MINIFICCIÓN – Javier Tomeo 

Investigación y selección de textos: Mariano Cuevas

  

Javier Tomeo

Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932 – 2013). Se licenció en Derecho y Criminología en la Universidad de Barcelona. Si bien siempre fue un escritor respetado por la crítica, su verdadera consagración llegó a través de las adaptaciones teatrales de sus títulos narrativos, que se iniciaron con el montaje de Amado Monstruo en el Theatre de la Colline, en Paris en 1989, la cual tuvo un gran éxito de público y de crítica en Europa. A estos le siguieron diversos montajes en el resto de Europa y en España: la versión española de Amado monstruo se estrenó algunos meses después en Zaragoza e Yvon Chaix estrenó El cazador de leones con el título Le chasseur de lions, Grenoble, 1990. La versión española fue dirigida en 1993 por Jean-Jacques Préau. También se adaptaron con rotundo éxito Historias mínimas, El castillo de la carta cifrada (estrenada primero en Colonia, 1993 y cuatro años después en París por la Comedie Fraçaise), Diálogo en re menor (primero en Alemania, y en español en 1996) y Los misterios de la ópera (1999). El Centro dramático de Aragón montó La agonía de Proserpina en 2003. Sus ficciones parten siempre de situaciones extremas que van desarrollándose, en un proceso que busca subrayar los absurdos de la realidad cotidiana y la incoherencia de la organización social. Su visión de la condición humana es, pues, dramática y existencial, pero también muy lírica y humorística.

 

El fin de los dinosaurios
Gabriel me dice que los dinosaurios desaparecieron de la Tierra porque tenían un cerebro minúsculo. Según mi amigo les faltaba sensibilidad y recibían tarde los mensajes de dolor que les llegaban al cerebro. Cuando se hacía la noche y aquellos gigantes (soñando tal vez amores imposibles) se quedaban dormidos a la luz de la luna, otros animales más pequeños se los comían impunemente.
-¿No les despertaba el dolor? -le pregunto.
-Desde luego, antes o después, se despertaban, pero entonces era ya demasiado tarde. Hubo más de uno que, al levantar la cabeza, se encontró convertido en un inmenso esqueleto.
Ramón me explica todo eso con la voz cavernosa de las grandes ocasiones.
-Pues debe de ser mala cosa -le digo-, despertarse y encontrarse convertido en una serie de huesos mejor o peor dispuestos. Mala cosa descubrir que nuestros enormes y leales corazones de herbívoros continúan latiendo como si tal cosa entre nuestras costillas mientras las hienas, hartas de carne, se ríen a lo lejos.

 

Historias Mínimas (XI)
Los dos hombres están sentados en un banco, en la plaza del pueblo. Silencio. Estrellas, luna circular y el ulular paciente del mochuelo que reclama a su hembra.
HOMBRE PRIMERO. Tomás.
HOMBRE SEGUNDO. Qué.
HOMBRE PRIMERO. Fíjate en aquella estrella.
HOMBRE SEGUNDO. ¿En cuál?
HOMBRE PRIMERO. En la que está junto a la veleta del campanario.
HOMBRE SEGUNDO. Sí, ya la veo, ¿qué pasa?
HOMBRE PRIMERO. Mira.
Hincha el pecho, sopla con fuerza y la estrella se apaga.
HOMBRE SEGUNDO. (Admirado.) ¡Oh!
Silencio. Por allá se acerca el borracho del acordeón. Muge una vaca y las gallinas del corral se despiertan sobresaltadas.

 

Un viaje imprevisto
Las siete de la mañana. Subo al autobús urbano que debe llevarme al Parque Acuático, al otro lado de la ciudad. Me siento cerca del conductor y advierto que soy el único viajero.
«Aquí pasa algo raro», pienso.
Al principio todo parece normal. El conductor respeta las paradas. Se detiene ante las marquesinas y durante un momento mantiene las puertas abiertas, pero no sube nadie.
Humillado por la indiferencia de la gente, el conductor decide pasar de largo. No hay mucho tráfico y poco a poco aumenta la velocidad. Da la vuelta alrededor de la plaza de M. y en lugar de seguir por la calle de M., elige la calle de Z., que conduce al otro lado de la ciudad.
-¿Adónde me lleva usted? -le pregunto.
-Puede que ni siquiera yo mismo lo sepa -me contesta.
Le recrimino que no respete los semáforos y el hombre me recuerda que está prohibido hablar con el conductor. A partir de este instante, por lo tanto, me resigno a mi suerte y decido mantener la boca cerrada.
Que en este autobús haya, por lo menos, alguien que cumple las ordenanzas municipales.

 

La sombra inmóvil
El hombre avanza, pero su sombra continúa en el mismo sitio, no se mueve y se queda atrás. Algo está pasando.

 

Las virtudes de la col
-Ante todo les diré que soy enemiga de la vid, no nos podemos ver ni en pintura -se sincera la col-. Por eso nunca nos plantan cerca. Las cepas de la vid a un lado y nosotras, las coles, al otro, lo más lejos posible. Carezco de títulos nobiliarios, es cierto, pero soy una verdura honrada a carta cabal, enemiga de ese vino engañoso que hace creer a los hombres (y a las mujeres) que pueden tocar el cielo con la mano.

 

La muñeca hinchable.
Cuando Desideria, mi muñeca hinchable, me abandonó por otro hombre, comprendí que mi soledad ya no tenía remedio.
-Fue hermoso mientras duró -le confieso esta mañana a Jenaro, que es mi mejor amigo-. Nunca más volveré a encontrar a nadie como ella. En los diez años que duró nuestro amor, ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que otra. Lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
-Dime -me pregunta Jenaro-, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
-Ella -reconozco.
-Pues no me extraña que al final se fuese con otro -dice mi amigo-.
El silencio de nuestra pareja nos acaba aburriendo mortalmente. Aburre incluso a las muñecas de silicona.

 

El azul del cielo
No flota ni una sola nube sobre el valle, el cielo es azul. Lástima que ese azul tan azul ni sea azul ni sea nada, se dolía el poeta. Pero yo creo que eso no es cierto. ¿Es necesario, me pregunto algunas veces, que las cosas existan en sus respectivas realidades para que se reflejen en nosotros? ¿No basta nuestra mirada para convertir el cielo en azul? ¿Qué nos importa que ese azul no exista en la realidad si la felicidad que genera en nosotros es auténtica?
-Yo soy el centro del mundo -le dije ayer a Federico-. Ese cielo es azul para que mi dicha sea completa.
Federico se atrevió a contradecirme, pero alguien soltó una larga carcajada a mis espaldas.

 

La sombra insensata
En esta ocasión, las cosas suceden al revés. Yo sigo inmóvil, pero mi sombra se independiza, se mueve y sigue hacia delante en busca de su propio destino. Quiero detenerla, pero no puedo. Le digo que es una insensata y se ríe.

 

Los textos que se incluyen en esta selección fueron tomados de los siguientes sitios web.

El cultural. http://www.elcultural.com/noticias/letras/Los-microrrelatos-ineditos-de-Javier-Tomeo/5874

No solo técnica http://blogs.upm.es/nosolotecnica/2015/06/11/historias-minimas-javier-tomeo/

Un cuento al día http://www.uncuentoaldia.es/?s=Javier+Tomeo&x=16&y=12

Máquina de coser palabras http://jyanes.blogspot.com.ar/2012/10/historias-minimas-javier-tomeo.html

La biografía se corresponde con la publicada en

Escritores.org https://www.escritores.org/biografias/217-javier-tomeo

La fotografía de Javier Tomeo fue tomada del sitio Web mencionado en primer lugar.