MICRORRELATOS DE JACQUES STEMBERG

 

Jacques-Sternberg

 

 Jacques Stemberg, (Amberes, 1923 – París, 2006) De origen judío y nacionalidad belga-francesa vivió con su familia en diversas localidades galas, hasta que el clan finalmente se instaló en Cannes.

Emigró nuevamente a España donde fue detenido junto a su familia y enviado al Campo de Gurs. Escapó durante un traslado, aunque su padre falleció en Majdanek.
Después de la guerra regresó a Amberes donde se inicia en su carrera como escritor con la elaboración de microrrelatos.
Fue fundador del Grupo Pánico, junto a Alejandro Jodorowsky, Roland Topor y Fernando Arrabal, entre otros,
Entre sus obras podemos destacar "Futuros sin futuro" y "Cuentos Glaciales"

EL EMPLEADO DE CORREO

En los diez años que había vivido enjaulado detrás de la ventanilla, al fondo de la vasta oficina de correo, el empleado no había recibido una sola queja.
Recibía, canjeaba, entregaba, anotaba, estampillaba, sellaba, firmaba, contaba y devolvía. Todo lo hacía con una calma perfecta, sin el menor nerviosismo y siempre afable, cortés, sonriendo sin pausa a vecinos, a clientes, a vigilantes, al mundo entero, a todas las cosas, a él mismo... A su día de trabajo. Ante todo, su trabajo, que el empleado juzgaba una tarea muy fastidiosa, pero soportaba gracias a una pequeña obsesión estrictamente personal.
Porque el empleado, en efecto, hace diez años que comete cada noche, antes de irse, lo que se llama un delito cotidiano: un gesto que se ha vuelto obligatorio, una razón de vivir.
Todas las noches introduce en su valija un fajo de cartas escogidas al azar. Se las lleva, vuelve cuanto antes a su hogar, arroja las cartas sobre la mesa, las abre con ansiedad y cada noche, desde las nueve hasta el amanecer, las responde, una por una, sin olvidarse de una sola, sin escribir una palabra a la ligera.

 

LOS ESCLAVOS
En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.
Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.
Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

 

LA SANCIÓN
Los delitos allí son diversos, pero la sanción es una, siempre la misma.
Se introduce al condenado en un túnel interminable, se lo deja entre los rieles de una vía ferroviaria. El condenado sabe bien lo que le espera y se larga a correr. Escapa. No contempla otra alternativa. Pero huir es imposible porque el túnel no tiene fin.
El condenado corre y corre, hasta perder el aliento, incluso hasta perder la vida.
Puede afirmarse, sin embargo, que ningún tren ha circulado nunca por aquellas vías.

 

LA TEJEDORA
Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.
Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre manos una enorme bola de lana.
La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

 

LA MOSCA
El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.
Tardaron más de una hora en sacar el primer cadáver de los restos del hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.
Era una mosca.
-Mierda -pensó-, nunca más me subo a un coche.

 

LOS MARCIANOS
Hacía mucho tiempo que se hablaba de ello... Hasta que al fin, una mañana, los marcianos llegaron a la Tierra, a los suburbios de una gran ciudad donde fueron acogidos con simpleza.
– ¿Ustedes vienen de muy lejos? -preguntaron los terrícolas, que todavía ignoraban quiénes eran.
– Venimos de la Tierra, somos terrícolas.
– ¡De la Tierra! Pero, ¿dónde creen que están?
– Creemos que llegamos a Marte -respondieron con igual simpleza.

 

EL ATAQUE
Serían las once de la noche. Hacía un calor sofocante en la cama; un calor denso y húmedo, algo repugnante.
Yo escuchaba la radio de los vecinos, que berreaba un último concierto.
En ese instante sonó aquella música.
Una música cuyo trasfondo parecía confuso, aunque en primer plano pude oír con claridad el regular martilleo de un tam-tam obsesivo y monocorde.
Creo recordar que sonreí y, sin habérmelo propuesto, imitando a un cazador acorralado, me tendí boca abajo, oculto en algún pantano tropical, e imaginé el ruido que tarde o temprano se acercaría, los gritos que de súbito podían estallar, los pasos y...
Después oí aquel ruido seco; algo acababa de clavarse contra un objeto duro... Palpé la pared, casi sin querer. Entonces la segunda jabalina impactó en la pared, a tan sólo centímetros de mí.