MICRORRELATOS DE JORGE ARIEL MADRAZO

 

Madrazo

  

JORGE ARIEL MADRAZO (Buenos Aires, 1931 – Buenos Aires 2016). Poeta, narrador, periodista. Entre los años 1976 y 1983 se exilió en Venezuela, donde vivió en Caracas. Entre sus libros pueden destacarse: Breve historia del bolero (ensayo, 1980), Espejos y destierros (poesía, 1982), Blues de muertevida (poesía, 1984), Ventana con Ornella (narrativa, 1992), Piedra de amolar (poesía, 1995), Mientras él duerme (poesía, 1997), El Anticristo (ensayo. Madrid, 2005), La mujer equivocada (narrativa, 2006), De vos (2008), Quarks (minificción, 2009), Gardel se fue a la guerra (novela, 2011), Ayer decías mañana" 2012), De vos/De toi (París, 2014), Lo invisible (2014). Su novela Gardel se fue a la guerra (2011), recibió el Primer Premio "Eduardo Mallea" Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires) y el ensayo. Invitado a numerosos encuentros poéticos internacionales Sus trabajos han sido traducidos a numerosos idiomas (macedonio, italiano, inglés, catalán, portugués y francés entre otros). Fue miembro honorario de la Academia de Letras del Nordeste del Brasil e integró el Consejo de Redacción de la Revista Trilce (Concepción, Chile). Recibió Premio Nacional-Regional en poesía. En 2014 fue distinguido con el Premio Rosa de Cobre a la trayectoria, por la Biblioteca Nacional de la República Argentina.

 

LOS PIQUETEROS PÁLIDOS
Aquel día, un grupo de muertos argentinos (quiénes, si no) resolvió protestar; entendían que la cosa era injusta, y algo de razón tenían. Aparte de la carta documento al jefe del Más Allá se lanzaron a bloquear nubes celestiales y vereditas de rescoldos humeantes; apoyados por el gremio de camioneros fallecidos armaron tal despiporre que el Supremo y Satán, ambos a una, debieron negociar: cada año, un núcleo selecto de esos muertos made in Argentina vuelven por una semana al terruño. ¿No alcanzó a verlos, esos hombres y mujeres más bien paliduchos a los que todo, aquí abajo, les parece una maravilla y hasta hablan bien del país?


ESTÁS IGUALITO
Lo encontré por la calle. Al Andrés. Siglos que no lo veía. Fuimos a tomar un café.
Sendos cafés, bah. Esos días yo había pensado en él, el Andrés adolescente que repartía dulce de leche. Me contó: tenía una fraccionadora de lácteos. ¿Casado? Sí, con Inés, la compañerita de la Escuela 14 Consejo Escolar 20. Pucha, qué linda charla. Me dio su tarjeta. Hoy, pasada una semana, recordé que Andrés fue chupado por los milicos en el 76. Corrí a buscar la tarjeta. Sólo dos palabras: "estás igualito". Se borraron mientras las leía.

 

EL LEÓN
Plegó las patas, al acecho. Alzando la cabeza oteó el aire, husmeó el viento: olía a presa segura. Ah, sí, allí, perfilado en el horizonte, tembloroso por la intuición del peligro, se erguía el cervatillo. Al verlo se encogió y reptó con la seguridad del depredador. Mientras saltaba intentó un rugido victorioso. Le salió un chirrido que no asustaría ni a una anciana. El salto fue de cinco centímetros. Su compañera lo miró con lástima. No había caso: aquel grillo, más loco que una cabra, se empeñaba en creerse león.

 

PROPIEDADES DEL COLIBRÍ
-Diga su última voluntad -conminó el jefe del pelotón.
-Deseo que cada soldado piense durante cinco minutos en un colibrí.
Así lo hicieron. Luego, ninguno osó oprimir el gatillo.

 

AZUCENA DEJÓ EL PIE
El señor Litis decidió no dejarse carcomer, ya más, por su amor obsesivo a la señorita Azucena. De modo que cuando oyó el pregón del vendedor del elixir del olvido, corrió a comprarle un frasco, el último disponible. Una cucharada y la cabeza de Azucena se borró de su mente febril; otra, y se disiparon los senos deliciosos. Y así, en su alma atormentada fueron extinguiéndose los brazos de seda, la cadera pletórica, los muslos resbaladizos, una de las piernas de gacela, enseguida la otra. Y un piececito y... advirtió, con angustia, que no le quedaba más elixir. El señor Litis tuvo que cargar en su corazón, hasta el fin de sus días, el pie derecho de Azucena, el más adorable y afelpado.

 

CHERCHEZ LA FEMME I
Labios gruesos, palpitantes; senos que desbordan la blusa y obligan a subir la mirada hasta sus ojos, o bajarla para que acaricie las manos perfectas: inventar a esa mujer exigió menos esfuerzo que el de ponerse a su altura.

 

DEJARLA IR...
Guardaste en gavetas y estantes los mínimos objetos de tu mujer, muerta. Cada tanto abrías aquellos compartimientos para estudiar, con desvelo, los muñequitos de metal y madera, el prendedor que remedaba un guerrero africano, el par de guantes de cabritilla hechos un guiñapo, hombreritas, monedas aptas para evocar el viaje a Europa, cuadernos y recetarios y partes médicos. Hasta que un día comprendiste: no se trataba de que no supieras qué hacer con aquellos bienes privados y atesorados por años como una culpa. Ocurría que ellos debían cumplir obligatoriamente su período en el limbo. Para aprender, también, a irse.

 

NOSTALGIA Y HOSPICIO
Ella me reprendía, entre carcajadas: "¡Cállate, tú eres demasiado loco...!" La extraño tanto, hoy, en mi hospicio de alhucemas...

 

 

La fotografía que ilustra la presente nota fue tomada del sitio Web Festival Internacional de Poesía de Granada. Link:
http://www.festivalpoesianicaragua.com/2015/02/02/los-versos-de-jorge-ariel-madrazo-desde-argentina/