el ombligo de piedra

 

 

     EL OMBLIGO DE PIEDRA

 La columna de Rogelio Ramos Signes

Trece veces trece

En épocas difíciles (y esta época lo es) junto con un gran desgano, junto con un profundo descreimiento, crece paradójicamente un exceso de fe. Comerciantes de esa fe, sin descanso, pululan por campos y ciudades. Alguien corre a poner una escoba detrás de la puerta, otro enciende fuego frente a la entrada de su casa, una mujer regresa y toca la piedra con la que acaba de tropezar, una anciana pronuncia una serie de palabras sin sentido frente a un niño llorón o indiferente que ha sido víctima del «mal de ojo».

Medallas, amuletos, cadenitas, pulseras, partes muertas de algo que alguna vez tuvo vida; en fin, cualquier cosa, sirve como protección contra la mala suerte. Aprendices de hechiceros (especuladores consumados, en el fondo) fomentan esta credulidad de la gente, esta necesidad de vivir sin tantos apremios, arengándonos desde los medios de difusión (la radio es la vía favorita) o bien desde consultorios humildemente decorados. Verrugas que se desvanecen sobre la piel, hemorroides que desaparecen sin intervención quirúrgica, maridos que regresan al hogar luego de haberse fugado con alguna «mala pécora», renacimiento de negocitos de barrio que iban a la bancarrota, buenas digestiones, excelentes micciones, noviazgos increíbles (estatuitas de San Antonio puesto de cabeza, mediante), todo es posible, con la oración que anula el maleficio y con el agua rezada, convertida en elixir magnético el martes de cada semana. Ayuda para todo (ésa es la consigna): para que llueva de una buena vez y no se incendien los bosques, o para que deje de llover y las aguas de los ríos vuelvan a sus cauces; para que la insensata destrucción del mundo no sea algo inminente, o para que nuestro club deportivo no pierda el domingo.

A la hora de creer, cada cual cree en cualquier cosa. Hay quienes dicen comunicarse con el más allá mediante utensilios muy de este mundo. Hay quienes cosen la boca de inofensivos sapos con una fotografía del ser odiado adentro (salvo la muerte del noble batracio por inanición, el modelo de la fotografía sigue andando); hay quienes se alertan de algún maleficio cuando les zumba el oído derecho; hay quienes exponen las palmas de sus manos a cuanto quiromántico revolotea en el ambiente; hay personas inofensivas y crédulas que cruzan los dedos, hacen nudos en el pañuelo, se levantan de la cama con un determinado pie, leen horóscopos, son astrofóbicos, no consumen carne algún día determinado del año, le ponen límites absurdos al sexo en aras de alguna cuenta demoníaca no pagada, se cortan el pelo sólo en determinadas circunstancias, se persignan ante la inminencia de algún templo o anexos, besan las sobras del pan antes de tirarlas, se niegan a batir crema o mayonesa si están menstruando, evitan vestirse con ropas de colores primarios, leen en el silbido de la tetera las buenas noticias para las próximas 24 horas, azucaran dos veces su taza de té para cruzarse gratamente con el amor, no pasan por debajo de una escalera, levantan el índice y el meñique a manera de cuernos si ven un gato negro o un cura con sotana, tocan objetos de madera (sin patas) si algo les resulta sospechosamente premonitorio, no pronuncian la palabra «víbora» ni hablan de algunas personas muy conocidas a quienes se les atribuye mala suerte (sólo se las nombra por sus iniciales), leen la suerte en la ubicación de los lunares, se ponen contentas si se encuentran con un jorobado, portan pulseritas rojas, contestan a cuanta «cadena de la suerte» les envían, hacen el «fico» (pasando el pulgar entre el índice y el mayor) si algo les huele a «azufre»; juntan tréboles de cuatro hojas; odian el número 13; corren con agua al gato que se acerca a la jaula del canario; tratan de ser las primeras en ver un arco iris.
Todo esto, por supuesto, debe hacerse extensivo a «creencias superiores», a religiones, a cultos oficiales, a civilizados actos de fe. La superchería convive con ellos, ampliando los alcances de su incumbencia. Siddharta extirpa de sí el germen del egoísmo, y ningún budista lo pone en duda; María concibe en estado virginal gracias al Espíritu Santo y los católicos lo aceptan como algo indiscutible; los israelitas atraviesan el Mar Rojo, caminando y sin mojarse; Cristo resucita, Mahoma y el arcángel Gabriel conversan como viejos amigos. La Fe (esa muchacha ciega y de ropas blancas; esa lámpara encendida porque sí en medio de la tormenta) mueve montañas, aunque las montañas sólo se muevan en nuestra imaginación, y catequistas de toda laya favorezcan este cuadro de situación.
Hay quienes aseguran no ser creyentes, sólo porque no profesan una religión; pero caen en un sinfín de credulidades. El ser humano de hoy, supersticioso por naturaleza, no se diferencia en mucho del primitivo cavernícola que atribuía a fuerzas sobrenaturales el éxito de sus cacerías y recolecciones.
Gregory Corso, uno de los pilares de la poesía beatnik, escribe «Pobre hombre de las cavernas, con tanto miedo del exterior, tan temeroso de su poder y belleza, que creó un límite y lo llamó Dios». Esto es aplicable a toda las sociedades y a todos los tiempos. Las luciérnagas no brillan a la luz del día. Es en la oscuridad del inmediato porvenir, es en la negrura de una habitación donde los presagios abren canales que llevan a la muerte. Es allí cuando algo brilla sin sentido, pero por necesidad. Nuestra ocasional falta de «esa necesidad» es la que nos hace separar creencias de credulidades.
Joan Manuel Serrat, lúcido y satírico, aconseja «Métete en el bolsillo, envuelta en tu carta astral / una pata de conejo, por si se quiebra un espejo o se derrama la sal. / Vigila el horóscopo y el biorritmo. / Ni se te ocurra vestirte de amarillo. / Y si a pesar de todo la vida te cuelga el no hay billetes / recuerda que pisar mierda trae buena suerte».
Pero lo curioso es que nadie sabe con certeza dónde y cuándo se inicia el temor al martes 13, lo que no nos impide arriesgar algún origen. Algunos suponen que esta superstición proviene del día en que el rey Jaime I, el Conquistador (conde de Barcelona y rey de Aragón, de Valencia y de Mallorca) fue derrotado en la batalla de Luxén en 1276 (es decir: en alguna fecha improbable de algún año del siglo XIII). ¿Será por eso que ahora no subimos a un avión en esa fecha? Otros, tratan de darle un tono de solemnidad religiosa y recuerdan que durante la última cena (que debió haber sido un martes para que la superstición tenga sentido) Judas fue el comensal número trece, simbolizando así la infidelidad y la traición. ¿Sería por eso que diecinueve siglos después Facundo Quiroga ayunaba los días 13, encerrado en su habitación?
Es que el temor a las desgracias ha sido siempre el compañero no deseado, pero inseparable, del hombre. Quizá por ello el pobre número 13 (que en el Tarot significa la resurrección) carga sobre su espalda con todo el mal agüero del planeta, y debamos contrarrestarlo. La necesidad de algo que nos proteja viene siguiéndonos a lo largo de toda la historia: desde la inconmensurable idea de un dios sobreprotector, hasta la baratija caprichosa de un «amuleto para las buenas ondas» fabricado por Colony S.A. posiblemente en Taiwán.

 

ROGELIO RAMOS SIGNESRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.