nos rodea.

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.