Antonio Cruz 1 

  

    LITERATURA E IDEOLOGÍA
Avatares del entrecruzamiento entra ambas.

Por Antonio Cruz*

 

Pocos días atrás, sucedieron algunos hechos que me impulsaron a escribir otra vez, sobre un tema que ha sido, es y, seguramente será, una polémica constante en cualquier ámbito relacionado con la literatura. Los entrecruzamientos entre ambas. La cuestión no es novedosa. Lleva muchos años instalada y, probablemente seguirá mientras la literatura exista. No obstante, en este mismo momento, mientras escribo este artículo, la pregunta que me desvela por estos día es ¿Sirve la literatura como instrumento para cambiar el mundo? O dicho de otra forma ¿Puede la palabra escrita servir para la difusión y la instalación de determinada ideología? En este sentido, hay una pregunta que se impone: ¿Puedo objetar el contenido y la calidad literaria de un texto por el simple hecho de que no responda a mi manera de ver el mundo e imaginar una sociedad más justa?

Para mí, el descubrimiento de la cuestión data de muchos años atrás. La noche del fatídico golpe militar que desembocó en la más feroz dictadura de la historia argentina, desde los mandos próximos en la estructura de la organización en la que militaba, se me había ordenado que, para preservar mi seguridad quemara todos los libros que podían comprometerme. Esa misma noche, en un edificio abandonado que lindaba con la casa donde vivía, procedí a tirar a la hoguera libros de Perón, Mao Tsé Tung, Marechal, Paco Urondo y muchos más ―cosa que hice justo a tiempo, antes de los allanamientos. En mi casa entraron dos noches después (pero esa es otra historia) ―. Si bien comprendía que el hecho de tener libros de Perón, de política y estrategia y de personajes reconocidos como Revolucionarios (no subversivos sino revolucionarios) era un acto de protección hacia mi persona y mi familia, me resultaba incomprensible que hubiese tenido que librarme de textos de Sartre, Camus, Marechal y Jauretche entre otros, pero sobre todo, no comprendía por qué quemar los libros de poesía como los de Paco Urondo, Fermín Chávez, Julia Prilutzky Farny y José Castiñeira de Dios.
Tuvo que pasar mucho tiempo hasta que comprendiera las razones de determinados gobiernos dictatoriales.

s hechos

Hace pocos días, un amigo virtual que colabora muy a menudos con Tardes Amarillas, difundió en una red social muy visitada, un artículo titulado ¿Literatura de izquierda, ideología de derecha? y en el que trataba con enorme pericia el caso Céline. Recordemos que el escritor francés Louis-Ferdinand Céline, que se ganó el masivo reconocimiento de lectores y críticos con su extraordinaria novela "Viaje al fin de la noche", fue estigmatizado con la misma intensidad por su adhesión al nazismo. En él, con mucha pericia y un gran conocimiento del tema, el autor nos llama la atención acerca del valor de un texto literario más allá de las connotaciones ideológicas, al hacer una exégesis de la obra del francés. Previo al meollo de la cuestión hace una breve pero sustanciosa referencia a algunos de los casos más paradigmáticos de esa dicotomía entre las ideas políticas o diferentes adhesiones a ciertos modelos de ejercicio del poder y el valor literario de lo que se escribe como en el caso de Borges, Vargas Llosa y Ezra Pound. Luego, con una enorme conocimiento del caso y una demostración de sencillez literaria, se refiere al caso específico de Céline, quien en su momento fuera declarado "Desgracia Nacional" por ser colaborador del nazismo. Sin embargo, rescata el valor literario de "Viaje al fin de la noche" a la cual define como una especie de "Ulises" para los franceses, que cambió para siempre la forma de escribir, mucho más que el surrealismo y otras vanguardias. Es, decididamente, de izquierda, pese a su nato derechismo político.
Casi contemporáneamente, a través de la misma red, tuve una jugosa conversación con un amigo que me brinda su afecto desde más de cuarenta años y con quien, la amistad, ha sobrevivido a cualquier avatar como la distancia y el silencio Mario Pino. Recuerdo que lo que más me impresionó fue una frase suya: «En una época en que en el mundo neoliberal de la posverdad, el proceso de igualación de todo y todos se manifiesta en las redes» el entrecruzamiento entre literatura e ideología no un tema menor.

Lo que se dice y lo que se discute.

La primera cuestión, al escribir sobre un tema tan controvertido, es recordar que en otros tiempos, en nombre de ciertas ideologías se escribieron textos cursis y sin valor artístico o exactamente opuestos; textos de verba encendida que terminan siendo solamente un panfleto y que tampoco poseen demasiado mérito literario.
La ideología, en alguna medida, toca la literatura y la subvierte. Quienes tenemos cierta formación en la literatura, sabemos perfectamente cómo la burguesía se valió de la literatura para poder introducir unas condiciones culturales que consolidasen la sociedad capitalista en contra de la mentalidad existente a la que nuestros antepasados estaban acostumbrados tras un largo periodo dominado por los estamentos privilegiados.
Pero en las antípodas, en la Rusia y en la China del siglo XX se han escrito miles de textos destinados a generar una conciencia acorde con el régimen y sus ideas marxistas, más allá de los muchos cuestionamientos que podemos hacer a esas ideas que tampoco lograron la sociedad justa y equilibrada que se propusieron lograr con dicho pensamiento.
En este punto se hace menester, recordar que, más allá de las predicciones de Francis Fukuyama en El fin de la Historia y el último hombre (The End of History and the Last Man) de 1992, la Historia, como lucha de ideologías, NO ha terminado, Por el contrario; tengo la certeza de que, como pueden manifestarse de diferentes formas, las ideologías han ido mutando y generando diferentes variantes que complican más el análisis sociológico del tema.

La disputa.

Es en este terreno, precisamente donde se plantea una de las disyuntivas más trascendentes de la literatura. ¿Debe el escritor fijar una posición frente a los problemas de su tiempo o debe abstraerse de los mismos y dejar que solamente trasunten los componentes de su vida interior? Curiosamente, sobre este tema, ya había hechos algunas consideraciones en el año 2010, cuando en el VI Congreso presenté mi ponencia "La difusión del microrrelato en Internet como fenómeno sociológico". Aunque hay muchos académicos que insisten en que el problema ya está resuelto persisten muchas posturas antagónicas entre el concepto de escritor comprometido y el escritor de la torre de marfil ―lo que no es algo actual sino que ya está presente en la literatura latinoamericana desde el modernismo, porque los componentes de su vida interior no interesan, ya que eso no es literatura, sino referencia―.
Esto: ¿Es una verdad de Perogrullo o es una postura con mucho fundamento?
En mi caso particular, se me ocurre que ambas cosas no son tan contradictorias, porque en los días que corren cualquier comportamiento social colectivo (y cualquier determinante económico, político o de cualquier otra naturaleza que afecte el corpus social) tendrá un impacto inevitable en cada autor. Los escritores de este tiempo viven días tan cambiantes que en definitiva cada texto posee un sentido que muchas veces excede sus cualidades estéticas. Si bien es cierto, todo texto tiene un mensaje que debe ser interpretado, creo que esa interpretación debe hacerse desde sus cualidades estéticas; los escritores de todas las épocas, no sólo los de hoy, estuvieron atravesados por su coyuntura social. Cambiando ligeramente la forma de decirlo, estoy convencido de que la situación existencial del ser humano supera cualquier teoría y, hasta si se quiere, cualquier especulación sobre la vida misma.
La literatura explora de forma universal las diferentes realidades. No son ajenos a ella, los conflictos y los avatares de la existencia humana. Es ni más ni menos que la mayor manifestación de la universalidad del hombre y, por supuesto, ningún tema puede resultar un impedimento para que un escritor haga escuchar su voz.
Por tanto, considero difícil que las manifestaciones ideológicas puedan imponerse desde sus imperativos. Probablemente haya muchas excepciones a esta postura, pero creo que, como hecho social, la literatura no deja de ser autónoma y, seguramente, más allá del funcionalismo ideológico, cualquier texto terminará gustando a todo lector por sus cualidades estéticas más que por sus planteos ideológicos.

Mis conclusiones

De ninguna manera es mi objetivo despreciar la literatura política y considerarla de mal gusto. Cualquier intento por parte de algún autor de introducir sus apegos ideológicos dentro de un texto literario no debe ser vista con desconfianza o indiferencia pues, a pesar de la opinión generalizada entre algunos grupos de lectores, esta actitud, de ninguna manera le quita pureza a una obra literaria ya que, más allá de que al novelista le incumban o no los asuntos políticos esa supuesta pureza no es más que una idea equivocada de nuestra sociedad actual. La manifestación más espuria de esto, es la exclusión y el olvido que han sufrido escritores de inmenso valor acusados de someter lo literario a lo ideológico como si ello afectara de manera directa la calidad del texto. De otra manera, no se explica el silenciamiento y la exclusión de autores de enorme valía en nuestro país solamente por haber adherido a la Doctrina Peronista como forma de vida. Los ejemplos son demasiados y muy importantes como para no tenerlos en cuenta. Para conocer un poco más de este tema, recomiendo la lectura del artículo "La poesía proscripta" que fuera publicado en Tardes Amarillas
Tampoco adhiero a pie juntillas a la postura de que más allá de que la literatura pueda contribuir a modificar nuestra concepción del mundo, a la apertura de nuevas formas de pensar en los individuos y hasta elevar su nivel de conciencia, carece de propósito para cambiar el mundo. Tengo sobradas reservas al respecto.
De lo que sí estoy convencido es de que en definitiva lo que hará perdurar un texto será la calidad estética, la importancia artística de lo que dice y de qué manera influye en cada lector.

El anecdotario personal que me persigue.

No quiero terminar esta miscelánea acerca de un tema tan complejo sin referirme a algunas anécdotas que marcaron mi larga y azarosa relación con la literatura y la ideología y que creo, podrán explicar a carta cabal lo que pienso a esta altura de mi vida. En algunos casos podrán parecer patéticas y en otros hasta cómicas o irónicas pero son hechos que, de alguna manera, marcaron mi relación con ambas.
La literatura forma parte de mi vida desde la más lejana infancia cuando mi maestra de sexto grado de la escuela primaria me obsequiara como regalo de despedida la obra de Kipling "El libro de las tierras vírgenes" y, casi contemporáneamente, mi padre me ofrendara una trilogía de Emilio Salgari con los títulos "El corsario negro", "El pirata de la Malasia" y "Los tigres de Mompracen". En lo ideológico, me formé en una de las más formidables escuelas de cuadros que tuvo el peronismo y que se caracterizó por su indiscutible ortodoxia en el tratamiento de la Doctrina Peronista.
Pues bien. La primera anécdota, se refiere a dos escritores indiscutidos. Durante muchos años me negué de manera consciente a leer a Borges y García Márquez. Al primero, por su ideología de derecha y su ferviente adhesión a los regímenes dictatoriales y al segundo porque, cuando había comprado una de las primeras ediciones de "Cien años de soledad" alguien me dijo que tenía pensamientos de izquierda. Demasiado patético ¿no?
Más allá de cualquier análisis de la ideología a la que adhirieron y de la personalidad y vida privada o pública de ambos o de cada uno de ellos, ¿alguien puede dudar del inmenso valor de la obra literaria de cada uno?
La segunda, está referida a Mario Vargas Llosa. Leí "la ciudad y los perros" en una época de mucha soledad y cuando el libro cayó en mis manos, nunca se me ocurrió pensar la ideología del escritor. Más adelante, cuando leí "Conversación en La Catedral" me pareció un escritor más bien de izquierda, cosa que se desvirtuó más adelante. Cuando leí declaraciones políticas de Vargas Llosa, me costaba reconocer en ese político de derecha al autor de aquella genialidad literaria.
La tercera es mucho más compleja. Descubrí a Neruda saliendo de la adolescencia, a través de su "Veinte poemas de amor y una canción desesperada". Más adelante, cuando comencé a militar en el peronismo, evité dejarme influir por la ideología del chileno y continué leyendo sus obras y no pude sustraerme al placer que me ofrendaron las lecturas de Canto General, Residencia en la tierra o los cien sonetos de amor.
No obstante, ocurrió un hecho que me hizo pensar mucho. En un viaje a Chile, algunos amigos relacionados con la cultura trasandina me contaron hechos de la vida privada del autor que no se condecían con el militante de izquierda. Por ejemplo el abandono de su primera esposa en Rangún, el desamparo no solo de ella sino de la hija discapacitada bien lejos de Chile o las violaciones que se le adjudican (acerca de los cuales no pude establecer de manera cierta si son producto de la mitología popular o en realidad sucedieron), que estremecería, seguramente, a hombres y mujeres que trabajan de manera seria en la reivindicación de los derechos de la mujer o en contra de la violencia de género. Me pregunté muchos insomnios acerca de la forma de separar el valor literario de su obra de su (para mí aparente) personalidad casi patológica.
Espero que los que hayan llegado a este punto, no se sientan afectados por mis opiniones y, ojalá que en los días por venir, podamos profundizar el debate sobre este tema tan apasionante.

 

*Director de Tardes Amarillas