el ombligo de piedra

 

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA

 La columna de Rogelio Ramos Signes

Las modas de La Moda

 

El 11 de noviembre de 1837 aparece en la ciudad de Buenos Aires lo que podría considerarse la primera revista argentina: La Moda. Este «gacetín semanal», según estimaban sus propios editores, tocaba temas afines a la música, la literatura y las costumbres de la época. Aparecieron veintitrés números hasta el 21 de octubre de 1838, y si bien no sabemos si logró convertirse en el medio de expresión del «Bello Mundo Federal», como prometía satíricamente antes del primer número, sí podemos comprobar que cumplió con la periodicidad de una revista semanal. Pero ¿quiénes estaban detrás de ella? ¿quiénes daban la cara o quiénes la escondían, según su propia conveniencia? Juan María Gutiérrez (director), Rafael Jorge Corvalán (editor) y un tal Figarillo (es decir: Juan Bautista Alberdi) eran los responsables de La Moda. Estos jóvenes apasionados, fieles a la consigna de «reformar y regenerar», rendían culto a la inteligencia, parapetaban con su comportamiento las teorías de Saint Simon, vivían con pasión el momento histórico que les tocaba vivir, criticaban a su manera el gobierno de Juan Manuel de Rosas, y militaban (a pesar de sus gustos personales) en la etapa más humanitaria y social del Romanticismo.

Decididamente contrarios a España y a todo el pasado español que engrillaba los albores de la historia americana, se manifestaban fervorosamente a favor de Francia (no hablar su lengua era el estigma de nuestra propia incultura), de Inglaterra, de Alemania, de Italia y de los novísimos Estados Unidos del Norte. Todavía hay quienes piensan que la desaparición de La Moda se debió al esfuerzo de los jesuitas, quienes veían en la mal disimulada prédica anticlerical de la revista un avance de las ideas protestantes.
Lo cierto es que La Moda desapareció y nadie alzó una voz de protesta. Era un juego de jóvenes intelectuales de ideología incierta, demasiado civilizados para un país que tenía otras prioridades y que poco y nada sabía de literatura francesa, ni de los versos encendidos de Vicente Fidel López, ni de las composiciones musicales de Juan Pedro Esnaola, a quien debemos (se supone) el hallazgo de la perdida melodía del Himno Nacional Argentino encargada al músico español Blas Parera.
Editada en la Imprenta de la Independencia (de calle Chacabuco Nº 19, de la ciudad de Buenos Aires, por supuesto), La Moda, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo una rareza; un motivo de asombro por la erudición de las notas publicadas; un grito extemporáneo, si se quiere; un exabrupto cultural.
Hoy, si alguien dice «la moda», pensamos en ropas pergeñadas para gente que no tiene nuestro cuerpo (ni nuestro magro poder adquisitivo); pensamos en modelitos ultradelgadas y casi analfabetas que ganan miles de dólares por dejarse fotografiar munidas del terso cuero que Dios les dio y el que gimnasio les conserva; pensamos en ordenadores, películas banales, el último número de Paris Match, un gorrito tipo quepi puesto al revés, dos jugadores de fútbol que se besan en la cancha frente a 35.000 espectadores, un perfume que torna irrespirable cualquier ascensor que se precie de tal, tarjetas de crédito válidas en todo el mundo civilizado, un póster de alguien que no morirá en la cruz para lavar nuestros pecados, un libro escrito por computación, comprado por compromiso y leído por boca de otros. No es el mundo galo de las ideas libertarias del siglo XIX lo que marca la moda de nuestra sociedad. Pero así fue como nació nuestra primera revista. Titulemos ahora con la desmoralización de estos días: «El tiempo todo lo lava», «La superficialidad perdona hasta lo imperdonable», «El futuro no existe», «Muérase hoy que mañana puede ser tarde».
Harold Innis aseguraba que al sustituirse la escritura sobre piedra por la escritura sobre papel se revolucionó la historia de la humanidad, que el militarismo proviene del papiro porque éste facilitaba el envío de mensajes, y que la caída del Imperio Romano se produjo cuando el papiro se secó. «Lo que Innis no sabía —dice Marshall McLuhan— es que los papiros del Nilo se secaron porque los romanos habían contaminado el río». Es muy sencillo comprender la parábola del hombre destruyéndose a sí mismo en busca de su inmortalidad. «La imprenta fue la primera mecanización de la artesanía —insiste McLuhan— La cultura mecánica occidental fue modelada por la tecnología de la imprenta». Hoy en día, a pesar de lo extendido de la computación, me resulta casi imposible imaginar una revista de otra materia que no sea papel hojeable y con posibilidades de ser almacenado; olor a tinta de impresión desvaneciéndose lentamente en la tortuosa sala de espera de un dentista; literatura de lo efímero donde María confesó a nuestro cronista que ya no ama a Juan y que sólo se dedicará a su trabajo (es decir: al ocio bien remunerado). ¿De qué materia estaba hecho el espíritu de nuestros escritores del siglo XIX, feroces polemistas, activistas de la palabra, hombres de acción que habían optado por la lengua como el arma más eficaz? Como «los encantos de la guerra literaria pronto se marchitan (según Matthew Hodgart), nuestros hombres de letras estuvieron siempre al pie del cañón».
De cualquier manera, el nombre La Moda para una revista polémica (y muy culta) tal vez no sea el más adecuado. Aunque quizá la idea de «moda» se haya desgastado en el largo siglo y medio transcurrido desde entonces. Eso nos haría ver bajo el agua intencionalidades que no eran tales (Alberdi nunca definió a la revista La Moda como una publicación antirrosista, aunque él jamás se privó de esgrimir su antirrosismo como una condecoración). Tal vez La Moda (la primera publicación argentina que podría considerarse una revista, anterior a Don Quijote y El Mosquito) sí hablaba de modas, de la moda de entonces, de la música (esa exaltación del espíritu desde una materia incomprensible y sublime), de la sátira política, de la filosofía (además de peinetones y miriñaques, sombreros y polainas); temas imprescindibles para los intelectuales de un país que empezaba a escribir su propia historia.
Hoy la moda es muy otra y tanto más variada. Hoy la moda es agujerear unos pantalones en las rodillas para recién ponérselos, es ignorar el contenido de un libro hasta que algún director cinematográfico decida filmarlo, es consumir alimentos que tengan sabor a tal o cual cosa pero que no lo sean, es asistir a bailes que comienzan a las 3 de la madrugada, es comprar el vino más barato pero el papel higiénico más caro.

 

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.