HAIKU

 

 

 

Algunas consideraciones sobre el haiku (Antonio Cruz)

 

 

 Muchos investigadores y estudiosos de la literatura coinciden en señalar que, a partir de  la aparición de Internet y, sobre todo de la Web 2.0 o Blogosfera se ha notado un resurgimiento de la literatura. Dentro de este panorama, indudablemente aquellas formas breves como la poesía y los microrrelatos o microcuentos han logrado un avance casi demoledor en relación a los otros géneros (que sí se difunden en la red, pero en menor medida)

Por mi condición de lector consuetudinario y teniendo en cuenta que las formas breves son las que más me agradan, leo (y escribo) numerosos textos breves en las redes sociales, sobre todo en Facebook y Twitter. Como es de esperar en alguien con mis características, me gustan mucho las páginas dedicadas al haiku y en los últimos tiempos he notado una superabundancia de textos, muchos de los cuales no cumplen con el canon de lo que deberíamos llamar haiku en idioma español (o, para decirlo con más propiedad, el castellano). Muchas veces los textos que son posteados en las redes con la denominación de haikus no tienen ni la métrica del haiku y su poiesis lo aleja de las verdaderas normas que se arrastran desde hace muchos siglos.

Es por ello que decidí actualizar un artículo que escribí hace ya más de diez años pero que, a mi modesto entender, no ha perdido vigencia.

 

Descubrí la verdadera naturaleza del haiku durante en un taller literario al que asistía. Esa misteriosa forma poética me sedujo de inmediato y decidí probar suerte con ella como un ejercicio para mejorar mi estilo.

El desafío de escribir poesía tan breve era fascinante, por lo que me propuse estudiar. Consulté libros, revistas especializadas y páginas de Internet, algunas de ellas de gran calidad como “El Rincón del Haiku”, Haikuweb o la página de Joaquín Rico. Leí textos de riqueza extraordinaria como los de Luís Corrales Vasco y Carlos Fleitas (de cuyas páginas obtuve la mayor parte de los conceptos que apuntaré más adelante). Me resultaron muy gratos el ensayo sobre el “Haiku urbano” de Jesús Masanet y un artículo sobre el libro de Ana Rosa Núñez “Escamas del Caribe (Haikus de Cuba)”, que escribiera Florinda Álzaga.

Se define al haiku (o jaiku) como «poema breve de diecisiete sílabas, dispuestas en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente». Es una forma poética japonesa que se origina a partir del denominado “hokku”, primera parte del “tanka”, pieza tradicional conformada por dos estrofas de tres y dos versos (de cinco, siete y cinco sílabas los versos de la primera y de siete sílabas cada verso de la segunda) conocida ya en el siglo VIII. Otra forma precursora del haiku es el sedôka compuesto igualmente por dos estrofas de tres versos cada una pero con una combinación silábica diferente (5-7-7/5-7-7).  El haiku (al que los franceses también llaman haikai) debe su nombre definitivo al poeta e investigador literario Shiki, considerado uno de los clásicos junto a Basho, Buson e Issa. El primer gran haijin – escritor de haikus – fue Matsúo Basho cuya obra más renombrada es “Sendas de Oku”, una combinación de prosa y poesía.

En los albores del siglo XX, aparecieron kaikus escritos en francés, inglés y castellano. Uno de los primeros en escribirlos fue el poeta inglés B.H. Chamberlain. Luego, alrededor de 1910, surgen los “Imaginistas” grupo donde se enrolan poetas ingleses y americanos que hacen del haiku su razón de existir. Desde aquel momento, numerosos poetas occidentales adhirieron de manera ferviente a esta forma literaria. La lista es interminable, pero nombraré, a manera de ejemplo, a los más reconocidos: Ezra Pound, Amy Novell, D.H. Lawrence, James Joyce, Fred Schofield, Colin Blundell y David Cobb (ingleses); James Hackett, Jack Kerouac, Elisabeth Lamb, Henderson y Kenneth Yasuda (Shôson) (estadounidenses); P.L. Couchoud, Julián Vocance, Robert Davezies, Serge Brindeau y Jacques Ferlay (Franceses); Camilo Pessanha (portugués) y Afranio Peixoto y Guilherme de Almeida (brasileños). En cuanto a autores en lengua castellana podemos mencionar a José Juan Tablada, cuyos “poemas sintéticos” son una singular forma poética y fueron la primera expresión del haiku en español; Rafael Lozano, José Rubén Romero, Francisco Monterde, José María González de  Mendoza, José Frías, Emilio Nandino, Octavio Paz (que dejó su impronta en el haiku con sus perfectas teorizaciones y algunos poemas inolvidables), Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti y Luís Cernuda. En Argentina se destacaron Álvaro Yunque, Jorge Luís Borges, Carlos Spinedi, María Santamarina, Eduardo González Lanuza y Pilar Alberdi. Numerosos poetas sudamericanos como el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, el uruguayo Mario Benedetti, los chilenos Antonio de Undurraga, Berta Montalvo y Jorge Teillier, los colombianos Carlos Alberto Castrillón y Germán Arias, los peruanos Alfonso Cisneros y Alberto Guillén, los cubanos Ana Rosa Núñez Y Eduardo Benet, el guatemalteco Flavio Herrero y el venezolano Juan Aristeguieta, también habrían de incursionar en esta poesía. En el año 1990 se fundó la British Haiku Society, que fue en alguna medida un correlato británico de la Haiku Society of América (1968) o de Haiku Canadá (1977).

Puede juzgarse al haiku como una «intuición que recoge las sensaciones inmediatas»; un «símbolo de una visión intuitiva de la realidad» que «apunta directamente a la esencia presimbólica». Si nos referimos a su “poiesis” podremos observar que está absolutamente apartada de lo que algunos llaman pensamiento discursivo. Se basa en lo inmediato y directo, circunscribiéndose a «lo que está sucediendo en este lugar, en este momento».

Laura López Fernández, profesora de lengua y literatura española de la Universidad de Georgetown KY (EEUU) refiriéndose a la poesía de José Ángel Valente, sostiene: «La poiesis o fuerza creativa surge de las plurivalencias del signo. Para que surja un nuevo sentido es necesario que se dé la confluencia de una apropiada actitud por parte del que escribe y del que lee. Se requiere de un acercamiento contemplativo que esté dispuesto a “ver” con otros ojos las posibilidades de lo poético». Estos conceptos, sin duda alguna, pueden aplicarse al haiku.

Un reputado erudito de la poética haikista, Otsuji Seki Osuga, asevera que «cuando uno está abrumado por la pena, esa pena no puede producir un haiku; cuando uno está jubiloso e inmerso en la felicidad, ese sentimiento no puede producir un haiku». Por otro lado, Matsúo Basho señala que «lo más sublime y lo más grande viene dejándolo salir sin más, naturalmente». El español Rodríguez-Izquierdo, reconocido como uno de los más versados en el tema, declara que «el momento estético de la creación del haiku brota de una total unidad de percepción del poeta con la naturaleza» en la que “se borran los límites entre el sujeto y el objeto, entre la percepción y las palabras” y en el que «la misma creación verbal es el culmen de la experiencia». A su vez Ricardo de la Fuente manifiesta, refiriéndose a la etapa creativa del haiku, que «el espíritu queda suspenso un instante a causa de la contemplación de un elemento del entorno o por una sensación o pensamiento instantáneo».

Como forma poética fugaz y etérea, el haiku no dice nada más allá de sí mismo. «Es el súbito grito de un pájaro en el silencio estático de la montaña o bien solamente el silencio estático de la montaña que se agota en su propio ser sin propósito alguno».  Esto es lo que ha adquirido a partir de su cuna, el budismo Zen, que lo acuña como un koan, menos agudo quizás, pero tan sutil y contradictorio como él mismo.

Jesús Masanet afirma que «Aunque en sus orígenes el haiku era una forma poética basada en la contemplación de la naturaleza y hoy en día sigue siéndolo mayoritariamente, es innegable que lo que podríamos denominar “haiku urbano” tiene un lugar en el mundo del haiku, aunque sólo sea porque cada vez más personas viven en las ciudades, entre ellas bastantes poetas de haikus».

Ana Pérez Cañamares sostiene que «El haiku aspira a captar el momento, el aquí y el ahora, de una forma tan radical que los límites entre el observador y lo observado, el sujeto y el objeto, se disuelvan para procurar, en sus mejores manifestaciones, una experiencia mística de no-dualidad, de totalidad».

Mientras tanto, F. Villalba concluye que el haiku es «un símbolo de la visión intuitiva de la realidad; supone la liberación de los límites del lenguaje, la experiencia del estado pre-simbólico». Es una manera de vestir con la palabra para exhibir la desnudez del silencio, ya que «tanto sentido estético hay en lo expresado como en lo silenciado». Tanto en el vacío como en la plenitud. En síntesis, el haiku, es pura poesía, inspirada en la sencilla contemplación y totalmente alejada de los parámetros intelectuales que suelen dar forma a un poema.

 Mucho se ha discutido (y seguramente se discutirá) sobre si los occidentales pueden escribir verdaderos haikus. Con respecto a ello, un estudioso como Henderson afirma que «La forma del haiku es singularmente japonesa, pero creo con la mayor firmeza que tiene características que trascienden las barreras del lenguaje y la nacionalidad, y que la hacen apta para ocupar un lugar especial entre las formas de poesía occidental». Seguramente la polémica habrá de prolongarse indefinidamente porque cada cual explicará sus razones con la mayor vehemencia.

Para el final me queda la siguiente reflexión. Un haiku, no importa el idioma en que fue escrito, debería guardar toda la rigurosidad necesaria de dicha forma poética. Más  allá de las especulaciones sobre el nombre que merece la poesía brevísima, tengo la convicción que solamente podremos llamar, con propiedad, haiku a aquel poema que respete el canon que se ha impuesto a lo largo de la historia para esta forma de la poesía oriental.

                                                                 

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