el ombligo de piedra

 

 

 

 EL OMBLIGO DE PIEDRA

 La columna de Rogelio Ramos Signes

  El llanero, la morsa, Alicia y Alexander

 

Una autobiografía, una verdadera autobiografía, no está compuesta sólo de la engañosa realidad que nos tocó vivir, sino también de sus imposibilidades. Ellas fueron las que en buena medida modelaron nuestra personalidad: si nunca pude volar en un globo, será un vuelo en globo a través de los suburbios adormilados de mi ciudad uno de los hechos más autobiográficos de mi vida; supongo que se entiende. ¿Por qué las cosas que no viví, pero que siempre me obsesionaron, no pueden formar parte de mi biografía? Si he dedicado más horas de mi vida al deseo que a la concreción ¿no son mucho más míos los sueños que las realidades? Aparte de eso, las imposibilidades ¿no son reales?

"Todo puede suceder" dice George Harrison. «Todo puede suceder. Todo es posible y probable –completa el sueco August Strindberg-. El tiempo y el espacio no existen. Sobre el frívolo suelo de la realidad gira la imaginación y urde nuevos modelos». Y otro sueco (Ingmar Bergman) lo pone en boca de la abuela Helena en la película Fanny y Alexander. Pero mientras el propio Bergman es Alexander, Alexander es algo más que Bergman, porque también es sus miedos y sus anhelos, sus imposibilidades y su neurosis, no sólo su mero acontecer diario. Ingmar Bergman vive a través de Alexander Ekdahl la vida que tal vez le hubiese gustado vivir; por lo tanto, la verdadera autobiografía de Bergman es la vida cinematográfica de Alexander.
Las asociaciones secretas de un escritor (estamos hablando de los juegos de su mente) se contraponen con el chato realismo de la crónica, ya sea histórica o periodística. Si alguien nos confiesa, y es sólo un ejemplo, «yo era el Llanero Solitario», no soy quién para ponerlo en duda, porque sé que lo era en la imposibilidad de haberlo sido. Lo que me corresponde entonces es pensar en el palo de escoba sobre el que montaba corriendo a campo traviesa, y convencerme de que ese palo de escoba era el brioso caballo Silver.
Hoy en día la «categoría de sujeto» es un estado sospechoso. Recuerdo a Luys Forest, el protagonista de La muchacha de las bragas de oro, escribiendo y falseando su vergonzosa biografía, mintiendo sobre los años del franquismo; y tengo que reconocer que la veracidad de un sujeto narrador de esa calaña hace de la autobiografía un buen género de ficción. Esta maravillosa novela de Juan Marsé debería ser leída por todo aquel que quiera encarar un relato (histórico-literario) de esas características.
La ilusión del cronista confesional, involucradamente ecuánime, ha sido aniquilada por las ciencias del discurso. Inventiva y realidad, en iguales proporciones, pueden hoy convivir en el interior de una autobiografía sin estorbarse. Pero eso ya estaba, inclusive, en nuestros escritores del siglo XIX (¿otra vez Sarmiento?) que escribieron su propia literatura como quien cumple con un deber cívico. Esas construcciones de sentido, tontamente refutadas al compás de los vaivenes políticos, son parte de nuestra literatura; y sus autores, siendo ellos mismos al momento de escribir, han terminado por ser también nosotros ahora. «Yo soy él, como tú eres él, como tú eres yo, y ahora estamos todos juntos» dice John Lennon en su canción Soy la morsa. Y esa aseveración, que desgrana, reparte y comparte el yo enunciativo, parece darle la razón a la «literatura autobiográfica» en la que siempre terminamos reconociéndonos.
Pero la autobiografía también encierra algo de petulancia. ¿Qué nos hace pensar que nuestra historia puede ser de interés para los demás? Y a la vez ¿qué pared hay que saltar para convertir en cosa pública algo que era el búnker de nuestra privacidad?
También los lectores de biografías tienen sus particularidades; y así como está el «lector archivista» que retiene cuanto dato puede servirle para completar y entender la obra del autor estudiado, también está el «lector cholulo» que se solaza con el pequeño detalle morboso, o el «lector ocasional» que, por referencia, lee lo que otros leyeron antes; y es bien sabido que pocas lecturas suelen ser tan entretenidas como el relato de vidas.
Visto un poco más en profundidad, el género autobiográfico peca de agresividad; su tono ejemplar es injusto para con el lector, inevitablemente terrestre. La biografía, en cambio, que puede ser escrita por cualquiera con referencia a otro, no sólo es proclive a cometer ese mismo error (ditirambo sobre ditirambo), sino que también, en la otra punta del mismo ovillo, puede tornarse mentirosamente difamatoria.
¿Cómo encontrar, entonces, un texto equilibrado? es la pregunta. La respuesta es: No lo sé. Creo que la verosimilitud y la ecuanimidad en esto de las biografías literarias se rigen por la figura aquella de la aguja en el pajar. Quizá lo más aconsejable sea conformarnos con leer un texto ameno y que no trascienda más allá del apretado espacio de las hojas impresas que lo contienen. Endiosar o denostar a un autor es un error demasiado frecuente.
Relacionar vida y obra (también) es algo tan disparatado como pretender que todo el mundo predique con el ejemplo. Si muchas veces el relato confesional, en primera persona, no pasa de ser una mera ficción ¿cómo puede pretenderse que los personajes de una narración sean los intérpretes de un autor? En todo caso es al revés.
Analía Roffo, estudiosa de éste y de otros temas, lúcidamente observa que «algunos, creídos de que la relación entre vida y obra es una ecuación mecánica, no dudaron en afirmar que Shakespeare hablaba por boca de Hamlet».
Por supuesto que no voy a proponer calificar a los lectores antes de darles un libro, pero es buen consejo no creerse todo lo que uno lee. Por extensión, tampoco debemos creer todo lo que nos dicen los medios de difusión y mucho menos aún eliminar la barrera ficcional que separa (o une) a un autor con su obra. En otras palabras: la sorpresa de Alicia ante el sinsentido del País de las Maravillas no es la sorpresa de Lewis Carroll, la tarantela folclórica de Inodoro Pereyra no es el pensamiento de Roberto Fontanarrosa, ni la cháchara de Catita es el discurso íntimo de la señora Niní Marshall.
Son ellos mismos (por supuesto) pero sólo en la imposibilidad o en el desinterés de serlo. Es algo tan pero tan simple como querer defender lo que de cristalino pueda tener la borra del café. 


RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.

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